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Vísperas de ignición en Estados Unidos


Los exteriores del Capitolio, tomados por los trumpistas. Los exteriores del Capitolio, tomados por los trumpistas.

Se venía venir. Todo preludiaba lo que iba a suceder. Y ha sucedido: el asalto violento al Capitolio de Washington. Lo protagonizó una turba enfurecida, surgida de una manifestación de más de 10.000 individuos, alentada y manipulada para impedir la confirmación senatorial de la derrota electoral del republicano Donald Trump. Es decir, para negar la victoria en las urnas del presidente electo, el demócrata Joe Biden. Se trata es un hecho que reviste una gravedad inusitada. Sus efectos, se prevén dolorosamente duraderos.

La manifestación multitudinaria llega hasta las gradas del edificio. La recibe un endeble cordón policial. Emerge una rabiosa presión masiva. Cae la primera y frágil barrera policial. Cristales y puertas son franqueados, a golpes. Sobreviene la entrada violenta de varias decenas de individuos en el recinto. Luego serán centenares. En su interior, precipitado desalojo de senadores en sesión, que permanecerán encerrados o en fuga por pasillos subterráneos escoltados por guardaespaldas: numerosos despachos son asaltados, miles de documentos quedan esparcidos por el suelo y pisoteados. Puñetazos, forcejeos, alaridos, destrozos, fogonazos, humaredas, disparos…Los escoltas del interior, leáse el Servicio Secreto, blanden armas cortas. Están apostados detrás del acceso al salón senatorial. El empuje de los invasores es potente, rabioso. Los escoltas aplican el protocolo: disparo a matar contra un cabecilla de entre el turbión de vanguardia que pugna por entrar en el hemiciclo. Cae malherida una mujer. Está muerta. El grupo de cabeza queda paralizado, momentáneamente. La rabia emerge con furia y se apodera de los invasores del Capitolio. Caos. Trofeos exhibidos. Saqueos. La Guardia Nacional llega tarde.

Empero, la actitud de la Policía frente al asalto, más bien su previsible desbordamiento dado su precario tamaño frente a la envergadura de la tumultuosa manifestación reunida frente al Capitolio, permite albergar dudas razonables sobre la existencia de complicidades con los alborotadores por parte de algunos mandos de los cuerpos policiales allí desplegados. Resalta la diferente proporción de efectivos respecto de los movilizados durante las manifestaciones contra el racismo por el asesinato a manos policiales de afroamericanos, crímenes dieron origen al movimiento Black Lives Matter, otra fisura más, ésta en clave étnica y social, en el ya delicado tejido político norteamericano.

El desenlace es sangriento: cuatro muertos por armas de fuego y catorce heridos graves, por el momento. Todo ello en el sacralizado lugar donde se oficia el rito parlamentario. El símbolo de las pregonadas libertades de la primera democracia mundial, emblema del Occidente más rico y altivo, heredero de una secular tradición liberal supuestamente inmarchitable, ha sido hollado por individuos enloquecidos, armados y teledirigidos por inducción del actual presidente, el candidato presidencial derrotado, Donald Trump.

Claves y antecedentes

Nada en política resulta explicable sin indagar en las causas que generan los acontecimientos. En este ámbito, la Historia acostumbra darnos las claves primordiales para comprenderlos. Lo sucedido en el Capitolio de Washington, pese a ser un hecho que carece de precedentes en doscientos cincuenta años, tiene antecedentes relevantes en distintos episodios de la profunda deriva política que se venía incubando en el interior del poder y de las mentes del país norteamericano desde hace seis décadas. Los partidos Republicano y Demócrata, emblemas de un bipartidismo declinante, van a protagonizar la agonía de un sistema que hoy se encuentra muy cerca del punto de ignición.

De los numerosos síntomas que latían ya como avisos de la larvada crisis en el corazón mismo del poder estadounidense cabe destacar, entre los más señeros, el asesinato magnicida del presidente demócrata John F. Kennedy en un aún oscuro episodio, ínsito en luchas de poder, acaecido en Dallas en noviembre de 1963. En segundo lugar, los efectos en la conciencia social y moral de la juventud estadounidense de la guerra de Vietnam (1955-1975), en la cual la invasión militar, jaleada por Presidencias demócratas, por parte de la gran superpotencia trasatlántica contra un pequeño y abnegado pueblo resistente del sureste de Asia, se saldó con una clamorosa derrota militar de los invasores y con una profunda desafección popular hacia la política. En tercer lugar, una aguda cresta alcanzó la crisis política con el espionaje preelectoral de un presidente republicano, Richard Nixon, contra el Partido Demócrata, el asunto Watergate, episodio que en 1974 se llevó por delante al Presidente republicano destituido por impeachment y erosionó la confianza, la imagen y la autoestima del país.

Y como cuarto eslabón de la cadena de acontecimientos críticos, cobra toda su importancia por su proyección, no solo interior sino también externa, el atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, con tres mil muertos, que mostró la vulnerabilidad del símbolo del poderío mundial de los Estados Unidos de América. Aquel atentado se había visto precedido por la apertura en canal de una profunda escisión política en el seno del bipartidismo que rige la política de la superpotencia norteamericana: la extraña victoria electoral contra el demócrata Al Gore a manos del republicano George Bush junior, gracias a su hermano Jeff Bush, preboste político del decisivo Estado de Florida, en las elecciones de 2001. El ritornello de la Guerra de Secesión, una sanguinaria conflagración civil que asoló el país en el último cuarto del siglo XIX, regresó abruptamente al imaginario estadounidense. Solo centenares de votos deciden entonces el combate en las urnas.

El hilo conductor que conecta estos acontecimientos con el que examinamos hoy a la luz de su palpitante actualidad es doble: de un lado, el desgarro formal, personalista, radical y narcisista entre Demócratas y Republicanos, pese a desplegar políticas cada vez más parecidas, más asociales, más individualistas, más de derechas; y, por otra parte, la quiebra de un sistema de poder como el de la superpotencia estadounidense, dentro del cual la ecuación entre legalidad constitucional y legitimidad democrática, tanto la vigente dentro del país como la impuesta por la superpotencia a sangre y fuego fuera de sus fronteras, entraron y entran en contradicción flagrante. Toda gran conmoción política queda casi siempre caracterizada por una profunda escisión entre estos dos vectores, legalidad y legitimidad, en los que se asienta la actividad política de los sistemas que se autodenominan democráticos.

¿Qué ha sucedido pues que permita explicar la aberración antidemocrática que hemos presenciado en directo y que, presumiblemente, seguiremos presenciando en fechas siguientes? En una fórmula sencilla cabría sintetizarlo así: para una parte sustancial de la sociedad estadounidense, cuantificada en más de 74 millones de votos, no es admisible la derrota electoral de Donald Trump. La parte más activa –o enajenada- de esos mismos votantes piensa, como el mismo Trump pregona, que la victoria le ha sido fraudulentamente arrebatada. Comoquiera que no media prueba conocida alguna, ni judicial ni de otro tipo, que certifique tal fraude, la negación de la victoria electoral del presidente electo Joe Biden implicará, para aquellos de los seguidores de Trump, que las leyes que rigen la vida política estadounidense, cuya cima es la Constitución, han sido vulneradas y que el resultado de los comicios presidenciales del pasado 3 de noviembre que han dado la victoria a Biden carece de legitimidad. Por consiguiente, las pautas que rigen la política estadounidense han dejado de generar, en un importante segmento de la población, la confianza necesaria para admitirlas como legítimas. Por ello, la cohesión social que cabría esperar asociada a la legitimidad democrática, revienta en pedazos y dispara descontroladamente la indignada reacción de los seguidores de Trump, por él mismo alentados.

El presidente del tupé rubio es visto por aquellos como el protagonista de un proceso que rescatará los valores de libertad, igualdad ante la ley y libre oportunidad para adquirir la riqueza, que consideran hoy perdidos por la política del Partido Demócrata y su candidato, al que asocian a la correcta oligarquía de los despachos de Washington, hoy asaltados. Y creen a pies juntillas que el rescate de lo perdido se producirá en una clave individualista, supremacista y ultraconservadora que rechaza cualquier tipo de alteridad política y que favorecerá sus anhelados delirios.

Lo que parecen desconocer los votantes violentos y silenciosos de Trump es que el conflicto no es entre el asno demócrata y el elefante republicano, ni entre patriotas y cosmopolitas, sino el sempiterno conflicto entre clases dotadas de riqueza y poder y clases desprovistas de una y otro, bien que enajenadas por las fantasías nacionalistas o populistas de derechas, individualistas ambas.

Es preciso resaltar que a la Presidencia de los Estados Unidos de América, como institución, se le asigna un poder carismático a priori, de partida. Y que como tal, su titular ejerce, en el ámbito de lo simbólico, una suerte de liderazgo ético sobre la Nación en su conjunto. Si a este fenómeno le unimos la permanente y machacona sacralización de la Presidencia por parte de la filmografía de Hollywood –el poderoso docente del país- y cruzamos estos hechos con el acceso a la Casa Blanca en 2016 de un transgresor conspicuo de todas las convenciones políticas, acuerdos, pactos y normas, incluso las relativas al Derecho Internacional, como Dolad Trump, el cóctel explosivo quedará listo y en bandeja.

Poderes fácticos en contra

Hay así otra dimensión que la mayor parte de los analistas políticos no contempla: la errática política de Donald Trump, su arbitraria secuencia de nombramientos y de ceses fulminantes, sus caprichosas decisiones presupuestarias, amén de sus coqueteos pre-electorales, más sus conductas personales hacia sus adversarios y también hacia el fisco, le han granjeado la enemiga jurada de algunos poderes fácticos de Washington: desde la CIA al FBI, pasando por un sector hegemónico del complejo militar-industrial, más amplios sectores del generalato de las Fuerzas Armadas y del servicio diplomático, así como importantes medios de comunicación, han mostrado abierta oposición a muchas de sus decisiones durante su tormentoso mandato presidencial. Este hecho, que es real, permite fabular a los acérrimos seguidores de Trump sobre la supuesta existencia de un complot contra él, contra ese líder dotado de un carisma institucional sazonado por sus ocurrencias y sus tuits, complot presumiblemente inducido por parte de aquellos poderes fácticos, entre los cuales se movería supuestamente -con más comodidad y familiaridad- el Partido Demócrata, y que gozarían de la capacidad suficiente para alterar el resultado de las urnas y truncar la reelección de su candidato.

Lo más preocupante parece ser que la bipolaridad ideopolítica existente en el conflicto Este-Oeste que presidió la Guerra Fría, tras la implosión de la URSS, parece haberse interiorizado puertas adentro de las fronteras estadounidenses. La sociedad estadounidense es ya una sociedad bipolar. Y el poder en juego es de una magnitud extraordinaria. Pero la interiorización se ha verificado de una manera desprovista de cualquier contenido social ya que se dirime en ámbitos meramente formales, de nacionalismo exacerbado, las republicanas, de rígida y fría corrección política, las demócratas, ambas de un exaltado individualismo, sin contemplar los problemas verdaderamente acuciantes de los 320 millones de pobladores del gran país estadounidense, fustigado por una terrible pandemia: la quiebra del bipartidismo, del presidencialismo, de la cohesión social, todo ello derivado del reparto desigual del poder y de la riqueza según la adscripción social a una clase, negada pero evidente, de cada individuo. Como dato preocupante cabe subrayar que el acceso a las armas de fuego es libre en Estados Unidos, por donde circula un número de pistolas y fusiles que dobla las cifras de la población.

Todos los temores versan ahora sobre qué escenario elegirán los poderes fácticos estadounidenses para alejar el foco de sus gravísimos problemas hacia el exterior. ¿Estamos a las puertas de una nueva guerra extramuros de los Estados Unidos de América? Ojalá esta pregunta careciera de sentido y los vectores sociales, políticos, científicos y académicos norteamericanos no contaminados por la histeria, la paranoia y la neurosis hoy desatadas, reflexionen e ideen una fórmula capaz de apartar del horizonte del gran país trasatlántico la amenazante tormenta absoluta que parece cernirse sobre él.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.