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La feria de las obviedades


En el segundo día de este año me aventuro a escribir mi primer artículo de 2021.

Os tengo que confesar, mis queridos lectores, que ando un poco desengrasada. Los últimos tiempos me han acaparado en otras tareas de gestión y poco o nada me han dejado para realizar muchas reflexiones o análisis de la realidad.

Tampoco es que vea que las cosas hayan cambiado mucho, a excepción, y no es poco del inicio de la vacunación, aunque ya hay voces que nos profetizan del poco o nulo resultado, a más después de la aparición de la cepa mutante británica. Para qué darnos un respiro, para qué ver el futuro con un poquito de esperanza. Creo que ha sido tanto el miedo que hemos pasado, que preferimos curarnos en salud, y muchos optan por el pesimismo como escudo ante la frustración.

Aunque esta última afirmación yo misma la pongo en duda su generalización, porque si fuera así, ¿a qué vienen esos repuntes tras la Nochebuena —y espera tú después de la Nochevieja—, si el miedo al coronavirus nos debería haber hecho cumplir a rajatabla las normas?

A falta de dos meses para cumplir el año de la pandemia muchos siguen sin entrar en razón y viven como si la amenaza del virus no fuera con ellos. A pesar de vivir en la Feria de las obviedades, obviedades que nos dicen que si no llevas mascarilla, si te juntas con más gente con la que no convives, si compartes vasos y botellas, el riesgo al contagio es exponencial, se sigue haciendo.

Tenemos toque de queda, pero los y las jóvenes han quedado para celebrar la Noche Vieja desde por mañana hasta la noche del día 31 —lo sé de buena tinta—, haciendo más de lo mismo, es decir lo que no deberían hacer. Tampoco ha estado mal ver las terrazas aglomeradas de gente, con gran agobio por parte de los hosteleros que, sin duda alguna, son los primeros interesados en que se cumplan las normas y la pandemia acabe. Qué decir de las calles de centrales de Madrid, nutridas de viandantes como en años anteriores.

Doblamos los contagios, pero eso no va con nosotros. Claro que con medidas tales como confinar por zonas, pero abrirlas el día de Reyes, como si los Magos protegieran del contagio, que se puede esperar… Eso es lo que debe de pensar nuestra ínclita presidenta Ayuso, que puede haber un milagro, mientras sigue desgranando su lamento acerca de lo malo que es el Gobierno de España y lo buena que es ella. Otra obviedad, pero esta vez restringida al círculo popular y de aquellos que aborrecen todo lo que les suene a progresismo.

Sinceramente, mis queridos lectores, no entiendo el que una vez y otra y otra nos demos con el mismo muro, pensando que las situaciones se cambian haciendo las mismas cosas. Pero a las pruebas me remito. Seguimos surfeando sobre las olas del Covid19, aunque algunos, tristemente, hayan sido engullidos por ellas.

Para terminar este artículo una obviedad más: procuremos evitar la ocasión y evitaremos el peligro. Seamos responsables individualmente, porque colectivamente no podemos depender de quienes se toman a beneficio de inventario esta situación, y esos, como las meigas, hailos.

Sed todo lo felices que podáis, pero sin daños colaterales.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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