Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Mis errores en un año de pandemia


A lo largo de esta pandemia, además de los habituales negacionistas y profetas del apocalipsis, como en tantas pestes del pasado, hay también quienes nos imparten una doctrina infalible, nunca se equivocan y siempre ven el error en el ojo ajeno y nada en el propio.

Por eso voy a intentar hacer un breve repaso de este año de pandemia, empezando por mis errores, que no han sido pocos, como balance personal y también para animarles a reconsiderar alguna de sus posturas y a siquiera admitir algún error. Convencido como estoy de que comparto aciertos y errores con la gran mayoría, seamos científicos, profesionales, políticos o legos que nos hemos visto sorprendidos por una pandemia anunciada pero que nunca habíamos acabado de creernos.

Quizá también porque nuestra atención, como países económica y tecnológicamente desarrollados, se encontraba más en las enfermedades crónicas y degenerativas, así como en las cada vez más numerosas resistencias antibióticas, que en las pandemias infecciosas que considerábamos equivocadamente de otro siglo y de otras latitudes. La paradoja es que esta pandemia ha afectado fundamentalmente al tercio de la población más desarrollada de los continentes europeo y americano, y en mucha menor medida a los continentes más empobrecidos y donde se concentran las dos terceras partes de la humanidad.

He de confesar, en primer lugar, que yo también minusvaloré la gravedad de la amenaza de la emergencia internacional y su gran velocidad de transmisión desde China, pensando que iba a ocurrir algo similar a pandemias anteriores, de transmisión y consecuencias sanitarias mucho más reducidas como el SARS o el MERS.

Me equivoqué, quizá por exceso de confianza en nuestra capacidad económica, en nuestra sanidad pública y en su desarrollo técnico y farmacológico para hacer frente a la pandemia, sin tener en cuenta los efectos que sobre ella habían provocado los recortes, en particular en la salud pública y la atención comunitaria, el personal y los equipamientos, que como consecuencia se vieron sometidos a tensión extrema y a veces desbordados por la intensidad de la pandemia.

Como también formé parte de los que nos confundimos pensando en una trasmisión limitada a la fase sintomática, como había ocurrido en anteriores pandemias, cuando después hemos sabido que ésta se produce también de manera silenciosa en asintomáticos y presintomáticos. En definitiva, un sesgo de memoria reciente muy común.

En lo que sí acerté fue al considerar totalmente insuficiente el estado de la salud pública española para responder a una pandemia letal, cuya ley marco se había retrasado treinta años y luego había sido bloqueada durante casi una década de gobiernos conservadores, sin que pandemias como la gripe A o la del Ébola nos hubieran hecho conscientes de nuesta enorme fragilidad en la materia. Algo que luego hemos visto que, si bien con menor gravedad, afecta de forma casi general a los sistemas sanitarios más tecnificados y desarrollados.

Erré por tanto, cuando defendí en world congress y los actos y las movilizaciones de la primera semana de Marzo, un retraso en que no es ninguna disculpa el haber coincidido con una buena parte de instituciones y de la ciudadanía. Entonces no funcionó uno de los eslabones fundamentales como es la alerta y la respuesta rápida ante los primeros datos de la transmisión de la zoonosis entre humanos. Con lo que sabemos hoy, al menos, deberíamos haber llamado a la prudencia o disuadido de las grandes convocatorias públicas, aunque sigo diciendo que la prohibición de actos publicos entonces hubiera sido contraproducente y posiblemente denegada por los tribunales de justicia.

Sin embargo, atiné, eso sí solo teóricamente, con respecto al norte de Italia, cuando propuse públicamente el cierre de la comunicación aérea, aunque era consciente de la dificultad de aislarla como si de una Wuhan en Europa se tratase y de eludir un acuerdo con un estado europeo con el que compartimos unión política y espacio Schengen. Después supimos que el virus ya estaba con nosotros desde mucho antes.

Aunque quizá mi mayor error fue considerar precipitada y excesivamente radical la declaración el día catorce de Marzo del estado de alarma, escudándome en la existencia de una ley general de salud pública moderna y otra de medidas especiales para epidemias, como instrumentos más que suficientes hacer frente a la pandemia. Entonces no acerté a valorar la dimensión de la primera ola ni tampoco las dificultades de cogestión de la respuesta, es un escenario de confrontación política.

Visto con distancia, creo que en lo que no me equivoqué fue cuando defendí el mantenimiento de la apertura de las escuelas durante el confinamiento. Luego, los estudios han demostrado que dichas medidas no aportaba demasiado, con respecto a la restricción de movilidad y al cierre de locales públicos donde se relajan las medidas de distanciamiento físico e higiene respiratoria, como tampoco el encierro domiciliario, pero sobre todo han alertado sobre los efectos negativos del enclaustramiento sobre la situación física, la anímica y sobre las desigualdades sociales.

Ya dentro del estado de alarma, creo que acerté manifestando mis dudas sobre la necesidad y sobre las dificultades del ministerio de sanidad para asumir el mando único de la pandemia sin experiencia previa ni recursos. Por eso quedó desbordado en los primeros procesos de contratación, en la integración de los datos epidemiológicos, pero sobre todo en la relación de jerarquía con las CCAA, algunas de las cuales vieron la oportunidad de eludir su responsabilidad y achacar cualquier problema de gestión al mando único. Aquel error ha hecho más fácil a la oposición conservadora y nacionalista acusar al gobierno primero de centralista y luego de lavarse las manos, sin ni siquiera despeinarse.

No me confundí tampoco, al considerar que el colapso de los canales de comercialización de epis y test era estructural y, que a pesar de experiencias recientes como el Ébola, ni los organismos internacionales ni Europa ni en general sus estados miembros, estábamos preparados desde el punto de vista de las reservas, los canales alternativos y de la coordinación. No sé si con los fondos europeos serenos capaces de reforzar la industria sanitaria europea.

Más tarde, aunque compartí la satisfacción del final de la primera ola, no me equivoqué cuando consideré prematura y desordenada la desescalada y también cuando critiqué de algo exagerado hablar de 'nueva normalidad' y convocar por ello al consumo y el turismo para salvar la temporada veraniega. Algo que se ha convertido casi en una costumbre al salir de cada ola y que muestra la comunicación publica como uno de los aspectos más delicados y difíciles para informar y comprometer a la ciudadanía frente a la pandemia.

Por desgracia, no me confundí cuando consideré problemático en general e imposible para algunas CCAA, el improvisar un sistema de rastreo y aislamiento de contactos en las condiciones de precariedad y desmantelamiento de la salud pública y la atención primaria que aún hoy vivimos. Tampoco con mis reservas sobre la adhesión ciudadana al rastreo digital en España y en Europa, a diferencia de la disciplina digital de los habitantes del sudeste asiático.

De lo que sigo convencido es de la pertinencia del enfoque de sindemia: de los determinantes sociales y factores de riesgo, y en consecuencia de la justeza de la crítica a la insuficiencia de las medidas sobre la movilidad en el transporte público y las carencias para los aislamientos domiciliarios y las cuatentenas en los barrios populares. Una sindemia que es compatible con una incidencia y mortalidad sustancialmente menores en Asia y África como consecuencia de factores genéticos, de inmunidad cruzada, geográficos, sociodemográficos, de movilidad, así como sociológicos y culturales, que están aún por evaluar y que estoy seguro que pueden explicar muchas cosas en esta pandemia.

Sin embargo, me equivoqué y bien que me alegro de ello, en los plazos de la investigación de las vacunas, que no podia creer y que aún hoy no puedo creer que hayan estado listas para finales de 2020. En lo que no me equivoqué, y ésto por desgracia, es con respecto al egoísmo suicida del mercado y los países ricos por acaparar la producción de vacunas por encima de sus necesidades, dejando de nuevo solo los restos a los países empobrecidos con el programa covax. Aunque aún estamos a tiempo de rectificar.

También patiné, cuando consideré que había que valorar la obligatoriedad de administración de esta vacuna, por tal y como avanzaba el rechazo y el excepticismo en la población encuestada. Ahora, que el rechazo ha disminuido radicalmente, nos encontraremos sin embargo con la necesidad de registrar quiénes se vacunan y al tiempo con los riegos discriminatorios de los carnets o pasaportes de vacunación.

Más recientemente, no me equivoqué al defender las restricciones de movilidad y aforos de las CCAA ante la segunda y la tercera olas, frente a los negacionista de un lado que defendían la inmunidad de rebaño y la prioridad de salvar la hostelería a toda costa. Un tributo que ha sido demasiado caro. También con respecto a los propagandistas del covid_cero que de otro lado creían viable, y aún lo creen, que un confinamiento domiciliario drástico y puntual sería la medida de corte idónea y más protectora frente a las olas de la pandemia y que además no modulan su posición a pesar del buen resultado de las medidas de contención en la segunda y la tercera ola, medidas que, en contra de toda evidencia, siguen tildando de parches inútiles.

Porque seguramente en mi doble condición de profesional salubrista y de político en fase de salida, lo que no creo es en el traslado automático de las medidas científicas a la política sin tener en cuenta unas mediaciones sociales y económicas complejas, ni tampoco en la copia mecánica de la estrategia de erradicación de los llamados países ejemplares que primero fueron los frugales europeos, luego Grecia y Portugal, y ya cuando todos cayeron en la segunda y tercera ola, ahora son Australia, Nueva Zelanda y los tigres asiáticos. La cuestión es por qué la mayor parte de los gobiernos de Europa y América, al margen de su color político, desarrollan en la práctica una estrategia de contención y mitigación.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.