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EL PERIÓDICO
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Un cierto regusto a “déjà vu”


En algo más de medio siglo, desde las primeras elecciones democráticas en España, muchas son las cosas que han cambiado en el mundo. Hemos sufrido, una crisis económica no vista desde 1929, una revolución tecnológica impresionante, una globalización imparable, la emergencia de nuevas organizaciones políticas, ahora una pandemia horrorosa, Filomena, el asalto al Capitolio… etc. Y, sin embargo, especialmente en política, no puedo evitar experimentar un cierto regusto a algo ya vivido a, como dicen los franceses, un “déjà vu”.

Pero ¿hechos singulares? Sí en los tiempos actuales, pero no si repasamos nuestra historia no tan lejana. No si estudiamos lo sustancial de la historia, y no nos limitamos a ver lo más accidental de la misma. Unamuno – que no era historiador, pero sí algo sabía del tema – decía que no hay que entender la historia, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Él llamaba “intrahistoria” (“Evolución y revolución” 1886) a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. Tal idea no era de Marx ¡bien sûre! y ni siquiera por completo de Unamuno, que la había encontrado esbozada en la demótica de Machado Álvarez y en “Guerra y Paz” de Tolstoi. Pero es de ahí, pienso, de donde me viene ese regusto a algo ya conocido ¡Ah los muchos años!

Los medios y los analistas peor documentados, se escandalizan de las diferencias que afloran en el gobierno de coalición, y lo interpretan como algo sobrevenido en la historia. Pero eso de pelear por la hegemonía de la izquierda, tiene más años que Matusalén. En los años veinte del pasado siglo, la batalla por la izquierda, entre los socialdemócratas y los emergentes comunistas, estuvo en el orden del día, en la mayoría de países del centro, sur y oeste de Europa. Y en los años setenta el PSOE, consciente de la fuerza que había adquirido el PCE, en su lucha contra la dictadura franquista, salió del Congreso de Suresnes con un profundo giro hacia la izquierda, dispuesto a disputarles a los comunistas los votos de ese espacio. Pues ahora lo mismo, lo “déjà vu”, aclaremos quien manda en la izquierda.

Reprochan a Pedro que se haya rodeado en su ejecutiva de personas de su absoluta confianza, sin apenas margen para la integración. ¿Y qué lección esperaban que hubiera aprendido del golpe palaciego del 1 de Octubre? Pero también eso ya lo he visto. Felipe no integró a nadie en 1979, de los que se habían opuesto a la redefinición del influjo del marxismo, en nuestros principios, y que le había costado su dimisión ¡Qué yo ya estuve allí!

Disputar a UP la hegemonía del voto de izquierda, urbano y juvenil, aunque sea vía el abrazo del oso, me parece acertado como primera tare del nuevo PSOE. Lo del apoyo del centro izquierda – lo que sea que eso signifique – llegará como consecuencia. Con Felipe tuvimos que esperar de 1974 a 1982. Así que un poco de calma y paciencia.

Y todo ello siendo muy conscientes, de que siempre a nuestra izquierda habrá alguien. Pues eso del sueño romántico de la “revolución” es algo muy adictivo. En la izquierda han existido siempre dos culturas políticas disímiles y opuestas, que resultan difícilmente solubles entre sí. Y esto no es sólo un problema español, se viene dando un poco por toda Europa. Como ya he dicho, desde los años veinte del pasado siglo, hasta finales del mismo, con la caída del Muro de Berlín, ese criterio de demarcación entra las izquierdas, separó y opuso al comunismo frente a la socialdemocracia. Pero hoy parece manifestarse mejor, por la dicotomía entre populismo – sea lo que sea lo que signifique el vocablo – y socialdemocracia.

El catedrático Enrique Gil Calvo explicaba bien a mí entender (y nos lo recordó después Antonio Papell en el Diario de Mallorca) la diferencia entre ambas culturas de la izquierda, sintetizándola en tres rasgos definitorios:

Ante todo la identidad colectiva, el “quien somos nosotros”, como cemento capaz de soldar, integrar y erigir un sujeto político. Ambas culturas interpelan a unas mismas bases sociales heterogéneas entre sí, definibles como clase media urbana, clase obrera y/o clase popular. Pero mientras la tradición socialdemócrata trata de articularlas, estructurarlas y cohesionarlas, apelando a sus intereses comunes, en cambio el llamado, mejor o peor, “populismo”, intenta hacerlo apelando a sus aversiones comunes. Lo cual hace que la identidad populista, se caracterice por su negatividad, pues necesita fabricar un “enemigo del pueblo” (lo de la “clase contra clase” o “socialfascistas” de los viejos estalinistas).

En segundo lugar la estrategia, el modelo de sociedad que se piensa construir. La cultura socialdemócrata aspira al pluralismo universal incluyente. Un pluralismo que, para Juan Linz, es el mejor criterio de demarcación, para trazar la frontera, entre democracia y autoritarismo. Mientras que el populismo no busca desarrollar la pluralidad, sino construir la hegemonía de Gramsci, entendida como homogeneidad cultural, y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes.

Y por último, la táctica o método de competir por el poder. Y la competición por el poder es siempre ambivalente, al basarse tanto en la negociación, el acuerdo y el pacto, como en la lucha, el conflicto y el antagonismo. Y de estas dos dimensiones de lo político, la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos, mientras que la razón populista, tiende a exacerbar el conflicto antagónico.

O sea, nada nuevo bajo el sol, los perros de siempre, con collares adaptados al siglo XXI.

Lo que decía: Un cierto regusto a un “déjà vu”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.