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El ayer y el hoy de Jacques Delors


Jacques Delors (d) y François Mitterrand (i) en una imagen de archivo. Jacques Delors (d) y François Mitterrand (i) en una imagen de archivo.

El nombre de Jacques Delors permanece y permanecerá ligado al de Europa de forma indisociable. Presidente de la Comisión Europea desde 1985 a 1995, su acción y liderazgo han marcado para siempre la historia de la construcción europea. Incluso hoy, en nuestros días, la Comisión permanece huérfana de una personalidad política a la que todavía en Bruselas se le tributa culto y admiración.

Creo conveniente hacer una poco de rápida historia para, al final, llegar a su pensamiento que, en tantos y tantos aspectos, mantiene una plena vigencia. Cuando en enero de 1985 se hizo cargo de la Comisión, Europa se llamaba todavía Comunidad Económica Europea y no contaba nada más que con 10 países miembros después de la adhesión de Grecia. Entonces nadie dudaba de que Delors iba a dar un nuevo aire, un nuevo y fuerte impulso, a Europa que, en aquel tiempo, había caído en un cierto inmovilismo.

Sus privilegiadas relaciones con FRANCOIS MITTERAND y con HELMUT KOHL allanaron y facilitaron su trabajo. Tanto es así que, ese mismo mes de enero de 1985, anunció ante el Parlamento Europeo su decisión de suprimir todas las fronteras y construir un enorme mercado interior.

Seis meses más tarde, presentó a los dirigentes europeos el denominado LIBRO BLANCO. En él se contenían 310 medidas que permitirían la creación del mercado único. La apertura de las fronteras, sin embargo, no puede superar los numerosos obstáculos administrativos y reglamentarios que impiden la total libertad de circulación de mercancías. Delors defiende que la desaparición de esas trabas conllevará unos más fluidos intercambios comerciales y, en consecuencia, un mayor crecimiento económico europeo. Se fija, entonces, la fecha del 31 de diciembre de 1992 para llegar a la meta.

Febrero de 1986. Europa, que había admitido en junio de 1985 la entrada como nuevos socios a España y a Portugal, firma la denominada ACTA ÚNICA. Se trata de la primera revisión de los TRATADOS EUROPEOS desde 1957. A partir de entonces, las decisiones se tomarán por mayoría cualificada en el seno del CONSEJO. Termina, ahí, la parálisis que, en tantas ocasiones, provocaba la regla de la unanimidad. Cae, así, un tabú. Europa revive.

Delors, convertido ya en el dirigente imprescindible de la Unión, fija los tres principios en los que, en su opinión, se forjará la construcción europea: LA COMPETICIÓN QUE ESTIMULA, LA COOPERACIÓN QUE REFUERZA Y LA SOLIDARIDAD QUE UNE. Nace, así, el llamado primer paquete Delors, un plan que incluye la financiación de nuevas políticas, el lanzamiento del programa ERASMUS, considerado como el verdadero estandarte del espíritu europeo y, en definitiva, el inicio de la construcción de la UNIÓN ECONÓMICA Y MONETARIA, una unión que tenía, también, una dimensión política ya que la moneda única debía contribuir a lograr una identidad europea y reunir, de forma irrevocable, a los estados y a los pueblos en una comunidad solidaria.

La inesperada caída del MURO DE BERLÍN, el 9 de noviembre de 1989, acelera el proceso. Contrariamente a Francois Mitterrand, Jacques Delors reacciona de forma más que eficaz. Alemania y los alemanes no olvidarán jamás que le deben la rápida adhesión, en un tiempo récord, de los Lander de la antigua república democrática.

La reunificación alemana impulsa la unificación europea. El canciller HELMUT KHOL lo dice alto y claro:” La integración europea y la unificación alemana son las dos caras de una misma moneda”. El TRATADO DE MAASTRICHT, firmado el 7 de febrero de 1992, que supone el nacimiento de la desde entonces llamada UNIÓN EUROPEA no va, en opinión de DELORS, lo suficientemente lejos.

En sus memorias, deplora el abandono del método comunitario, que otorga un papel preponderante a la COMISIÓN y un poder de codecisión al Parlamento, en beneficio de la denominada intergubernamental, es decir, de la unanimidad en el seno del CONSEJO EUROPEO, en materia de política exterior y de seguridad común así como en el campo de la policía y de la justicia.

ON NE PEUT PAS TOMBER AMOUREX D´UN GRAND MARCHÉ. No podemos enamorarnos, dijo, de un gran mercado. Político de una gran visión y de reflexiones estratégicas, consideraba imprescindible la formación de un gobierno económico y de una coordinación eficaz de las políticas europeas. También en esto, aunque predicó en un desierto, fue pionero. La ausencia de esos requisitos continúa siendo, en la actualidad, una rémora sin visos, todavía, de poder ser superada. Al final de su mandato, en 1995, no solo había conseguido que Europa caminase a buen ritmo, sino que, además, reforzó y elevó sobremanera el papel de la Comisión Europea.

Con esa autoridad, y a pesar de que ya nonagenario no suele prodigarse en los medios de comunicación Delors, el hombre que siempre afirmó que sin solidaridad Europa no podría avanzar, alzó, recientemente, su voz para denunciar que la falta de esa solidaridad puede suponer un peligro mortal para la Unión Europea. “El clima que parece reinar entre los jefes de Estado y de Gobierno – dijo –y la falta de solidaridad entre ellos suponen un peligro mortal para la UNIÓN. El microbio está de vuelta”. Delors observaba con enorme preocupación la división entre los países del norte y del sur y la consecuente e insatisfactoria respuesta que las instituciones ofrecían para luchar contra la pandemia. Para Delors la solidaridad recíproca es el fundamento de la Europa unida. “Solo unidos –repitió en numerosas ocasiones –podremos afrontar cualquier tipo de crisis”. Sus recientes acusaciones sobre la forma de encarar la pandemia fueron una ayuda más, quizá una ayuda vital, no solo para los países más afectados, España entre ellos, sino, sobre todo, para toda la Unión.

En 1995, poco después de cesar en su cargo de presidente de la Comisión Europea, tuve ocasión de entrevistarle. “La salud de cada uno de los países –me dijo en aquella ocasión –depende de los esfuerzos nacionales, pero esos esfuerzos deberían ser respaldados por acciones europeas que permitan ver que Europa está ahí. Europa no puede ser un profesor severo que no acompañe a sus alumnos”. Y dijo más. “Las Europa política, que era el objetivo inicial, ha fracasado varias veces. Una, con el rechazo de la comunidad europea de la defensa. Otra por la negativa a crear la federación europea”.

Federalista convencido, se despidió del PARLAMENTO EUROPEO haciendo profesión de su fe. “Solo el federalismo – dijo en su discurso –permite el control democrático y puede castigar los abusos de poder. Solo el federalismo puede garantizar el respeto al carácter nacional y la variedad regional”. Difícil ser más preclaro.

Como buen federalista lamentó siempre la posición de oposición, así la definió, que mantenía el Reino Unido en el seno de la Unión. Hace años ya adelantó lo que el Brexit ha provocado. “No tiene objeto –dijo—tener un socio reacio a lograr una mayor integración europea. Si es así, más le valdría abandonar la Unión Europea y adoptar alguna otra forma de partenariado. A los británicos solo les interesan sus intereses económicos y comerciales. Hay que buscar la fórmula para mantener la amistad, pero bajo otros principios. Quizá, una colaboración en el espacio económico europeo o un posible acuerdo de libre cambio”.

Y es que, pesar de las diferencias de calado que existían entre las dos partes, Delors tenía muy claro que el Reino Unido es un socio estratégica y económicamente importante, pero, matizaba, tanto como lo son India o China, por ejemplo.

Otro asunto de gran actualidad es la utilización de las nuevas fuentes de energía. Jacques Delors dejó, también en ese campo, su impronta. En el año 2010 propuso la creación de la Comunidad Europea de la Energía basada, como siempre, en los tres pilares que todas sus iniciativas destacaban: la competitividad, la cooperación y la solidaridad. Definió, además, los objetivos de esta Comunidad: asegurar la independencia y la seguridad europea, reforzar la capacidad exterior financiera y monetaria de Europa y asegurar la coherencia entre esta política y la necesidad de preservar el medio ambiente y, en consecuencia, el futuro del planeta. Nació, posteriormente, la denominada UNIÓN DE LA ENERGÍA con su triple compromiso, adelantando en buena parte por Delors, de proporcionar energía asequible para las empresas y los consumidores, asegurar el suministro de energía para todos los países de la Unión mediante la reducción de la dependencia energética y generar más energía verde para, así, continuar la lucha contra el cambio climático.

Trabajador incansable, DELORS fue un político pragmático, más partidario de la acción y de los resultados que de las consideraciones teóricas o ideológicas. Luchó siempre contra los dogmatismos vinieran de donde vinieran.

Fue, también, un auténtico reformista. Como he dicho, dejó su huella perenne en todos los cargos y trabajos que realizó. Fue un arquitecto y un constructor infatigable. Su obsesión por un futuro mejor era constante. Por eso, y entre otras muchas cosas, impulsó el diálogo social, la integración europea, la preparación de la Unión Económica y monetaria que supuso el nacimiento del Euro, el ya mencionado Tratado de Maastricht, el Libro Blanco para lograr una mejor coordinación de las políticas económicas, el Paquete Delors para el presupuesto europeo y, por citar algo más de enorme importancia, la creación del Comité de las Regiones.

Toda esta carga creadora se basó en la responsabilidad de un líder que, como queda dicho, tenía la solidaridad por bandera. Una solidaridad colectiva que no puede existir si cada uno no se implica personalmente para crearla en sus diferentes formas: solidaridad de barrio, solidaridad mutua, solidaridad nacional. Y frente a la falta de responsabilidad individual, propuso “una sociedad activa que reúna todas las iniciativas individuales que permitan la creación de instituciones solidarias”.

Para él, no se puede ni debe esperar todo del Estado. “Cada uno –escribe—debe asegurar su parte. El socialismo de mañana, y ese mañana ya es hoy, es un socialismo de iniciativa y de responsabilidad individuales”. Rechaza, calificándolas de vicio, las reacciones instantáneas que impone la sociedad contemporánea ante cualquier acontecimiento. Propone, y esa fue su actitud a lo largo de su dilatada carrera política, una reflexión pausada. “Se pueden analizar, así, mucho mejor esos acontecimientos en todas sus vertientes”.

Termino con un rasgo esencial de su personalidad. “Soy demasiado socialista para la derecha y demasiado pragmático para la izquierda. Podría decir de mí mismo, que soy un pesimista activo. El pesimismo me impide estar contento conmigo mismo pero el activo me lleva a no desanimarme jamás”. Lejos de caer en el inmovilismo siempre procuró, y casi siempre lo consiguió, ir todavía más lejos.

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