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Teatro, lo tuyo es puro teatro…


Foto de Vanessa Rabade. Foto de Vanessa Rabade.

Cuando llegué a Madrid por primera vez a mis 22 años, me conmovió asistir al Teatro Español: se representaba la función de El concierto de san Ovidio de Buero Vallejo.

Ahí sentí que había conquistado la capital. Ver a los personajes encapirotados, al público aplaudiendo y yo pasmada con un entusiasmo difícil de controlar: no era verdad, por fin veía y oía un libro del dramaturgo manchego en el escenario, fuera de las páginas que leía como estudiante bachiller(a) y luego universitaria. (Eso del femenino me ha quedado inclusivo, para otra ocasión).

Todo fue empezar y hasta ahora; como montar en bicicleta o nadar: una vez aprendes nunca se olvida. Doy fe de ello.

El teatro forma parte de mi ocio y de mi negocio como aficionada y docente: La cantante calva, ante el asombro de mis hijos que poco o nada entendían de ese absurdo galimatías de Ionesco, o El sí de las niñas en el teatro Maravillas con solo cuatro gatos, literal en este caso, cuatro espectadores (no sé si gatos o no por lo del origen madrileño, digo) o la sensación tan inquietante de Esperando a Godot, durante los minutos que la sala se quedó a oscuras para compartir ceguera con los comediantes en el escenario, Pelo de tormenta, con un Paco Nieva que rompía hasta las pelucas más alicatadas del montaje que presenciamos en el María Guerrero o don Gil de las calzas verdes: obra repetida durante varias décadas desde los 80 en el Teatro de la Comedia y en el Pavón, por ejemplo, llena de colorinchis, música, bailes, confeti ante el susto de un público que no estaba acostumbrado a tanta feria y fiesta; La dama boba y Fuenteovejuna, de la comedia al drama con femíneas protagonistas, nada encogidas ni frágiles como tildaba el autor de La Celestina a las mujeres de 1499.

De la sequedad de Yerma, a las fantasías hipocondríacas de El enfermo imaginario: pero eso sí, Lorca siempre será Lorca y Molière, un clásico más allá de las versiones que se hagan de sus obras. No puedo evitar mencionar Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado (algo de esta obra hay en mi tesis doctoral; para otra ocasión), cuando al finalizar su representación en invierno de 1988, el protagonista, Toni Cantó, reconoció entre el público a la amiga que me acompañaba y nos saludó (yo me hice dueña también de su gesto). Cómeme el coco negro ponía en pie y en danza a todos los que nos atrevíamos a seguir el juego de la Cubana; divertido, muy divertido con gracia y cinismo al gusto de su época. Macbeth, (y por supuesto Hamlet, memorable siempre Ofelia y Otelo), Arte en el Marquina con personajes y escenario en blanco como el cuadro protagonista, Don Juan (cuánto infierno, espectros y cenas a medio digerir), Toc toc, Muerte de un viajante (ambiente físico y vital sórdido y lúgubre), La vida es sueño, y la colección de figuritas de swarovski en El zoo de cristal, Calígula en 1994 con un Luis Merlo magistral en el Bellas Artes (fue tan real y vívida su última escena, que recuerdo sacudiéndome las diminutas esquirlas del espejo que rompió melodramáticamente; eso, por estar en primera fila).

Y así casi toda la historia del teatro español y universal…

Sigo pensando que todo es teatro, pero muy real. Como le cantaba la Lupe, despechada, a Tito Puente por su abandono. Caminar por la calles de Fuencarral o de Hortaleza, intentando adivinar cuál sería la casa en la que vivían doña Matilde y la tía Paula en Maribel y la extraña familia de Mihura, hoy en día me supone un placer muy particular.

Todo en nuestra vida es teatro, “estudiado simulacro, igual que en un escenario” sigue cantando la cubana con su voz aguerrida y arrabalera. Y nosotros los títeres de un guiñol movido por aquel demiurgo que a veces nos deja de su mano y corta los hilos para que cobremos apariencia y hálito reales…

El teatro insufla magia a personas y las convierte en personajes que llevados a escena y a través de los escenarios emulan la vida cotidiana, y si no, escuchen o lean en las noticias: “el escenario para el discurso del monarca en nochebuena, sencillo y navideño”, o sea, real (vaya juego polisémico que me ha salido; para otra ocasión…); “los candidatos preparan un nuevo escenario para las elecciones catalanas”, real como la vida misma; “los hospitales alertan de un escenario peligroso si la curva de contagios…” ni un ápice de ciencia ficción, real, también.

Conocido y comprobado es el valor terapéutico que tiene la práctica del roleplay: colarnos en la médula y en las entretelas de los otros como si los habitáramos subrepticiamente, algo así como el sueño de Ícaro surcando el cielo con sus alas cerúleas, pero con la ventaja de que al caer el telón, cada vez se usa menos, -para espanto de puristas-, en favor de montajes minimalistas, no sabemos si por asumir vanguardias foráneas o por falta de recursos pecuniarios, volvemos a nuestra realidad, la propia de cada uno; pero algo ha cambiado, durante ese lapso hemos sido otros con nuevas y diferentes experiencias vividas, con emociones compartidas a media luz y en silencio, solo roto , por los aplausos finales.

Ya ven cómo el teatro sirve para jugar entre la realidad y la no-realidad. Creo que me deslizo por vericuetos filosóficos y hoy solo pensaba opinar sobre el teatro. (Para otra ocasión: cuelgan ya muchos muchos flecos sueltos que espero cortar en próximas colaboraciones).

El teatro es todo un desfile de moda histórica y actual, un alarde variado y variopinto de los hits musicales, un elenco eficaz de efectos sensoriales, una comunión de intereses y aficiones…un lujo cultural y espiritual.

En el género dramático predomina el aspecto dialógico. Un auténtico conversatorio: si lo pensamos, el teatro no es más que un hableteo por guasap, imágenes de insta o el script fílmico de una película. Abrimos el cajón de comediante y ¡a las tablas!, sin apuntador que valga…se levanta el telón y ahí estamos nosotros.

Por cierto, voy al teatro con entrada baratera, tipo low cost y por supuesto sin leer el programa ni crítica acerca de la representación.

Con mascarilla, siempre. El teatro es seguro. Se lo digo yo que soy persona de riesgo.

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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