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EL PERIÓDICO
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Catalunya, capital Weimar


La deriva aparente de la situación política en Catalunya hacia la violencia callejera ha captado la atención de públicos diversos espoleados por los medios de comunicación audiovisuales, siempre atentos a convertir cualquier suceso en espectáculo morboso de masas.

Al parecer y como en 2017 y 2019, Barcelona arde por los cuatro costados. Pero como entonces, es solo una apariencia, una imagen falsa que vehicula un mensaje torticero. Los desórdenes suceden de nuevo noche tras noche, cierto, pero solo se producen en unas pocas manzanas del Eixample barcelonés, convertidas en plató televisivo en el que se desarrolla un programa guionizado al milímetro: todo sucede en el paseo de Gràcia, en la Rambla, en la Vía Laietana y algún otro espacio central emblemático de la ciudad. En Barcelona las algaradas son muy presumidas y les gusta tener escenarios guapos y reconocibles por los telespectadores de Madrid, de Frankfurt o de Osaka. Ver una fila de contenedores ardiendo con La Pedrera como fondo es una escenografía que volvería loco a cualquier atrezzista del Hollywood clásico.

En ese plató urbano, unos pocos centenares de profesionales del terrorismo urbano “de baja intensidad” locales e importados se ganan su salario reforzados por algunos espontáneos (lumpen, negacionistas, lunáticos), como parte del despliegue de políticas diseñadas por señores de traje y corbata que residen en urbanizaciones de postín en Sant Cugat del Vallés y pasan sus días de ocio en restauradas masías del Empordà; nada que ver con la revolución social, el triunfo de la anarquía ni mucho menos con la frustración de los jóvenes sin futuro, etc. etc. Tanto es así, tan desconectada está esta revolución de pega de la realidad del país, que cada noche los residentes en los barrios barceloneses habitados por las clases trabajadoras contemplamos, amodorrados, el show incendiario en nuestros receptores de televisión mientras los únicos sonidos que llegan desde la calle son el ladrido de algún perro o el petardeo de la moto de un rapaz.

Algunas voces tertulianas llenas seguramente de santas intenciones aseguran que lo que sucede en Barcelona tiene que ver con la situación social en la que vive la ciudad, sobre todo con la que padecen los jóvenes. Catalunya tiene un paro juvenil del 27%, y eso, dicen, tenía que estallar por algún sitio. No hay futuro para los jóvenes como no sea el de incrementar las colas del hambre, y la inusitada violencia sería por tanto fruto directo de su ira, de la santa ira revolucionaria juvenil. Esta aseveración mostrenca -”vivimos una explosión juvenil contestataria”-, presente estos días en toda tertulia política que se precie, solo demuestra la profunda ignorancia de quienes la manejan como argumento explicativo recurrente.

La realidad es muy otra, como se demuestra fácilmente si nos atenemos a lo que realmente está sucediendo:

1. Lo que arde en Barcelona no es la “banlieue” (los barrios periféricos obreros) como sucede en París y sería lo lógico en el caso de que las algaradas barcelonesas tuvieran algún contenido social, sino un perímetro central perfectamente delimitado que coincide con la zona comercial y turística más aparente y conocida mundialmente de la ciudad.

2. Si realmente el 27% de los jóvenes barceloneses (o el 40% de los españoles) se sintieran llamados a incendiar y saquear la ciudad para vengar su situación personal de “riesgo de exclusión social” como dicen los exquisitos, de Barcelona ya no quedaría en este momento ni las pavesas de los incendios.

3. Ni un solo comercio de alimentación ha sido asaltado por personas necesitadas a pesar de que las colas del hambre congregan cada día a miles de familias. Y sí se han saqueado tiendas del centro de la ciudad, de las que los presuntos revolucionarios se llevan caras zapatillas deportivas de marca y lencería de lujo para señoras, por poner solo dos ejemplos del tipo de artículos substraídos.

4. Los ardientes defensores de la libertad de expresión de Pablo Hasel cóctel molotov mediante actúan perfectamente vestidos, equipados y pertrechados para la ocasión, están claramente organizados en grupos tácticos que desarrollan misiones concretas y diferentes, y tienen objetivos precisos y bien delimitados antes de comenzar “el baile”. Nada que ver por tanto con ataques improvisados llevados a cabo por multitudes desorganizadas movidas por el espontaneísmo revolucionario.

¿Qué hay detrás de este conflicto, entonces?

En una entrevista radiofónica en la SER concedida el lunes 1 de marzo, el actual conseller de Interior de la Generalitat de Catalunya responsabiliza a "las juventudes de la CUP" de los disturbios en Barcelona y singularmente, de haber intentado quemar vivo a un guardia urbano en el interior de una furgoneta policial la noche del sábado 27 de febrero. Miquel Samper, el conseller, cifra "entre 200 y 300" los miembros de la CUP que están protagonizando las algaradas barcelonesas (reforzados con profesionales italianos, franceses y de otras nacionalidades). Un problema policial mínimo, focalizado y fácilmente resoluble por tanto, si existiera voluntad política de atajarlo.

En esa misma entrevista, Samper califica como "desgobierno" la situación política existente en Catalunya. Lo dice el conseller de Interior de la Generalitat, miembro de un partido gobernante, JuntsxCat, que está negociando con la CUP (y con ERC) la formación del nuevo Govern catalán, mientras los cupistas exigen la disolución de la unidad de antidisturbios de los Mossos y la desactivación de la fuerza policial como mantenedora del orden público, lo que en la práctica significa impunidad para sus acciones callejeras de terrorismo "de baja intensidad".

Y en ello estamos. En resumen, en Catalunya, y en el marco de una negociación política entre partidos independentistas, el monopolio de la violencia en el dominio público está siendo traspasado, política y organizativamente, de la policía autonómica a las bandas organizadas de la CUP. Ese ejercicio suicida lo están haciendo partidos burgueses y de orden de toda la vida como lo son JuntsxCat, herederos de la antigua Convergència, y Esquerra Republicana, a cambio de un puñado de votos parlamentarios manchados de nazismo escuadrista callejero.

Un proceso como este a lo grande ya se dio en forma y fondo en la Alemania de los primeros años treinta, cuando las SA nazis lograron -con el impulso de las élites y la bendición de los partidos burgueses- hacerse con el control del orden público marginando a la policía luego de haber llenado las calles alemanas de violencia organizada, lo que facilitó extraordinariamente la llegada al poder del NSDAP por la vía parlamentaria, pactando precisamente con los partidos burgueses.

Desde los tiempos de la república de Weimar no se había visto nada tan demencial como lo que está sucediendo en Catalunya estos días.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).