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EL PERIÓDICO
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Volver a casa por Navidad


Las reunificaciones navideñas, las celebraciones en grupos familiares amplios tienen una fuerte tradición en nuestra cultura. Son un hábito sólidamente adquirido. El entorno de la Navidad significa comercio a gran escala y es también repliegue y sociabilidad.

El espíritu navideño, buena parte del cual ha sido impulsado, fomentado y relatado por estrategias publicitarias, ya hace tiempo que ha quedado sólidamente incorporado a nuestra manera de entender la vida y alrededor del cual nos relacionamos y interaccionamos a nivel familiar, entendido este concepto de grupo en un sentido amplio. Todo ha adquirido y está cargado de componentes emocionales muy poderosos. Que las dinámicas habituales en estas fiestas puedan estar condicionadas por las medidas contra la pandemia genera preocupación y ciertas dosis de desasosiego a una buena parte de la sociedad.

Los gobiernos saben que relajar las precauciones y los aislamientos alrededor de estas fechas puede significar un empeoramiento notorio en la dinámica de contagios, que a comienzos de año lo vamos a pagar. Pero saben también las autoridades políticas que ampliar medidas más restrictivas resultará muy impopular, porque ahora y aquí se discute todo se tenga o no conocimiento para hacerlo.

En el mundo digitalizado, más que nunca, la ignorancia se ha vuelto muy atrevida. Hay, sin embargo, también el impacto económico que tiene el abrir la manguera de las restricciones o bien el mantenerlas. Para el sector comercial la campaña navideña es siempre crucial y limitar su actividad ahora después de ocho meses de penurias puede resultar para muchos letal, su cierre definitivo.

El debate entre si es necesario priorizar la economía o bien la salud está servido. Esta dicotomía es en realidad falsa, una manera de simplificar y escapar de la complejidad de la situación, de las dosis de vacilación inherentes a las actuales circunstancias y los desconocimientos profundos que aún hay sobre toda esta cuestión. No hay economía sin salud. Los países con efectos económicos menores de la pandemia son aquellos que o bien han minimizado los contagios o los que han adoptado medidas más contundentes al respecto. No habrá dinámica comercial y económica sólida si la situación sanitaria resulta descontrolada o muy frágil. Esto lo saben los responsables políticos, del color que sean, el problema es que han apostado por politizar la incertidumbre y polarizar la sociedad haciéndoles tomar posicionamientos que a menudo poco tienen que ver con la ciencia y el conocimiento.

Se han abonado atajos mentales que llevan a dualidades inexistentes y a posicionamientos extremos: test en las farmacias, ¿si o no?; ¿test de antígenos o PCR?, confinamientos perimetrales, ¿si o no?; ¿toque de queda o libertad de movimientos?, restricciones de grupos, ¿si o no?; ¿limitaciones a la hostelería o apertura total de bares y restaurantes?, salvar la Navidad, ¿o no? En realidad, nada es bueno o malo por naturaleza, depende de la situación y, especialmente, de los matices. Pero todo sirve ahora para estimular políticamente la confrontación de posiciones antagónicas.

Los falsos dilemas que se plantean con relación a la COVID desde la política no hacen sino polarizar y confundir, al tiempo que se hace decir al conocimiento y la ciencia lo que no dicen. Cada giro en el camino de la pandemia, cada medida, provocan un debate enconado, una discusión final donde se busca y predomina la adscripción partidaria, pero, sobre todo, la falta de prudencia, el desconocimiento y la búsqueda de la derrota del adversario.

Todo se ha convertido en terreno de juego para el conflicto, todo nos va bien para hacer una exhibición de tribalismo. El efecto inmediato, es que al crear confusión sobre la lógica de las medidas lo que se provoca es el debilitamiento de su cumplimiento ya que una parte de la sociedad las percibe como incongruentes o injustas. Y lo que nos queda.

La confrontación de posiciones, seguramente protagonizado por indocumentados, que nos espera sobre las vacunas será especialmente ruidosa y virulenta. Un ámbito este muy abonando para desplegar todo tipo de teorías conspirativas y porque lo protagonicen los muchos iluminados que campan por el mundo de la medicina y de las verdades alternativas. Si hay un ámbito donde resulta especialmente peligroso de frivolizar, este es el de la salud.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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