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EL PERIÓDICO
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Lucro, prelaciones y vacunas: los intereses de la esfera pública


Tras esperarlas durante tantos meses, las vacunas, además de suponer la mayor esperanza para recobrar nuestras rutinas de antaño, también están aportándonos una reveladora radiografía de nuestra dinámica social. Por una parte, su llegada ha matizado en un tiempo record el escepticismo que parecía imperar entre un importante sector de la población, dubitativa sobre si convenía vacunarse o era preferible que lo hicieran los demás para beneficiarse indirectamente de una inmunidad generalizada. De otro lado, los problemas detectados en su distribución podrían responder a un desaforado animo de lucro, como consecuencia de privatizar una gestión que debiera ser pública.

Al visitar el palacio de Sans-Souci en Potsdam, es aconsejable acercarse al rincón del jardín donde Federico II de Prusia está enterrado junto a sus perros. Allí escuché por primera vez cómo se habían introducido las patatas en la dieta germana. Hoy todos las asociamos con los alemanes, pero Federico el Grande tuvo que recurrir a una curiosa estratagema para normalizar ese hábito alimenticio entre sus compatriotas. Decidió cercar los patatales como si contuvieran algo muy valioso y retirar la guardia de noche. Quienes habían despreciado probarlas cuando les fueron simplemente ofrecidas, corrieron entonces a robarlas cual si fueran como un manjar delicioso e inasequible.

Tentaba pensar que quienes han incumplido los protocolos para vacunarse antes de su turno, pudieran responder a una estrategia similar para combatir el negacionismo en esta materia. Sin embargo, aun cuando este pueda ser un beneficioso efecto colateral de un comportamiento tan poco ejemplar, lo cierto es que su motivaciones parecen haber sido distintas. Algunos han esgrimido buenos argumentos, como el ya ex-Jefe de la JUJEM, quien pensaba que convenía preservar la cadena de mando, lo cual no deja de tener su lógica y plantea que las prioridades deben ser sometidas constantemente a revisión, al ser harto compleja la casuística implicada en esa prelación.

Pero en otros casos las explicaciones han sido bastante peregrinas o sencillamente han brillado por su ausencia. Comoquiera que sea, prevalerse de una determinada posición en un ayuntamiento, una consejería, la prelatura eclesiástica o el rango militar merece una sanción moral muy negativa. Lo malo es que puedan ser envidiados en secreto, porque después de todo su comportamiento es coherente con la mentalidad propia del anti-solidario pensamiento único, regido por la lógica del economicismo que prima sobre cualquier otra consideración.

Por doquier parece primar con toda rotundidad el interés económico y su maximización a ultranza, sin complejos e inhibiciones de ningún tipo. Esta mentalidad economicista ha conseguido secuestrar las decisiones políticas, incluso en unos momentos tan delicados como los impuestos por la pandemia. La privatización de servicios estratégicos continua imparable. Las infraestructuras costeadas con fondos públicos acaban en manos de iniciativas privadas que gestionan servicios estratégicos, tal como sucede ahora mismo con la revolucionaria tecnología 5G. Ese decurso no parecía reversible.

Con todo, siempre cabía confiar en que los temas relacionados con la pandemia no sufrieran esa misma suerte. Después de la primera ola, hubo tiempo para reforzar el frente sanitario, pero en general se tendió a externalizar lo que se iba necesitando y a dilapidar presupuestos en proyectos tan polémicos como el oneroso centro hospitalario Isabel Zendal, cuyo diseño parece responder más bien a objetivos propagandísticos, que pueden incluir denunciar presuntas campañas denigratorias, cuando el tema debería ser si cumple cabalmente con sus funciones o dista de hacerlo así.

Europa ha bombeado ingentes cantidades de dinero público para que se investigara sobre la vacuna contra COVID-19. Esto suele ser una práctica habitual en los gastos del Ministerio de Defensa o el de Ciencia. Se transfieren partidas presupuestarias multimillonarias a empresas que recaudan con ello jugosos réditos privativos y además nunca pierden, al comprometerse únicamente a intentar hacer las cosas lo mejor posible. Los argumentos esgrimidos por el director ejecutivo de AstraZeneca sea amparan en esa clausula de hacer our best effort.

Este portavoz de AstraZeneca ni siquiera se siente ofendido por los recelos manifestados por la Unión Europa, que seguirá sin poder supervisar la distribución de las futuras dosis comprometidas por contrato con un calendario determinado. Según este directivo, antes de que se formalizara el Brexit, Reino Unido habría firmado su contrato con tres meses de antelación sobre la Unión Europea, reivindicando además que su planta de producción británica y el sello de Oxford le daban prioridad, entonando así un insolidario “primero Gran Bretaña” que recuerda otros lugares y otras épocas.

¿Si se demostrase que se han desviado dosis de vacunas a un mejor postor, acaso cabría imponer alguna sanción eficaz? Es tolerable algo así en medio del estado de alarma social causado por la pandemia? ¿Cuándo aprenderemos a no delegar la gestión de prioridades públicas a empresas privadas? ¿Qué sentido tiene financiar con las arcas públicas una comercialización privada que ni siquiera cabe supervisar? ¿En lo sucesivo no debería diseñarse una mancomunada estrategia pública conjunta? Se diría que los estragos globalizados del economicismo sólo puede tender a neutralizarlos una política con vocación cosmopolita sin miopes localismos.

Profesor de Investigación IFS-CSIC (GI TcP). Historiador de las ideas morales y políticas. Proyectos BIFISO (PIE-CSIC-CIV19-027), ON-TRUST CM (H2019-HUM5699), PAIDESOC (FFI2017-82535) y PRECARiTYLAB (PID2019-105803GB-I0), Instituto de Filosofía (IFS-CSIC).

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