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Washington 20.21: El “nuevo” Retablo de las ¿maravillas?


Concertina, blindaje, vallas, efectivos militares, barrera, doble barrera, calma tensa. Rifle en ristre. Rifles. Ojo avizor, cámaras… ¡acción!

¡Vaya teatrito! Con títeres. No se apreciaban bien los hilos que los movían. ¿Sería por la mala conexión, el jetlag o los inhibidores de frecuencia? Escenario de cartón piedra. Sobre todo, piedra (y plomo). Figurantes, pocos esta vez. Seleccionados y separados. Banderas, banderines y banderolas. La pompa de un estreno de este cariz, enmascarada o mejor, enmascarillada. Pocas trompetas y menos estruendo. Sin rugidos ni vítores. Silencio… ¡Se rueda! Escaso boato ceremonial. Ni atisbo de Polichinela; con su personalidad chocarrera y espíritu fanfarrón, brilló por su ausencia en las tablas; su corbata rojo bermellón, pura farsa.

La supuesta vistosidad de Arlequín, desvaída por el frío, entre 4 y 7 grados: hay que abrigarse y no llegar en paños menores como el protagonista de El rey desnudo (1837, Andersen). Espero que le hayan confeccionado un nuevo traje con etiqueta y talla de auténtico demócrata y que le encaje para que no pille frío (a esas edades cualquier catarro, por leve que sea, arrastra graves consecuencias) y no derive en republicano progresista con tintes de gracioso, informal y ridículo.

Atonía acorde con los tiempos. Ni Renoir ni Picasso podrían haber disimulado la grisura.

No hay engaño posible. No necesitamos a los simpáticos truhanes Chirinos y Chanfalla para deshacernos de la careta de la hipocresía de una sociedad ávida de apariencias y oropel, como marionetas en un guiñol. Solo faltaban volatines pero no estaban las cosas para acrobacias, ni las hicieron los artistas invitados. Todo plano, sin traje de rombos. Mascarilla, negra; al más puro estilo de la comedia del arte.

Fotos, focos y sin telón: al aire libre, patio de vecindad. Toda una corrala entre lo real y lo imaginado.

En el siglo XVIII, a Polichinela le creció barba y bigote, y un alto sombrero de alas cual ave gallinácea. Con el tiempo menguó: enano perverso que trocó tocado por una pañoleta hasta que recuperó de nuevo el sombrero tan preciado con dos plumas de gallo.

El que más barullo arma en el corral. Y va a seguir cacareando, cluecas no le faltan –aunque cada vez menos- apoltronado y enfurruñado en el “rincón de pensar”. Todo digno de un entremés, género dramático menor, algo irónico y poco festivo en este caso.

Sin perder de vista el Capitolio, el retablo falso y burlón se convierte en un tapiz de muchas direcciones, de ahí que nos parezca ver muñecos de trapo con rasgos humanos; quizá ha llegado el momento de recuperar un nuevo modelo del perfecto caballero (El cortesano, 1528, de Castiglione) o del perfecto gobernante (El príncipe, 1532, de Maquiavelo). Vaya materia enjundiosa para Shakespeare que gustaba tanto de la radicalidad humana: la duda, la inquietud frente a la identidad, la vejez, la tradición, la ambición y la percepción del mal.

¿Cómo hay que mirar a estos personajes que sospechan unos de otros y se miran recelosos? ¿Arrellanados en el sofá?, ¿inquietos en una silla rígida? Atentos y expectantes, cruzando los dedos y tocando madera. Nos salimos del cuadro y esperamos a que apliquen desinfectante a tanta capa de pintura acumulada para que el bastidor, de problemático diseño y contradictoria existencia, luzca mejor.

Nada que ver con la espectacular creación del ballet Pulcinella de Igor Stravinsky (1882-1971) estrenado en la Ópera de París en 1920. En esta ocasión Picasso sí “pintó” los decorados y los trajes de los bailarines.

Evento histórico, sin precedentes, distópico, rompedor y vanguardista por lo de diferente y extraordinario: Polichinela escala su verdad de quien nada tiene que perder, igual que aquellos que anhelan con desesperación medrar, se niegan a deshacerse de la venda que les oprime su falsedad; no vaya a ser que les arrebaten lo que por méritos ajenos han heredado: privilegios caducos, prebendas ficticias, halagos debilitadores.

Y atención… ¡que asoma Colombina sin hacer mutis por el foro!

Me queda un regusto de anomalía; espero que no me invada la desazón.

Pues eso: ¿aplausos? Es todo tan estrafalario.

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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