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El buen pueblo y la élite corrupta


El expresidente de los EE.UU., Donald Trump, en una imagen de archivo. El expresidente de los EE.UU., Donald Trump, en una imagen de archivo.

Para bien o para mal, parece que hoy nuestra política se define como la ficción maniquea, de un mundo escindido entre el buen pueblo y una élite corrupta moralmente inferior. El relato interesado de “el poble sóc jo”, se construye siempre sobre un subterfugio, que esconde el simple afán de poder. Pero no hay ganancia alguna, en debilitar los poderes democráticos que nos protegen, garantizando el pluralismo. Es un axioma bastante olvidado: en democracia no se pueden escindir los elementos propiamente electorales, de los que facilitan su funcionamiento institucional, por mucho que algunos se empeñen, en identificar democracia con el puro acto de votar. Nos lo advirtió Todorov: la democracia engendra sus propios fantasmas. Y toda patria, todo pueblo, tiene también algo de presidio.

Las palabras élite, elitistas, casta y trama, por ejemplo, nunca se habían utilizado tanto como en estos tiempos. Y nunca en un tono tan homogéneo, de acusación y desprecio. Había que oírlas en boca de Donald Trump, de sus asesores y animadores, para los cuales “élitetiene además, la repugnancia añadida de ser una palabra de origen francés. Para un reaccionario americano, Francia y lo francés provocan una animadversión morbosa, que resume todo lo que desprecia: la buena alimentación, el vino, la libertad sexual, el estado de bienestar, el tabaco, el laicismo, las mujeres que se ponen tacones altos y se pintan los labios, para ir al súper o llevar los niños al colegio.

Recuerdo como si fuera ayer, la época en que empezaba a volverse meritoria la exhibición de la rudeza y la ignorancia. Me acuerdo bien de cuando George W. Bush repetía que hablaba como un “hombre común” de Texas, un “regular guy”, con el acento adecuado y un amaneramiento de rudeza en los gestos. Expresándose de una manera descuidada y hasta grosera, probaba que él no era un elitista, que estaba cerca del pueblo, la gente llana, el trabajador de mono azul y casco. Por eso y sólo eso, podía reconocerse que era igual a ellos, que no se había reblandecido, con las aficiones culturales ni con el cosmopolitismo.

Pero se trataba de una mentira, de una posverdad “avant la lettre”, salvo en un solo aspecto, el de la ignorancia. Bush era tan ignorante como aparentaba, pero no porque hubiera tenido una vida difícil y pobre, como muchos de los que le votaban. Era un ignorante por vocación, por gusto, por descaro, pues había ido a los colegios y universidades más caras. Desde luego que no pertenecía a la élite del conocimiento, pero sí a la mucho más restringida del dinero. Una de las cosas que más hostilidad provocaba hacia Hillary Clinton, durante su campaña presidencial, era su indudable brillantez intelectual, la manera clara y precisa en la que se expresaba. Como Barak Obama o Michelle, pero sin el carisma de ellos dos. Hillary tenía la temeridad de no ocultar que era una persona inteligente, muy cultivada y preparada, con un dominio impecable de la lengua.

Y aquel camino hacia la celebración gozosa y desafiante de la ignorancia, que comenzó Bush, lo ha culminado Trump, que ha hecho bueno a su antecesor. En la lengua inglesa – nos explicaba Muñoz Molina – las diferencias culturales y educativas, están más marcadas que en la española: se depositan en las formas primarias del habla, en el acento, en el modo en que se pronuncian o no ciertas terminaciones, en la prosodia. Trump no es elitista, repiten algunos. La prueba de su autenticidad, de su legitimidad popular, es su grosería. Los responsables de la pobreza y la incultura, en la que han caído muchos de sus votantes, no serían los multimillonarios como él, que intentan comprar, a fuerza de dinero, el sistema político, y están dispuestos a despojar todavía de más derechos a la gente trabajadora. Los responsables serían unas vagas élites cultas y arrogantes, que tienen su forma más visible en los medios de comunicación y en Hollywood. Los presupuestos que el Gobierno federal destina a cultura son ínfimos, en comparación con los de cualquier país europeo normal, pero Trump y los republicanos, han intentado, belicosamente, erradicarlos. Los resultados serán calamitosos, pero Trump y los suyos han intentado demostrar, una vez más, que ellos no les hacen el juego a las élites.

En España la palabra “élite” también se ha vuelto una palabra sucia. Y asimismo el desprecio al saber y a las formas, la mala educación y la exhibición de la ignorancia, parecen producir réditos políticos. La derecha española ha despreciado y desprecia el saber (añade Muñoz Molina), porque esta convencida de que no sirve para nada, salvo para alimentar a disidentes y holgazanes. La izquierda doctrinaria alienta, con plena deliberación, una atmósfera de hostilidad hacia el mérito, hacia las formas de respeto, hacia la soberanía individual: como si también entre nosotros, la incultura fuese una prueba decisiva de autenticidad, y la búsqueda personal de la excelencia, en el ejercicio de una profesión o una vocación – menos en el futbol – volviera a quien se dedica a ella, culpable de elitismo.

Escribía Torreblanca, que los autoproclamados teórico de la democracia radical (que son radicales, pero no demócratas) llaman “ilustración populista”, al momento en el que el pueblo sabio, retoma el control sobre su futuro, y se sacude el yugo de élites y expertos. Las mayorías, sostienen, no necesitan más legitimación que la mayoría, y por eso siempre aciertan. Pero me temo que se equivocan, como la mayoría que se decantó por el Brexit. Tiempo al tiempo. Mientras tanto la chulería se celebra como coraje, la mala educación como campechanía, lo desgreñado como signo de rebelión. Cada vez es más virulenta la agresividad, contra quien ejerce su derecho soberano, a no rendirse a lo ofensivo o lo grosero, por el simple motivo de que parezca ser mayoritario.

Pues eso ¡al loro!

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.