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EL PERIÓDICO
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Todos tienen la culpa


La calle, nosotros, los ciudadanos, los contribuyentes que pagamos, los electores que votamos, no salimos de nuestro asombro y extrañeza cuando vemos y oímos a algunos de nuestros representantes públicos, con la que está lloviendo, y como estamos padeciendo una pandemia que afecta al mundo entero.

En lugar de demostrar que España puede recuperarse, transformarse y demostrar su resiliencia, pierden sus energías y saberes en echarse la culpa unos a otros, y en especial al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Créanme, esa ausencia de sentido de País, de UNIDAD, UNIDAD Y UNIDAD, lejos de convencernos, nos produce hartazgo, cabreo e indignación.

No queremos acusaciones vacías e inútiles, exigimos propuestas y programas encima de la mesa. Por muy duras que sean las circunstancias, por muchas que sean las diferencias siempre hay tiempo y espacio para el diálogo, y podremos avanzar y superar los obstáculos que nos encontremos en el camino.

Nadie cuya máxima prioridad sean los intereses colectivos de nuestro País, se puede permitir en alimentar la incertidumbre, la inestabilidad y la desconfianza, en lugar de estar dispuestos a ceder para provocar seguridad, estabilidad y confianza en las fortalezas de España, a pesar de esta dura y dolorosa crisis.

El objetivo y la dinámica no es sumar más culpables, sino que seamos capaces de arrimar cuantos más hombros mejor, de sumarlos para superar el COVID 19, gocemos de más bienestar y estemos más seguros. De lo que seamos capaces de hacer o no, seremos los principales responsables, y sería una indecencia que pusiéramos el ventilador para espolvorear y difundir la culpa hacia todos los demás.

Además, ahora no podemos echarle la culpa a Europa, que ha sabido estar a la altura y no ha tomado el camino del austericidio y ha aprobado recursos para nuestra reconstrucción, hasta ser el segundo País de la Unión Europea que va a recibir ayudas. Por tanto, no estamos solos. Ahora nos toca a nosotros de promover la UNIDAD para llevar a cabo la recuperación de España a través del Plan Nacional de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

También para lograr este objetivo hemos de seguir en la transición digital y ecológica y por supuesto en la cohesión social y territorial. A veces hay quienes culpan a los demás porque solo quieren que se haga lo que ellos proponen, no atienden ni entienden lo que se les dice y van de tormenta en tormenta hasta lograr que estalle el ciclón o el huracán.

Quienes cruzan los brazos, miran para otro lado o ignoran la realidad en la que estamos en la que las brechas en todos los sentidos incrementan cada vez más las desigualdades y la pobreza, y no solo no hacen nada para corregirlas sino que sistemáticamente les echan la culpa, en este caso al Gobierno de Pedro Sánchez.

Curioso resulta, que cuando ellos gobernaban, no hicieron absolutamente nada porque las cosas fueran de otra manera, y hoy exigen con todo el cinismo, todo aquellos que ellos fueron incapaces de hacer. Hoy eligen culpar, culpar y culpar a quien tiene en sus manos priorizar los recursos y decidir, pero de compromiso cero y nada de nada.

NO saben que cuando hacemos las cosas juntos lo conseguimos, seremos capaces de vencer al virus, relanzar nuestra economía, dinamizar nuestras empresas, crear empleo y mantener el bienestar de los trabajadores. No acusaremos a todos de culpables sino desde la unidad nos sentiremos orgullosos de ser responsables.

Cuando asistimos a cualquier debate político, nos diera la sensación que la creatividad estuviese confinada, que, si hemos pasado doce meses feos, indeseables y atípicos, no es nada lo que nos queda por delante, con mucha variedad, más insultos y descalificaciones y pocas propuestas de solución por parte de la oposición de la derecha, por no decir ninguna.

Los afines, ritmos y compases parecen que están en cuarentena, y que todos los autores y creadores estuvieran en Estado de alarma, que son incapaces de construir el presente, mucho menos de proyectar el futuro, que se mueven con inseguridad, pero con placer en la imprecisión, que su estado natural es la pregunta y la curiosidad y ser valiente pero no osado o inconsciente.

Casi siempre vemos una realidad aumentada y nos introducimos en un apocalipsis artístico de estatuas, museos cerrados, despidos, exposiciones y ferias virtuales, en las que la gente puja, no por el valor de las obras sino por poseerlas.

Contra viento y marea, superamos los días sin imágenes, los pensamientos sin duda, los años para olvidar, los manejos de las sanciones injustas, peligrosas e irresponsables, las fascinaciones y los pánicos, que esconden delicias y maravillas.

Todos los días intentamos escapar de la conjura de los lobos que quieren devorarnos entre líneas rojas y barreras invisibles, distanciándonos de los acontecimientos, entre astucias e ingenuidades de reflexiones profundas e ideas claras.

Tenemos que dejar de ver la competitividad para todo. Nuestra inteligencia y dulzura nos ayuda a superar la tormenta social, si el buen humor siempre está presente en nuestras vidas, nuestras capacidades para adaptarnos nos dan suerte.

Los buenos consejos valen más que el dinero y no debemos escondernos en la trinchera e ir con la cabeza muy alta. No podemos perdernos en la búsqueda del tesoro prometido que guarda en el baúl ideas sin desarrollar y casos sin resolver.

Cuando acaba de comenzar el invierno, hay una cepa del coronavirus que ha surgido en el sur del Reino Unido y Europa se blinda ante esta mutación, pero estamos en nuestros mejores momentos, tenemos aplomo para defender lo que nos venga, sin perdernos en palabras inútiles, aunque siga ocurriendo que haya cosas que no entendamos ni sepamos cómo arreglarlas. Vamos abriéndonos puertas para tener más y mejores conocimientos.

No resulta fácil a algunos sujetos hacerles cambiar de opinión, por muchas martingalas, artimañas y astucias que empleemos, debemos ser lo más flexibles y no tomarnos algunas bromas en serio. Hemos de comprometernos con nosotros mismos, lejos de crispaciones, tensiones y violencias.

Nos sentimos agobiados por gestos antiguos y necesitados de ideas nuevas, de denunciar la barbarie y combatir el aburrimiento. En ocasiones nos quedamos sin palabras ante lo increíble porque hay quienes intentan deshumanizar las relaciones y cosificar a las personas.

Es rechazable venirnos abajo porque las cosas no salgan como habíamos previsto. Debemos mantenernos optimistas y evitar riesgos innecesarios y si recibimos una llamada de alguien desconocido, no responder y procurar deleitarnos con los placeres que la vida nos ofrece.

Hacernos demócratas no es solo cuestión de convicción o actitud sino de aprendizaje, no se trata ser ni iluso ni aprovechado, ni idiota ni hipócrita, sino practicar el ejercicio de la participación de todos, sin querer imponer nada por muchos títulos y responsabilidades que se tengan.