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EL PERIÓDICO
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La perversa dialéctica del supremacismo identitario


¿Por qué tendemos a hacer valer nuestras señas de identidad exhibiéndolas como superiores a otras, que presentamos como si fueran de inferior categoría y susceptibles de contaminar nuestra pureza? Ojalá esta duda fuera intempestiva y sólo tuviese referentes arrumbados en el desván de la historia. Sin embargo, se diría que muchos nacionalismos de una u otra tipología o envergadura tienden a caer en esa dialéctica.

Sentir como propio el paisaje y la lengua del terruño donde uno nace va de suyo. Hay colores, olores y sabores que asociamos a nuestra infancia. El idioma en que balbuceamos, susurramos y soñamos marca nuestro modo de pensar, porque configura nuestra manera de sentir. Lógico es por tanto enorgullecerse del pueblo, la comarca o el barrio en que vinimos al mundo y donde nos hemos criado, así como de todo cuanto nos ha cincelado emocionalmente, de nuestras raíces y nuestros árboles genealógicos.

Con todo, al igual que no elegimos a nuestra familia, pero sí a nuestros amigos, nadie puede escoger el lugar o la época donde nace. Se trata de algo fortuito y nada tenemos que ver con esos azares. Pero el caso es que luego sí podemos coleccionar diferentes lugares de adopción y hacer nuestras diversas manifestaciones culturales que han jalonado la historia universal en uno u otro momento.

De una u otra forma vamos echando raíces en lugares muy distantes y distintos del sitio que nos vio nacer. Aprendemos otras lenguas. Nos apegamos a nuevos paisajes y nos encariñamos con otras gentes. En realidad nuestra personalidad se va perfilando con el transcurso de los años y, exceptuando lo que pueda dictar un determinado contexto sociopolítico y los reveses de la fortuna, somos en buena medida responsables de las opciones que van diseñando ese mapa personal e intransferible.

A través de nuestras lecturas y aficiones compilamos narraciones que van decantando nuestro propio relato biográfico. Este se caracteriza por ser dinámico y no responder a una foto fija. Porque se compone de muchas fotografías que van engrosando nuestro álbum particular. Las fotos que tenemos o recordamos de niño se complementan con otras tomadas en la juventud y en la madurez. Se van superponiendo con el paso del tiempo, según delata nuestro semblante.

Tan imposible resulta identificar al anciano con el niño que fue, como fijar nuestra identidad en las coordenadas espaciotemporales de un comienzo. Detenernos en ese punto refleja una secuencia muy parcial del itinerario vital. Si esto vale para el individuo, se diría que sirve igualmente para las comunidades sociales. Una foto fija viene a trucar una realidad que por fortuna cambia constantemente.

Las auténticas tradiciones prevalecen sin grandes ayudas, como le ocurre a las lenguas mantenidas vivas en el seno familiar o poblacional. Sobreviven milenios a pesar de los pesares, sin ceder ante las más duras represiones, resistiéndose por el contrario a florecer artificiosamente. Las costumbres libremente cultivadas son como torrentes que no se doblegan ante los encauzamientos y desbordan los diques que pretendan detenerlos.

Muchas veces la tenaz insistencia en rebajar las cualidades ajenas para reforzar las propias lleva aparejado cierto complejo de inferioridad, que por otro lado puede ser ficticio, al derivarse de una impostura. De nuevo la misma cámara que nos retrata como individuos también aporta retratos grupales.

La polarización y el maniqueísmo suelen acompañar a este tipo de fenómenos. Los otros quedan fuera del círculo porque no merecen codearse con la especificidad tomada por más genuina, siendo indiferente lo que se defina como autóctono y aquello que se perciba como una amenaza exterior para la prosperidad y la autenticidad del clan al que se pertenece.

En esa endiablada dialéctica se suele invocar, cual fórmula mágica para explicarlo todo, el término conflicto. Esta inercia perdura incluso cuando los más jóvenes olvidan la génesis de un enquistado conflicto que siempre divide a la sociedad en dos bandos irreconciliables, cuando no se torna trágicamente sangriento, como bien saben tantas patrias. Tampoco es infrecuente que las injusticias padecidas antaño sirvan para justificar los atropellos infligidos hogaño. La gran paradoja es que quienes se declaran herederos de las víctimas de ayer acaban muchas veces pareciéndose a sus odiosos victimarios, a emular gestos y conductas tenidas por aborrecibles.

Denigrar lo diferente para enaltecer cuanto se reivindica como propio delata un inquietante supremacismo identitario. Nada puede ser menos progresista que una actitud tan autocomplaciente y escasamente respetuosa con el pluralismo. Enarbolar la insolidaria bandera de que “lo nuestro” debe primar ante todo, entendiendo por añadidura que “lo ajeno” daña el bienestar del colectivo en cuestión, ignora cuán fecunda e imprescindible es la inter-dependencia que nos define como seres humanos y de la que por suerte no cabe independizarse jamás.

Profesor de Investigación IFS-CSIC (GI TcP). Historiador de las ideas morales y políticas. Proyectos BIFISO (PIE-CSIC-CIV19-027), ON-TRUST CM (H2019-HUM5699), PAIDESOC (FFI2017-82535) y PRECARiTYLAB (PID2019-105803GB-I0), Instituto de Filosofía (IFS-CSIC).

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