Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Cuchillos navideños


El presidente del PP, Pablo Casado, en la tribuna del Congreso. El presidente del PP, Pablo Casado, en la tribuna del Congreso.

Escribo este artículo cuando todavía hay luz en la Nochebuena. Sabido es que hay noches malas, cuando todo es pesadilla que no acaba o insomnio sombrío. Conocido es que, aunque aparecen luces al final del túnel, estamos todavía instalados en plena negrura. Bajo semejante amenaza, se impone la vigilia y el paso hacia delante. No podemos dormirnos, ni entregarnos a la desesperanza, ni darnos a una inconsciente algazara. Rondan los cuchillos sobre lo que nace como aquellos de Herodes.

En esta hora mala, algunos líderes políticos, que deben mostrar altura, parecen cirujanos locos que tienen sobre la mesa de operaciones al cuerpo social. Lamentablemente, como en una pedrea de chiquillos, algunos hacen barro de sí mismos a la hora de lanzárselo al otro, venga a cuento o no, y aún de aquello que debería ser para ellos lo más sagrado por lo que dicen ser: representantes del pueblo nada menos, mostrando en ello no sólo su enana estatura política sino una crasa ignorancia del suelo que pisan.

Ahí va un ejemplo: Se debatía en el Congreso de los Diputados la situación del Estado de Alarma, y el Sr. Pablo Casado, líder del PP, se descolgó soltándole al presidente del Gobierno esta guirnalda navideña: “¿Tanto les cuesta celebrar el nacimiento de Jesús en un país cristiano, en una civilización occidental?”

Es conocida la respuesta de Pedro Sánchez: “¡El señor Casado busca cualquier tipo de motivo para confrontar conmigo! ¡Incluso las navidades! Felices Fiestas, Feliz Navidad, hágaselo mirar”.

Francamente, ignoro si el señor Casado debería descansar en el sofá freudiano para tratar de esclarecer ese condicionamiento suyo, pero lo que sí sé es que debería mirar un poco más detenidamente la realidad religiosa del país aconfesional en el que vive.

Quienes asistíamos al programa de T.V.E. “La Mañana” el pasado día 17 pudimos darnos por enterados de lo que es Navidad para los españoles:

Una fiesta familiar…………. 55,2 %

Una fiesta de consumo….. 25,5 %

Una fiesta religiosa………… 11,0 %

Aún queda un 8,3 %, no especificado en la encuesta, que puede representar a los que no saben/ no contestan o a los que no ven ninguna fiesta en las fechas navideñas. Decididamente, tal y como corresponde a algunas mentalidades, conservadoras de Trento, toman la parte por el todo. Inconsciente y voluntariamente ignoran la diversidad. La añoranza de tiempos periclitados les ciega.

La comparación de los barómetros de 2009 y 2019 del C.I.S. reflejan claramente la tendencia:

Observamos en el Barómetro de 2009 que ya sólo para un 18,9 % es la religiosidad y los sentimientos religiosos los que hacen sentir la navidad. Por lo tanto, para el 81,7 no era eso. Observamos que ya una cuarta parte de los encuestados no le concedían influencia alguna sobre sus vidas. Sin embargo, un 75,4 % se declaraba católico, ¿un católico al que no le movía la religiosidad o los sentimientos religiosos en Navidad, o no la concedían influencia alguna sobre sus vidas? Parece que estamos ante un procedimiento de sellado religioso, un nominalismo medieval que distribuye etiquetas, una forma carente de vida a la que el señor Casado rinde tributo. Si en este barómetro sumamos no creyentes y ateos obtenemos un 20,6 %, porcentaje que supera el de aquellos que tienen en la religión un elemento motivador

Diez años después, en el Barómetro de 2019, hallamos ya una clara diferenciación entre catolicismo practicante y no practicante que le duplica, con una salvedad: asistir a los ritos, mostrar adhesión a los dogmas y doctrinas, militar en su implantación social, no significa sino la adhesión a las “sagradas formas y maneras” que denunciaba Unamuno, y la supeditación acrítica del pensamiento, lo cual entraña un cierto desvalimiento que se refugia en una seguridad prestada. Los no practicantes se hallan cómodamente instalados en una cultura de inmersión. Si con ellos se practicara una encuesta sobre dogmas y creencias quizás obtuviéramos discrepancias y distanciamientos. Sube levemente el número de creyentes de otra religión, de un 1,8 a un 2,5, marcando tendencia, en tanto que la suma de agnósticos, indiferentes o no creyentes y ateos, arroja un porcentaje del 29,7 %, casi un tercio de los encuestados que representan un tercio de la Nación.

No parece que la encuesta hecha pública por T.V.E. ande muy desencaminada. Si España no ha dejado de ser católica, como decía Azaña, sí parece serlo sólo en el papel, lo cual pudiera ser que sólo necesitara su jerarquía.

La Navidad puede ser concelebrada en su significación religiosa y espiritual, ajena a todo formalismo que desprende olor a alcanfor en armario del siglo XVI, por aquellos que la experimenten como un renacimiento personal, por fuerza minoritario. Si atendemos al 25,5 % que considera la Navidad como una fiesta de consumo, en la sociedad parecen conservarse las fiestas Saturnales que se diera Roma, y Ovidio narrara en sus “Fastos”. Al fin y al cabo, esa fecha determina un origen. Recordemos: se celebraban entre el 17 y el 23 de diciembre y culminaban el día 25, cuando celebraban el Nacimiento del Sol Invicto coincidiendo con la entrada del Sol en el signo de Capricornio en el solsticio de invierno.

Lo llevaban haciendo desde el año 217 a.C. para elevar la moral del pueblo tras la derrota ante los cartaginenses en la batalla de Trasimeno, y lo hacían con jolgorios, fingidos o forzados al principio, y luego hechos hábito. Estaban dirigidos por un “flamín”, un sacerdote romano que efectuaba el sacrificio inicial en el templo de Saturno, dios de la agricultura y de la cosecha. Le seguía un banquete público en el Foro. Llegadas las saturnales, las casas se engalanaban con flores, velas encendidas, antorchas en las calles; las gentes se cruzaban regalos, y aún se representaba el cambio llegado al orden social liberando esclavos, o intercambiándose sus amos por un corto tiempo con ellos. Ese clima festivo se prolongaba hasta el día del Año Nuevo.

Fue muy fácil para la iglesia apropiarse de estas celebraciones cuando tomó el poder, situando en ellas el nacimiento de Jesucristo. La verdad es que no sabemos cuándo nació. De mantenerse nuestra fecha, desde luego no en los días de Herodes el Grande, fallecido cuatro años antes del cómputo actual del tiempo. Tampoco en invierno, porque en el Evangelio de Lucas se narra que los “pastores en la misma región velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño” (Lc. 2:8) y en el invierno no lo hacen; ni tampoco resulta convincente el censo de Cirenio o Quirinio (Lc. 2:2) porque no se hubiera celebrado interviniendo en el reinado de Herodes, un rey aliado, ni Cirenio o Quirino fue nunca gobernador de Siria en el tiempo de Herodes. Según Flavio Josefo (Antigüedades XVII, 13:5; XVIII, 1:1; BL VII, 8), Sulpicio Quirino llevó a cabo un censo en Judea en el año 6/7 después de Cristo. Salvando este dato que cuestiona esa datación lucana, y sobre la base de que Herodes el Grande estada en vida todavía, al nacimiento de Jesucristo se le atribuye haber sucedido lo más tarde el año 6 a.C., de manera que, si se computa el tiempo desde su nacimiento, finalizando el año 2020 estaríamos en el 2026.

Somos dados a ensartar con alfileres el vuelo de la mariposa. Lo importante no es fijar la fecha de su nacimiento, dada también en este caso a la disección. Lo importante es que aquellos que vivieron su paso por la vida lo experimentaron como tiempo de “refrigerio” y de “restauración”; como haber sido “alcanzados por los fines de los siglos”; como “haber gustado los poderes del siglo venidero”. La rutina sacrificial de aquellos que ponían pesadas cargas sobre los hombros de los hombres, que ellos ni con un dedo querían tocar, estaba en los oficios del templo; los sepulcros blanqueados se movían entre las gentes buscando lugares de influencia y de poder; los cuchillos de lo sicarios pululaban por los espacios públicos. Aquellos discípulos experimentaron en sus vidas que un nuevo cambio axial se había producido en ellas, y fueron minoría andariega por el mundo, navidad en marcha por su manera de vivir. Como aquel que los cambió, pasaron como de puntillas por el tiempo, “sin hallar ciudad en donde vivir” hasta que vieron desde la colina del Capitolio hundido los reinos del mundo y el poder que se les ofrecía, y sobre el pináculo del templo la posibilidad de uncir espíritus humanos.

Sobre la claridad indeterminada de quien vivió sin dejar escrito nada de su mano, aquellos que lo vivieron en origen dejaron documentos escritos que no se libraron de la hermenéutica crítica y sus variados métodos. Claridades, sarracinas e imposturas se llevaron a cabo en su nombre. Las primeras siguen minoritarias su marcha por la historia. Expresan un paradigma humano y hasta dónde puede llegar el hombre contra el hombre. Las segundas fueron dejadas al margen de la historia, aunque siguen actuando bajo otros nombres. “Tienen celo, pero no de Dios”, ha escrito Slöterdijk, o han levantado otros dioses en su Panteón, ante los que doblar el espinazo de la propia dignidad.

Del que algunos celebran la Navidad por inercia, presos de estructuras de sometimiento o de hábito, sin saber lo que puede hacer por ellos y a través suyo, dejo en pie la pregunta de Roger Garaudy:

“¿Por qué la vida de Cristo es divina? Porque está enteramente constituida por lo que raramente sucede entre los hombres: únicamente por decisiones. Jesús, en cada una de sus palabras y en cada uno de sus actos, no se encuentra nunca donde lo esperamos. Jamás obra rutinariamente, sino como a golpes de invención que, cada vez nos sorprende, como si se tratara de un poema que desarmase nuestras lógicas costumbres. Es el centro de un constante manantial creativo. Y es, por excelencia, eso con lo que Heidegger define al hombre: el poema inicial del universo”.

La Navidad puede derivar en una fecha acostumbrada en el calendario, más o menos cercana a lo real. Pero Navidad es el ejercicio de un constante renacimiento, de una constante creación, no para elevar oteros de dominio, sino para extender ciudades habitadas de humanidad. Sépalo, sr. Casado.

No, no tiene razón Renán cuando escribe:

“¡Descansa ahora sobre tu gloria, noble luchador! En adelante, a salvo de las miserias, de la fragilidad, asistirás desde las alturas de la paz divinas a las consecuencias infinitas de tus actos […]. Por miles de años el mundo va a depender de ti. Blanco de nuestras contradicciones, serás la enseña a cuyo alrededor se reñirá la más enconada batalla. Mil veces vivo, mil veces más amado después de tu muerte que durante tu paso por la tierra; de tal manera llegarás a ser la piedra angular del linaje humano, que arrancar tu nombre de este mundo sería conmoverlo hasta los cimientos Completamente vencedor de la muerte, toma posesión de tu reino, en el que te seguirán, por el camino real por ti trazado, siglos de adoradores”.

No tiene razón Renan porque el espíritu de Cristo sigue en liza contra la miseria. Se reviste de frágil vulnerabilidad y fortaleza en todos aquellos que ensanchan la brecha por él abierta. La nobleza está en lucha, sr. Casado. No entiende por qué los seres humanos se apedrean unos a otros con la “piedra angular” y la sienten bajo sus pasos, y cada paso suyo es un paso de invención.

Sr. Casado, el Paraíso perdido está perdido. No reside en el pasado donde vivir como en una cueva. Navidad obliga. El paraíso, siempre “en la otra esquina” del laberinto humano, es tarea a construir. Déjese de zarandajas y ponga manos a la obra. Sería conveniente que tomara nota del suelo que pisa, no sea que se le hunda bajo los pies. Si estamos cruzando por una mala noche no quiera ser nuestra pesadilla. ¡Felices Fiestas! ¡Feliz Navidad tenga usted!

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.