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Pandemia de escarpines


Imagino que no seré la única que tiene problemas con esos elementos inventados para abrigar, embellecer o proteger nuestros pies y que de forma habitual conocemos como calcetines, sé que no solo existe mi caso. He podido comprobar cómo también les sucede a otros, sí, es algo que no atañe de forma exclusiva a los habitantes de mi casa y es que en efecto: los calcetines desaparecen solos de los hogares. ¿Por qué? He podido evidenciar, cómo viven camuflados en algunos lugares y rincones, cómo pretenden despistarnos, cómo se esconden solitarios: detrás de una puerta, debajo de las camas, debajo de los armarios, al fondo del mismo, si son azul marino tienen la costumbre de ir acompañado de una maraña de polvo a reposar en las esquinas ¡!!!!

Mojados quedan entre las gomas de lavadora, escondidos en la secadora, en los cestos de la ropa, dentro de los sofás, también pinchados en el mimbre de la ropa sucia. Al lado del water he podido encontrar alguno de color blanco que automáticamente deja de serlo…¡desesperante!, uno se plantea ¿por qué no hay manera de poder hermanar en feliz matrimonio las parejas de calcetines? Pues no señor, no. Me paso la vida comprando nuevos pares y quedan en una bolsa los viudos, los divorciados, los solitarios de por vida, a por quien jamás ni por asomo vuelve nunca su pareja a reencontrar. Luego están aquellos que quedan condenados a la soledad, a ser ermitaños.

A veces, cuando son del mismo modelo y se pierden, logro igualar y rescatar, unir, emparejar con alguno de los de la bolsa que estaban condenados y que esperan a tener una pareja, sí como un amigo, pero otras veces, la mayoría, no puede suceder y se quedan ahí como queriendo servir para algo en la vida. La viudedad viene a veces impuesta también por la muerte literal del otro es decir cuando el otro llega a lo que yo denomino calcetín tomate, que es cuando te asoma el dedo gordo del pie. En general, ese día que no te has dado cuenta de que tu calcetín tiene un roto, te lo pones y justo ese día y no otro, vas a casa de alguien o al gimnasio y tienes que exhibir los pies ante la mirada generalizada del mundo que se fija en tu tomate del pie, en el dedo que asoma ante el calcetín negro, en ese roto que se te clava y que te hace polvo la piel y la uña haciéndote casi sangre, ¡maldita sea!

La gente superior de la sociedad, políticos y demás ¿qué calcetines llevan? Me pregunto yo ¿les pican? ¿se les clavan? ¿les dan repelús? ¿se les retuercen y les amargan la vida también? o estas cosas¿ solo me pasan a mi? Claro que no. Seguro que también tienen que darles un tijeretazo al elástico para que no te haga papilla la pantorrilla. A la gente aristócrata ¿le huelen los pies? ¿le olerán al rey o habrán inventado algo especial para el jumelar de tachín real? ¿Qué pinta tiene un político, por ejemplo, cuando se queda en calcetines? Siempre me he cuestionado estas cosas y nunca he llegado prácticamente a ninguna conclusión decente, porque tampoco es cuestión de ir entrevistando a todo el mundo a cerca de o sobre el mundo de sus calcetines, no vamos a hacer un simposium. Me mirarían –como de costumbre lo hacen- con aire superior y dirían –como de costumbre lo hacen también- que estoy loca y oye, que posiblemente, sea verdad.

Es duro cuando te pones unos calcetines pequeños, (ese día te harías asesino a sueldo, con perdón) o cuando un miembro es más grande que el otro, o uno está desteñido y el otro no, estropeando el conjunto porque claro, son dos. Un día encontré uno en el congelador ¡casi me da algo! Destroza la vida cuando has pagado por ejemplo 30 euros por unos calcetines y uno de ellos ha encogido al ser lavado en agua caliente y el otro no ha encogido de igual manera. ¡qué horror! Por un lado quieres que todo el mundo se fije en tus calcetines caros de marca, pero por otro…Ese día que sales a la calle sin fijarte en el color de los mismos y te los pones rojos, o de lana y te vas cociendo enteramente. Esto me sucedió en cuanto salí de casa después del encierro del toro, soy tauro, es decir, después del primer confinamiento. Qué tendría yo ese día en la cabeza, aquí que la temperatura es cambiante porque nos hemos cargado el planeta. La verdad es que puede pasar de todo.

La costumbre –mayoritariamente masculina- de quitárselos y dejarlos abandonados a su suerte como dos pelotitas al lado de la cama esperando el amanecer, ha provocado que en más de una ocasión, me plantee desaparecer. Lo peor es que al día siguiente pueden juntarse con otras dos pelotitas y otras dos y otras, como para hacer una pandilla, un grupete revolucionario. Claro como están sucios y abandonados, están unidos en su rebelión. Luego viene una mano femenina, la mayoría de las veces que los lleva a lavar y adiós revolución. Pugna entre el separatismo o el ostracismo. Hay querencia y rebeldía.

Los calcetines son amigos o enemigos literales del ser humano, causantes de enfrentamientos entre las parejas –los recoges del suelo tu, yo no los recojo- también con los hijos: ¡recoged los calcetines del medio de la habitación!, y conllevan mucha más importancia de lo que normalmente se les concede. Yo les he puesto mascarilla por si acaso, pero no dejo de reconocer que van unidos sentimentalmente al individuo y sin embargo no hay que se sepa Museos del calcetín. También los reciclamos, hacemos marionetas con los viudos poniéndoles ojitos, hacemos huchas para guardar las moneditas sobrantes, me limpio el cutis con los que pican y están solos, los usamos para guardar objetos miles: en definitiva también son útiles.

Generalmente los calcetines nos recuerdan que somos como un escarpín, nos hablan a diario. Ellos que son un poco miserables con su olor, porque por alguna razón que no conozco, aunque te laves y te laves mucho, pues siempre tienen su olorcillo, aunque sea un poquitillo, ¡vamos que no aguantan más de unas horas sin su particular peste y dependiendo cuál lapa del zapato!. Claro eso es un espejo, no dependo del zapato, no huelo mal, quiero una rebelión y si me quedo sola, pues no pasa nada.

Ahora el mercado ha lanzado un modelo de calcetín, terrible. Por lo visto es para mujeres y claro de material acrílico como el de los pantys de antes o el de las sensuales medias. Yo en mis tiempos me molaba el liguero, ahora ni se me ocurre y claro con estos que te llegan justo hasta debajo de la rodilla, gangrenándote la pierna toda ella, que amoratada pierde todo su erotismo…pues no sé, veo que me han cercenado en mis ilusiones. Me he vuelto un poco salvaje y no llevo ni escarpines ni nada. ¿Qué he hecho? He llegado a pasar el último invierno sin calcetines, ¡sí señor! He sustituido el calcetín por la bota alta con pie y pierna desnuda, es decir olvidándome del calcetín por completo. Lo puse en práctica en el confinamiento, al principio me daba un poco de aberroncho, luego ya lo sentí normal. He de confesar que tampoco ha sido definitivo porque después no hay manera de sacar el pie de la bota pegado completamente al contrafuerte de la misma. En resumen, he tenido que volver a él, al calcetín colgón y picotoso.

¿Qué podemos decir del calcetín de deporte que lleva su marca en el lado? Si es alto, es terrible por el elástico, esto ya he dicho que vuelve a amoratar la pierna que cuando está sin depilar el espectáculo es para morir. El otro modelo para gente moderna que va al tobillo, este es algo más que insoportable. Hombres elegantes con el tobillito al aire, si los viera Luis Cernuda. Utilidad, ninguna porque que en invierno te pelas de frío, por tanto, mejor no llevar nada.

Quise probarme unos zapatos y al llevar las botas sin calcetines, muy fina yo, no había forma humana de sacarme las odiosas botas pegadas como con pegamento a la planta del pie. Ni siquiera la dependienta que me miraba como a una loca lo consiguió tirando y tirando. Al final de la vergüenza que pasé compré lo zapatos a ojo, resultado: no los puedo utilizar, me quedan pequeños, esto es todavía peor. Estas son manías nuevas del covid, que nos abre dimensiones y hermanamientos con lo material.

Cuando estamos tristes o de mal humor ¿qué hacemos? ¿lo pagamos con nuestros calcetines? ¿qué significa ponerse unos calcetines de color rosa? Como psicóloga no puedo darme una explicación que me convenza. ¿Y los días que me los pongo negros? ¿Cómo calificamos a un hombre que vestido de traje o de vaqueros con zapatos de piel –es decir no lleva zapato de deporte- lleva calcetines blancos? ¿Cuándo se debe usar calcetín blanco? ¿Y el azul purísima? Por qué podemos llegar a estar un día entero buscando calcetines por la casa sin llegar jamás a encontrarlos? ¿Porqué yo tengo varios cajones especiales para calcetines para no llegar a nada? ¡Qué felicidad intrínseca encontramos al comprar esos lotes de diez calcetines a 6 euros pensando: estaré seguro diez días con calcetines, luego estará todo perdido otra vez.

Todo esto y mucho más, tristemente no podemos encontrarlo tampoco en una buena Enciclopedia del calcetín, sin embargo, qué parte tan importante cumplen en nuestra vida. Nunca voy a tenerlos emparejados como es debido y eso me entristece. Siento que la casa y sus objetos me dominan. He aprendido este confinamiento a sentir por ellos, a vivir una vida real de confort, como los patuquitos de los bebés que igualmente pasan la noche berreando porque les dan alergia o les pican. Ya desde el nacimiento estamos con este tema a vueltas. Sin embargo, ¡cuánta indiferencia demostramos sentir por ellos con lo unidos a nuestra esencia que están!. No es justo.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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