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EL PERIÓDICO
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Apelación a la decencia periodística


Hace once años que me jubilé resistiendo a pie del foco informativo. Rondaban los 68 como ya me rondan los 79. Ya casi entonces Iñaki Gabilondo anunciaba “El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas”. Bien traído el término para hablar de nuestra profesión. Parece haber venido de la mano de Weber cuando atribuye a cada trabajo el compromiso de profesar en ello para producir progreso y bienestar. Era un tiempo del periodismo de firma; de la práctica del puercoespín del periodista con cierta clase política; no sólo de narrar lo que pasaba, sabiéndose notario suyo, sino de profundizar en ello sabiéndose servidor público. Era un tiempo cuando se extraía conocimiento de la información, y se hacia público haciendo saber lo que algunos no querían que se supiera e iban detrás de uno para que fuera correa de transmisión, para comprarle o para callarle la boca.

Me vienen a la memoria aquellas palabras de D. Benito Jerónimo Feijó, publicadas en 1739 en sus “Fábulas gacetales”:

“En dos clases se deben distinguir las noticias gacetales. La primera es de las que conciernen al Estado; la segunda, de las que tienen por objeto cosas particulares, inconexas con el Gobierno Político. Los Lectores continuamente se quejan de la poca sinceridad que hallan en las primeras. Yo, al contrario, destino este Discurso a acusar la poca fidelidad de los segundos. […] Para inducir a los Lectores a la desconfianza que deben tener de las noticias Gacetales, y a su Gaceteros alguna mayor cautela en admitirlas y estamparlas, notaré aquí algunas patrañas suyas de mayor tamaño, en que los Lectores que las hubieran creído lograrán asimismo la utilidad del desengaño”.

Sabias palabras venidas de un ilustrado. Dos fuentes de información se ofrecen a ojos de los periodistas: Periodismo atento a lo que produce el ámbito político, donde se toman las decisiones que afectan a la ciudadanía, y periodismo que sabe pulsar el estado de opinión de las “cosas particulares”, las de aquellos que, imbuidos en ellas para ir viviendo, hallan poca o ninguna sinceridad entre aquellos que dicen servir al bien común. Entre ambos, acción y opinión, crece la distancia helada. En los segundos, el desengaño, el recelo y la desafección, y hacen su vida como pueden sin esperar ya nada de los primeros. Así es “como mueren las democracias”, que nos ha dejado escrito Steven Levitski.

Esa decadencia democrática está caracterizada pues por la incomunicación entre sociedad y política. Sólo que a la primera la dominan grupos de interés como quistes sociales que ejercen el poder real, y la segunda actúa condicionada por esos grupos de presión y no pocas veces por sus propios intereses y no por los de la sociedad. Tal es el cuadro que refleja un gobierno de derechas. Cuando pierden el poder, los grupos a los que han servido y de los que se han servido se vuelven levantiscos, y ellos se transforman en maquinaria que no trabaja tanto para remediar las carencias y las injusticias sociales cuando para producir desequilibrios en el sistema. Al perder el objetivo que otorga dignidad a la política, que no es otro que el bien común, entran en la degradación. El poder real siempre flota. A medida que la corrupción invade su cuerpo político, pueden sustituir las caras, pero no los intereses particulares a los que sirven, y el proceso sigue.

¿Cuál es la función del periodismo si es que ejerce de cuarto poder? Pues, a mi modesto entender actuar tomando distancia crítica de los demás poderes, y hacerlo como elemento equilibrante y como servicio público, y no a públicos “segmentizados” fortaleciendo intereses particulares.

Este es un ideal no respaldado por la realidad, ni española ni mundial, por dos razones: porque si algo puede hacer el capital es comprarlo todo de manera que saque rentabilidad económica e influencia social, y porque una empresa periodística tiene en la información y en la opinión su materia prima, pero es una empresa sujeta a la cuenta de resultados, y su énfasis puesto en lo segundo puede deteriorar lo primero.

A ese respecto conviene contemplar el cuadro donde, a fecha de noviembre de 2015, según Carlos Gonzalo en “PH.D. Comunicación Social”, figuran los principales grupos de comunicación, su medio de referencia, y su perfil ideológico:

En la misma fecha, revisado el 20 de abril de 2018, puede hallarse el artículo “Quien manda en los medios de comunicación” de quien firma con el seudónimo de Sócrates, donde concluye:

“Ahora mismo, prácticamente el 99% de los medios de comunicación españoles, con las empresas del IBEX financiándolas directa o indirectamente (mediante el pago con anuncios publicitarios) , y la ultra derecha moviendo sus hilos detrás, son abiertamente anticatalanes, anti-Podemos,  y pro-Ciudadanos, ya que este último es el único partido que defenderá sus intereses económicos a largo plazo (obviamente a costa de quitar derechos a los trabajadores) y como premio les mantendrán en el poder el tiempo que haga falta, con los medios, las mentiras y el dinero que haga falta.”

Evidentemente le hace falta un nuevo análisis, porque Ciudadanos se les ha caído de las manos y amenaza disolución. Ya no puede representar su posición centrada en las apariencias, pero persistente en su motivación de dominio. Su derecha cívica que danzaba a su dulzaina se les ha derechizado en extremo y eso no puede interesar a su imagen de moderación. Persiste, pues, la fuente de financiación del IBEX, ese que José García Abad, periodista de raza y fundador y presidente del grupo “El nuevo Lunes” y de “El Siglo”, califica de “malvado” al describir en su libro de este título “cómo ejercen su poder los `lobbies empresariales frente al poder político”.

Resulta evidente, aún con estas referencias del pasado próximo, que la ultraderecha y la derecha dominan el campo informativo español. Cuentan con el más que suficiente apoyo publicitario de aquellas empresas que por su magnitud están en condiciones de invertir en publicidad, acrecida por la institucional cuando la derecha ha gobernado.

Sobre la inversión en publicidad veamos los datos en 2020:

Observarán ustedes la caída en la inversión. Curiosamente, en esta evolución que compara septiembre de 2019 con septiembre de 2020 ha descendido en menor proporción la realizada en redes sociales y en televisión, los dos frentes usados para calentar la audiencia, la primera personalizada y la segunda masificada, punto y contrapunto.

Tienen el poder económico de los medios y tienen la estrategia informativa para construir realidad virtual y contextos interpretativos en una “sociedad individualizada, atomizada y compartimentada, conectada artificialmente”, como señala Ángeles Díez Rodríguez en su trabajo “Medios de comunicación y democracia. El Making off de la política”, incluido en el libro colectivo “Manipulación y medios en la sociedad de la información”.

Creen inerme a la sociedad, pero mucho me alegro que no sea así. En situaciones de emergencia reacciona, se moviliza llegado el momento, y tiene en poco la ingeniería informativa que a veces pretende tomar plaza en sus iniciativas. Lo hemos visto con ocasión de la nevada: cuando la iniciativa ciudadana se movilizó, comenzaron a salir los mensajes de le doy una pala, hágalo usted mismo, en otros países multan, necesitamos su ayuda. ¿Y no será porque, en capitales como Madrid, los Servicios Sociales están bajo mínimos de contratación como los sanitarios?

¿Qué debe hacer el periodista? ¿Poner alfombra porque no puede meter la crítica porque vinculaciones mandan? ¿Adoptar la ética del camaleón, que dice Adela Cortina? Aún recuerdo el escrito de un camaleón cuyo nombre omitiré: Si falsear la información o mentir me produce un beneficio para mí y para mi familia, ¿por qué no hacerlo? Pues porque ello supone una contribución al pudridero democrático.

En las primeras páginas de la “Ética de la comunicación y de la información” (Ariel comunicación) nos topamos con la declaración de irreductibilidad de la ética periodística a un manual de estilo o a aun código deontológico. El profesional de la información no cumple con su cometido porque se ajuste a derecho o se someta a ese código deontológico, sino porque pretende contribuir a la salud pública y al bien común. Es la intencionalidad ética, descriptiva de la realidad y de sus alternativas, la que mueve las formas y se ajusta a derecho positivo: “lo que de verdad contribuye a crear ciudadanos libres es el cultivo del espíritu, no de las técnicas […], el gran obstáculo de la razón y del hombre es la libertad no vivida racionalmente” (p. 10, 20).

Sin embargo, las técnicas que tan necesarias nos resultan, a veces se vuelven instrumentos al servicio de intereses parciales, y en ellas actúa entera la racionalidad y las influencias para conseguir ámbitos de dominio y de poder, y se toman libertades contra la razón que tiene por encomienda hallar la verdad en la realidad. En tales casos nos hallamos ante una perversión de la libertad y de la propia razón, y la in-formación trabaja dentro de las personas, se vuelve tóxica en aquellos que coloniza y en quienes lo practican; los fines se han prostituido; la realidad se ha pervertido; el ser humano se ha falsificado; los sistemas políticos agonizan. Pobre cuadro el que ofrecen aquellos que se dicen moderados.

Si en otros tiempos la del filósofo era una profesión peligrosa, hoy es la del periodista. Casi mil han sido asesinados en diez años en el mundo, 59 en 2020. En unos países matan por contar realidades que afectan negativamente a la dignidad humana. En otros pasa el rodillo sobre la profesión.

No quiero concluir este artículo sin destacar un aporte que considero positivo. Lo tomo del profesor José Francisco Serrano Oceja. Cuando concluye el capítulo “Naturaleza ética de la información periodística: horizontes interpretativos”, que es el segundo del citado “Ética de la comunicación y de la información”, echa mano de la filosofía perenne, esa que nació en Grecia en tiempos remotos y han pretendido arrumbar. Y es que, el periodismo que es la ciencia de la inmediatez, cuando se siente amenazado también tiene que echar mano a las ciencias del sentido.

Parte el profesor Serrano Oceja de una cita de G. Galdón, coordinador del libro “introducción a la comunicación y a la información” (Ariel) cuando define así el periodismo:

El periodismo es “una actividad intelectual y moral práctica en la que la prudencia sintetiza, ordena y dirige las acciones directivas, gnoseológicas y artísticas, y las aptitudes y actitudes que las fundamentan, tendentes a la comunicación adecuada del saber sobre las realidades humanas actuales que al público le es necesario o útil conocer para su actuación libre en sociedad”

Era el año 2001. ¡Hace 20! Lo que era entonces no es lo que ahora reconocemos en la realidad. A la prudencia (“phronesis”), sabiduría práctica con unas ciertas dosis de contención, por mi cuenta añado un necesario componente de intrepidez y valor, una cierta “aristocracia del espíritu” propia de aquellos que vencen dificultades y ofrecen paradigmas, una cierta nobleza de ánimo que no se deja corromper, sea cual sea su clase social. A la prudencia, Serrano Oceja añade la prognosis (“pronoia”), el conocimiento previo, un instinto que intuye dónde está la noticia del acontecimiento significativo en la maraña de sucesos presentados como relevantes, entre falsificaciones, relieves y camuflajes, y cual es su significación y su sentido para el conjunto de la sociedad. Como tercer elemento a practicar por la profesión, menciona el discernimiento, el pensamiento diacrítico que sabe separar el grano de la paja, el disfraz en la realidad, la verdad de lo insignificante, sin componendas.

Ya sé que existen medios y periodistas empeñados en trabajar todo esto contra todo aquello. Por ellos levanto mi copa de 78 años, al tiempo que apelo en otros al ejercicio de la decencia para consigo mismos y para el público al que se deben.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.