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EL PERIÓDICO
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Crítica a la Paranoia


Una de las teorías conspirativas más extendidas afirma que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron favorecidos por la administración de George W. Bush, con el fin de que Estados Unidos tuviera una excusa para iniciar las guerras contra Afganistán e Irak, promover restricciones de derechos civiles en el país (Acta Patriótica) e iniciar programas de espionaje a gran escala. Una de las teorías conspirativas más extendidas afirma que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron favorecidos por la administración de George W. Bush, con el fin de que Estados Unidos tuviera una excusa para iniciar las guerras contra Afganistán e Irak, promover restricciones de derechos civiles en el país (Acta Patriótica) e iniciar programas de espionaje a gran escala.

Según un prejuicio popular, la Edad Media sería el tiempo de la superstición y el mundo en que vivimos el de la racionalidad. Hay abundantes indicios, sin embargo, que desmienten este tópico. Pese la extensión del sistema educativo y la proliferación de medios en los que informarse, las teorías conspirativas se extienden sin freno. Mucha gente está dispuesta a creer que las cosas malas que suceden en el mundo obedecen a poderes que actúan en la sombra, a las conjuras siniestras de los adversarios políticos. Este es, precisamente, uno de los rasgos comunes de este tipo de teorías: delimitan con nitidez el campo del “nosotros”, integrado por víctimas inocentes, y el terreno incierto de un “ellos” en el que unos seres siniestros conspiran sin cesar en aras de sus ilimitadas ansias de dominación. Estos individuos formarían círculos muy restringidos, pero nadie explica de donde sacan tan escasos individuos los medios coercitivos con los que imponer su voluntad y no ser derrocados por la mayoría. La cuestión de la naturaleza del poder permanece, de esta forma, al margen del estudio.

Se trata, pues, de definir al enemigo. Si no existe uno real, hay que inventarlo con tal de responder a unas necesidades vitales para el propio grupo. En palabras de Umberto tener un enemigo nos ayuda no solo a clarificar nuestra identidad, también nos permite “procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor”. La teoría de la conspiración evidencia aquí una funcionalidad de primer orden al apuntar las hipotéticas amenazas, a menudo centradas en un colectivo minoritario al que se percibe como diferente y amenazador. En la Edad Media se hacía responsables a los judíos de catástrofes como las epidemias, al suponerse que contagiaban deliberadamente la enfermedad. En la actualidad son los emigrantes, gentes de un color de piel distinto y costumbres que nos resultan ajenas, los que aparecen culpabilizados de fenómenos como la delincuencia, el desempleo, el terrorismo. De creer a determinadas voces alarmistas, Europa estaría a punto de sucumbir ante la marea islámica: gente llegada de otras latitudes actuaría a la manera de infiltrados en nuestra sociedad. Serían, en definitiva, una quinta columna.

No se trata, por supuesto, de negar las conspiraciones auténticas. Estas existen y son más frecuentes en la historia de lo que nos gustaría. Las teorías de la conspiración son otra cosa: explicaciones imaginarias de procesos complejos, en las que brillan por su ausencia las pruebas que sustenten el osado edificio que se pretende levantar. Su finalidad no es comprender la realidad sino manipular a las masas a través de un recurso tan viejo como eficiente, el miedo. Miedo a lo desconocido, a lo que no podemos controlar. La teoría de la conspiración nos permite reducir las múltiples variables que presentan los hechos a una simplicidad fácilmente comprensible. Si se trata de analizar una crisis, lo importante no son los factores estructurales sino la forma en que una determinada elite ha maquinado para llevarnos por el mal camino. Se obvia así que a los poderosos tampoco les interesan fenómenos como una recesión económica, en la que ellos sufren perdidas millonarias en un contexto de retroceso de la producción.

¿En que se diferencian estas visiones del mundo del conocimiento científico? Se basan en algún tipo de conocimiento “oculto” al contrario que la ciencia, fundamentada sobre hechos conocidos por todos. El teórico marxista John Molyneux nos recuerda también que los conspiracionistas suelen demostrar un singular doble criterio según se trate de las tesis propias o de las ajenas. A la hora de refutar versiones comúnmente admitidas se muestran hipercríticos, pero después, al proponer una teoría alternativa, la exigencia de rigor desaparece. Lo cierto es que, aunque consiguieran desmontar una explicación oficial, eso no garantizaría que la explicación de recambio poseyera un mínimo de solidez y credibilidad.

Las teorías de la conspiración se presentan con un aura de rebeldía frente a los establecido, pero en muchas ocasiones sirven para consolidar el sistema, no para destruirlo. Al centrarse en unos “amos del mundo” con facultades omnipotentes, trasmiten el mensaje implícito de que prácticamente nada es posible contra ellos. Además, como bien ha apunta Molyneux, el conspiracionismo se fundamenta en la sobrevaloración sistemática de la unidad de la clase dominante. Sus contradicciones internas simplemente no se tienen en cuenta.

Los zodiacos funestos nos advierten de conjuras encaminadas a algún fin siniestro… ¿Aportan, tal vez, alguna solución para hacer frente a tan terribles problemas? La denuncia se queda en la queja estéril, sin propuestas políticas que permitan a las masas acceder al cambio, más allá de actos de protesta que carecen de programa. Aunque puede ser aún peor si nos proponen el atajo inadmisible de culpar de todos los desastres a un colectivo concreto, como los judíos o los masones, que se convierte así en chivo expiatorio. En ese caso, es muy posible que la teoría de la conspiración deje el mundo de las ideas para entrar en la persecución e incluso el genocidio.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.