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EL PERIÓDICO
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Pueblo, "Peuple", "People", "Volk" ...


“Cuando yo uso una palabra

significa exactamente lo que yo

quiero que signifique”.

(“Alicia a través del espejo”. Lewis Carroll)

Algunos ya me habréis leído protestando, cuando se invoca demagógicamente al “pueblo”. A aquellos que gritan: dejad de discutir (los políticos), y preocuparos de los intereses del “pueblo”, siempre contesto con la pregunta ¿quién es el “pueblo”? ¿son los Botín o los inmigrantes legales el “pueblo”?¿Los intereses de unos y de otros que hemos de defender, son los mismos?

Muchos contestarán que ese es un debate meramente académico. Puede. Pero la democracia es debate y entendimiento. Las palabras condicionan el pensamiento. Y si, al ya de por sí complicado debate, lo llenamos de significantes vacíos, sustantivos poliédricos y conceptos amorfos, la tarea de entendernos, se complica “ad infinitum”. Definir es, en primer lugar, delimitar, asignar fronteras. Un concepto indefinido es un concepto “sin final”, que no sabemos cuando es aplicable y cuando no, que incluye y que excluye.

Hace ya tiempo, con motivo del fallecimiento del gran pensador Giovanni Sartori, me leí su magnífica obra: “¿Qué es la democracia?”. Y mira por donde, me topé con una serie de acertadas preguntas, que se hace el inigualable florentino, sobre el concepto de “pueblo” en política. Nuestro “pueblo” se origina a partir del “demos” griego. Y del “demos” se daban - ya en el siglo V antes de C. - muchas interpretaciones. La palabra se reconducía de distintas formas a 1) “plethos”, es decir, al “plenum”, al cuerpo de ciudadanos en su totalidad; 2) “hoi polloi”, a los muchos; 3) “hoi pleiones”, a los más; 4) “ochlos”, a la muchedumbre. Y la noción se vuelve aún más compleja, cuando el “demos” griego se ve reconvertido en el “populus” latino, puesto que los romanos, y más el desarrollo medieval del concepto, hacen de “populus” en parte un concepto jurídico y en parte una entidad orgánica.

En definitiva ¿el pueblo es singular o plural? El término italiano “popolo”, así como el francés “peuple” y el alemán “volk”, son singulares. Nosotros decimos: “el pueblo es”. Pero en inglés “people” significa “personas” y rige el plural: en inglés se dice “el pueblo son”. Y a más a más, la Constitución inglesa no conoce ni reconoce (en términos de valor legal) ninguna entidad denominada “the people”, el pueblo.

Y, repetimos, como las palabras condicionan el pensamiento, no es fortuito que “pueblo” (en singular) se preste a ser concebido como una totalidad orgánica, como una indivisible voluntad general, mientras que “the people” indica una multiplicidad discreta, un agregado de muchos “cada uno”. El singular transmite la idea de un ente, el plural disgrega esa idea.

En la docta opinión de Sartori, el pueblo como totalidad indivisible, no es aceptable para la teoría de la democracia, tal como la entendemos hoy. El “populus” medieval no era el “volk” de los románticos. El organicismo medieval (que se extiende hasta la Revolución Francesa) era corporativo y agrupaba al individuo en nichos, que resultaban inmovilizantes, pero a la vez protectores. En cambio, el organicismo romántico es verdaderamente totalizador y disolvente: el individuo se funde en el “espíritu del pueblo”, en el “Volksgeit” o en el “Volkseele” y, realmente, se disuelve en el fluir intemporal de la historia. De ahí que la “fusión orgánica”, que lleva a concebir al pueblo como una totalidad indivisible, sea de cuño romántico; y es esta versión de la noción de “pueblo”, la que ha legitimado el totalitarismo del siglo XX. En nombre de la totalidad, y a cubierto bajo la fórmula “todos como uno solo”, todo el mundo puede ser aplastado y oprimido, de uno en uno.

Nuestras democracias permiten la disensión, porque al confiar el gobierno a la mayoría, tutelan el derecho de hacer oposición en su contra. Si podemos replicar a Rousseau, que el ciudadano no es libre sólo en el momento de votar, sino siempre, es porque él (el ciudadano) puede, en cualquier momento, pasar de la opinión de la mayoría a la de la minoría. Es en este poder “cambiar de opinión”, donde radica el ejercicio de mi libertad. Por lo tanto Lord Acton podía escribir con conocimiento de causa: “La prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el “quantum” de seguridad de que gozan la minorías”. Y otros teóricos de la democracia y el constitucionalismo, han recalcado que en las democracias, la oposición es un órgano de la soberanía popular, tan vital como el gobierno. Y que suprimir, aunque sólo sea de facto, la oposición, significa suprimir la soberanía del pueblo.

Quien se llena hoy la boca con la palabra “pueblo”, raramente suele explicar de que se trata. Cuando los griegos acuñaron “demokratía” – Herodoto fue el primero – el “demos” en cuestión, estaba constituido por los ciudadanos de la “polis”, de la pequeña ciudad, que era de verdad una comunidad, una “Gemeinschaft”. Los atenienses que se reunían en la plaza, eran menos de cinco mil, y normalmente sólo acudía la mitad. Pero el hecho es que ese “pueblo”, ha dejado de existir hace ya mucho. Con el derrumbe de las estructuras corporativas, y del orden de clases, “pueblo” designa, cada vez más, un agregado amorfo que está en las antípodas, de aquel todo orgánico que los románticos habían divinizado.

¡No sigamos anclados en el romanticismo! Así que, a todo el que a partir de ahora, vuelva a invocarme al “pueblo” sin determinar a que se refiere, le endilgaré sin misericordia este rollo.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.