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EL PERIÓDICO
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Lo posible y lo improbable


Si como hace varias décadas plantearon, entre otros, Ulrich Beck[1], Anthony Giddens[2] y Niklas Luhmann[3] las sociedades de la modernidad tardía se caracterizaban porque el riesgo era una categoría clave, la pandemia de la COVID-19 ha reforzado esta visión. La inseguridad, la falta de confianza, la sospecha (“sociedad de la sospecha”), la incertidumbre, el riesgo y hasta el miedo (“sociedad del miedo”[4])… se han instalado entre nosotros con una fuerza desconocida para las actuales generaciones.

Mientras en las sociedades tradicionales la incertidumbre y el riesgo, cuando no el peligro, estaban asociadas a catástrofes, hambrunas, guerras… y se daba cuenta de ellas en virtud de explicaciones exógenas como el destino, la fortuna o los dioses, en las sociedades modernas se coligan a agentes específicos y, merced a los conocimientos y avances científico tecnológicos, se someten a estudio y se buscan explicaciones y soluciones racionales para alejarlos de la cotidianeidad y del imaginario colectivo.

El peligro, como fuente de amenazas y miedos, es considerado tanto por Giddens como por Beck, como planteábamos anteriormente, más propio de las sociedades premodernas, pues provenía del exterior. En las sociedades modernas el origen se encuentra en la propia sociedad. Por lo que la percepción de riesgo, según su mirada, es algo propio de sociedades en donde la ciencia y la tecnología han elaborado formas de medición de los eventuales efectos negativos de las contingencias a futuro.

Sin embargo, el riesgo coligado a una pandemia mundial como la COVID-19 no fue anticipado, mutando la perspectiva de Beck hacia un vislumbre en donde el riesgo deja paso a la incertidumbre (dirigiéndonos hacia lo desconocido) y la catástrofe (millones de muertos y enfermos en todo el mundo), que les sustituye en el sentir general, produciendo gran preocupación social, al tiempo que nos ha hecho más frágiles y conlleva una ofensa a nuestra inteligencia al no haber tenido capacidad anticipatoria ante lo posible (según la RAE, que puede ser o suceder), pero improbable (según la RAE, por contraposición a probable: que hay buenas razones para creer que no se verificará o sucederá).

Que en la tercera década del siglo XXI toda la humanidad se haya visto afectada por un virus letal, que a fecha de hoy se ha llevado a más de un millón y medio de personas, entraba dentro de lo posible, pero se antojaba improbable. Lo improbable se hizo realidad, devolviendo a una castigada ciencia (con notables recortes presupuestarios, en la última década en todo el mundo) a un lugar, que nunca debió perder.

La ciencia era la única que podía ayudarnos ante un enemigo tan feroz, un virus que no discrimina, que afecta a ricos y a pobres, a pesar de las profundas desigualdades que se observan en los modos de experimentar sus efectos. Esperemos que no se instituya un acceso desigual a las vacunas, que ya están siendo administradas en algunos de los países más desarrollados.

La ciencia, en una carrera sin precedentes ha logrado lo improbable, en menos de un año la inteligencia de miles de investigadores en laboratorios de todo el planeta han diseñado tres tipos de vacunas, que se basan en procedimientos biotecnológicos muy avanzados: las vacunas de subunidades proteicas, las vacunas de vectores virales y las vacunas MRNA. Si se confirma su eficacia supondrá un nuevo enfoque en la Vacunología moderna (posiblemente en la farmacología, en general, y en el abordaje de enfermedades de extraordinaria prevalencia, como el cáncer), que dejaría sin palabras al descubridor de la primera vacuna de la historia, el médico rural inglés Edgard Jenner, quien en 1796 diseño un procedimiento que sirvió para combatir la viruela. Se le ocurrió cuando en su pueblo veía que las granjeras que ordeñaban la leche de las vacas se contagiaban de un tipo de “viruela vacuna”, que las hacía inmunes a la viruela humana. Inoculó a un pequeño de 8 años una muestra de la “viruela vacuna”, quién enfermó, pero dos días después estaba completamente recuperado e inmunizado ante tan cruenta enfermedad. También dejaría gratamente sorprendido a Louis Pasteur, cuando en 1881, realizó un experimento con una vacuna antiantráxica en carneros y vacas, introduciéndose a partir de esa fecha el término vacuna.

Acercándonos en el tiempo, el 5 de junio de 1981, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Atlanta en su boletín epidemiológico semanal dio a conocer el fallecimiento de las tres primeras personas conocidas en padecer el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) (aunque se cree que los primeros casos datan de los años veinte del siglo XX en África), que a día de hoy afecta a cerca de 37 millones de seres humanos en todo el planeta. El Sida cambió el mundo, y ha sido la primera gran pandemia que han encarado las sociedades tecnológicamente avanzadas, con resultados positivos en lo que a su tratamiento/cronificación se refiere, aunque sin cura, ni vacuna aún disponible.

Un hecho que resulta sorprendente, al menos para los que como en mi caso no nos manejamos en este campo del conocimiento, pues es una evidencia que una vacuna supondría su erradicación. ¿Cuáles son los argumentos que dan los expertos sobre el tema? Plantean que es un virus que muta mucho, con lo que no ha sido factible abordarlo adecuadamente, personalmente me inclino más por la idea de que quizá no haya habido la suficiente inversión pública, ni privada para lograrlo. No en vano, el Sida sigue siendo una enfermedad que apunta hacia determinados sectores sociales y notablemente estigmatizante para los que lo padecen.

Si en tiempo record hemos podido, como civilización, crear vacunas, que nos hubieran parecido hace poco tiempo de ciencia ficción, ¿cómo es posible qué conociendo, desde hace décadas, otros crueles adversarios no los hayamos aniquilado, aunque en sí ya sean logros extraordinarios haberlos sitiado?

Las agujas del reloj giran y giran… aunque la mayoría no las apreciemos por el frenético ritmo que llevamos, pero a buen seguro si lo hacen todos los científicos e investigadores que, tras meses sin tregua, parecen haber asaltado la fortaleza en la que se aloja ese invisible destructor de vidas, que nadie puede ver, pero que ha cambiado nuestras vidas.

Si en esta ocasión lo improbable ha dado un vuelco hacia lo probable y, parece estemos saliendo de la oscuridad victoriosos, esperemos que sea así en futuras guerras que nos acechen y que de los triunfos se beneficien todos los ciudadanos, independientemente de dónde el azar de la vida les hospede.

[1] Beck, Ulrich, La sociedad del riesgo, Barcelona, Paidós, 1998. Beck, Ulrich, La sociedad del riesgo mundial, Barcelona, Paidós, 2008.

[2] Giddens, Anthony, Un mundo desbocado, Madrid, Taurus, 2000.

[3] Luhmann, Niklas, El concepto de riesgo. En: Josetxo Beriain (Comp.), Las consecuencias perversas de la modernidad, Barcelona, Antropos, 1996.

[4] El miedo es una emoción que tiene la capacidad de paralizar el pensamiento, no permitiendo tratar adecuadamente la información, ni la significación de hechos futuros de peligro.

Nacida en Ingolstadt Donau (Alemania). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Catedrática de Sociología de la UNED. Es autora de un centenar de publicaciones sobre los impactos sociales de la Biotecnología, exclusión social, personas “sin hogar”, familia, juventud, inmigración, etc.

Es miembro y secretaria del equipo de investigación del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación. Es evaluadora habitual de revistas de Ciencias Sociales españolas e internacionales.

Desempeña tareas de gestión en la UNED desde el año 1996. Ha sido secretaria del Departamento de Sociología III (Tendencias Sociales) y subdirectora del mismo. Asimismo, coordinadora del Máster en Problemas Sociales y del Programa de Doctorado en Análisis de los Problemas Sociales de la UNED.

En el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha sido coordinadora y evaluadora de becas dentro del Área científica Ciencias Sociales.

Miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (1997-2010), vocal de la Comisión de Bioética de la UNED y Vocal Titular del Foro Local de “Personas sin Hogar” del Ayuntamiento de Madrid.

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