Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Mujeres y hombres, la lucha prosigue


Muchos varones adultos le han tomado miedo escribir, pronunciarse o, simplemente, hablar sobre mujer en general y sobre el feminismo en particular. Temen salir escaldados digan lo que digan, hagan lo que hagan, piensen lo que piensen al respecto. Cuentan de antemano con una sanción negativa y adoptarán dos salidas: la primera, el silencio; la segunda, actitudes ofensivas. Un sector exiguo, denostado por los anteriores, optará por la adulación. Una y otra actitudes vienen determinadas por una ignorancia a la que conviene poner fin. Los problemas que el feminismo plantea nunca se resolverán del todo sin una actitud colaborativa o siquiera no obstructiva por parte de los hombres.

La ignorancia descrita se debe a distintos factores. Entre ellos elegiré cuatro. El primero, el desconcierto masculino sobre el ámbito y los límites del igualitarismo entre mujeres y hombres. El segundo, el despiste o el desinterés entre los grupos de temerosos e indignados a la hora de saber qué se entiende por feminismo. El tercero, las dudas sobre cuáles son -o qué debe entenderse sobre- las diferencias entre sexo y género, además de otras fronteras conceptuales percibidas en clave masculina como muy borrosas. Y el cuarto factor, quizás el que los varones menos inconscientes consideran más importante: el de un preexistente escozor por cierto complejo de culpa debido a la conciencia de la opresión histórica causada a las mujeres por el sistema de patriarcado y sus derivadas contemporáneas actualizadas.

El discurso vigente expandido por la lucha feminista durante décadas, con sus profundas raíces históricas, ha ido imponiendo laboriosamente y de manera socialmente transversal, este complejo culposo entre buena parte de los hombres, hasta consolidarse en la moral pública ya generalizado gracias a aquel combate. Nadie se atreve ahora a alardear en el bar de haber golpeado a su mujer, como cabía escuchar hasta hace apenas unos años por doquier. La cobardía se refugia ya en el hogar para perpetrar el maltrato.

Pero el actual rechazo social a tales alardes no parece haber venido acompañado por la eficacia de una didáctica necesaria y lo suficientemente comprensible para enraizar definitivamente en la conciencia colectiva y rescatar de la ignorancia y de la brutalidad a quienes permanecen sepultados en ella respecto a este cardinal asunto. Evidentemente, la incomprensión no es responsabilidad de las mujeres, que sufren sus efectos, sino de los hombres. Sin embargo, todo ignorante precisa de ayuda exterior para salir del agujero donde suele hallarse, siempre y cuando tenga conciencia y voluntad para abandonarlo. De la corrección de quienes ejercen la brutalidad deberán encargarse las autoridades, con el apoyo de la denuncia ciudadana.

El anhelo igualitario

Veamos el primero factor. Frente al patriarcado que aflora de numerosas creencias con base teológica, el igualitarismo ha sido a lo largo de la Historia un anhelo permanente, que hallaba su eco en la cultura en sus diversas manifestaciones, entre otras, la Ética o la Ideología. El discurso igualitario prendió con distinta intensidad y con desigual aplicación práctica, en el cristianismo primitivo, en el humanismo, el socialismo, el comunismo o el ecologismo y, desde luego, en el feminismo, entre muchos otros escenarios, vivencias y saberes de la vida social. Por el contrario, la desigualdad ha cristalizado en manifestaciones distintas, como en el feudalismo, el capitalismo, el ultraliberalismo, en todas las formas de elitismo y de clasismo. Y, señaladamente y por extensión, ha la desigualdad ha generado una patrimonialización del poder a manos de los hombres.

Quizá, de los múltiples flecos que la desigualdad presenta, el más afilado e hiriente acostumbra ser la exclusión de las mujeres del poder. No solo del poder político y social, sino, además, del poder de generalizar, de acceder a los lenguajes generalizantes de la Ciencia, del Arte, la Filosofía, la Música, la Religión, el Pensamiento; la Cultura en general….

Una sutil división cultural del trabajo, subrepticia pero implacable, basada en la fuerza dominante de los hombres, ha ido intentando históricamente alejar a las mujeres de la posibilidad de aplicar los métodos deductivos –que van de lo general a lo particular, de lo abstracto a lo concreto- para impedirles aproximarse a la realidad por estas vías, que quedaron en manos de los hombres, estos siempre con acceso exclusivo a los lenguajes de poder.

A las mujeres se les asignaba el cometido de no sobrepasar nunca los límites de los métodos inductivos, los que van de lo concreto a la abstracción, de lo particular a lo general, para retenerlas siempre en el primer estadio, es decir, el de la inmediatez, lo cercano, lo sensitivo…lo que la concepción patriarcal del mundo considera -aún hoy- irrelevante. Conviene establecer que la principal causa que enturbia la cuestión de la igualdad, en todas sus manifestaciones, es cuando se confunde su concepto con el de uniformidad. Pueden parecer afines pero en situaciones como ésta, suelen ser contradictorios. Lo igual no implica lo uniforme. Igualdad entre hombres y mujeres no puede significar uniformidad ni biológica, ni genérica, ni psicológica, porque estas formas de uniformidad resultan, evidentemente, imposibles. Otra cosa es en la escena social, económica o jurídica, donde la igualdad no solo es, sino que debe y puede ser, posible. Pero, en muchas ocasiones, lo igual y lo uniforme son antagónicos. Los fracasos de los experimentos igualitarios tienen históricamente su origen en esta grave confusión.

Percepción ofensiva del feminismo

En cuanto a la definición de feminismo, muchos hombres interpretan todavía su mero enunciado como una corriente de pensamiento -y de acción- directamente ofensiva contra el género masculino en su conjunto; implicaría una especie de satanización de todo aquello que tiene relación con el/los hombre/s, sin admitir la existencia de conductas y comportamientos no reprobables. Esta falsa percepción genera un fatalismo masculino que despliega el silencio al que nos referíamos antes o bien, ceba la agresividad de los violentos. El feminismo es un movimiento organizado y con conciencia propia, cuyo fin primordial consiste en conseguir para las mujeres la igualdad de derechos respecto de los hombres, el mismo acceso al poder, la misma visibilidad y responsabilidad sociales, así como condiciones de vida semejantes, entre otras metas.

El tercer factor de la ignorancia, relativo a las definiciones, distinciones o sintonías entre los conceptos de sexo y género –biológico el uno, cultural el otro-, desbordan la capacidad intelectiva de muchos hombres. Sobre todo, los de aquellos embrutecidos por extenuantes horarios de trabajo; también la brutalidad puede proceder de la molicie de veladas en torno a la barra de un bar o bien a consecuencia de tantas horas perdidas y silenciosas ante la pantalla de un televisor, donde, al igual que en los otros medios, desde los púlpitos, las mezquitas o las sinagogas, se verifica la reproducción ampliada de los valores patriarcales dominantes, mediante el lenguaje exclusivo, el que margina, degrada, invisibiliza y aparta a la mujer de la vida social... En las mentes de muchos, demasiados hombres, la existencia de una otreidad resulta impensable.

Culpa, deuda e introspección

En cuarta posición figura la conciencia de culpa. Es preciso recordar que en idioma alemán, las palabras culpa y deuda se definen de la misma manera: schuld. Cabe generalizar y establecer que bajo el complejo de culpa de muchos varones a propósito de las mujeres se esconde el sentimiento de una deuda generalmente impagada. Tal percepción de deuda no solo obedece a las múltiples manifestaciones del maltrato históricamente dado por el hombre a la mujer en el hogar, en las instituciones y en la vida social, sino que hunde sus raíces en una evidencia biológica: todo hombre debe su vida a una mujer. Y muchos hombres llegan a la conclusión de que no pueden pagar el supuesto precio de tal deuda, lo cual les convierte en morosos perpetuos. Y la mujer, ante ellos, individualizada en la madre o genéricamente respecto de todas las mujeres, adopta la condición del cobrador del frac, quien ha de cobrarse tal impago.

Aquí, según el autor de este artículo, despunta uno de los vectores más profundos e inextricables, apenas tratados, donde se origina, junto con otras dimensiones mucho más conocidas, esa lacra que se cobra cada año centenares de vidas y daña miles de mentes: el maltrato, con todas sus variantes. En su origen se encuentra lo siguiente. La vida humana no tiene precio. Es simplemente un don. Durante la infancia, el lazo que une al niño con la madre es generalmente prieto, necesariamente fuerte, estrecho; y se va deslazando paulatinamente cuando sobreviene la adolescencia. Surge ahí una encrucijada verdaderamente decisiva y vital: la de la necesaria rotura simbólica del cordón umbilical del niño con la madre, condición sine qua non que determinará la capacidad de amarla a ella y la de amar libremente a la mujer. Si este proceso de rotura simbólica del cordón umbilical del adolescente respecto de la madre no se consuma y permanece la dependencia y sumisión infantil hacia ella en la edad juvenil o adulta, la conciencia de deuda, de culpa, de impago de ese precio inexistente de la vida, puede generar en determinadas personalidades psicológicamente vulnerables conductas desviadas, algunas de las cuales devienen en criminales. “Como no te puedo pagar la deuda, te mato”, sería la fórmula que las resume.

Evidentemente, los efectos de la opresión contra las mujeres tienen principio pero parecen no tener fin: violencia física -36.511 condenas por violencia machista en España en el año 2019-; explotación -las mujeres suelen ganar hasta cinco veces menos retribuciones que los varones-; marginación del poder y del pensamiento -escasean las mujeres en los rangos directivos de compañías, instituciones oficiales y privadas; invisibilidad social; asignación gratuita de las tareas más arduas, desde cuidados médicos hasta responsabilidad única sobre la prole; formas innúmeras de injusticia y de discriminación… todo ello lleva a asociar el concepto de mujer al de pobreza: pobreza económica, social, política, existencial, pobreza total en buena parte del mundo. En definitiva, subsidiariedad. Aquende nuestras fronteras un botón de muestra: solo tres mujeres, entre 60 hombres, forman parte de las directivas de las empresas del IBEX. No hay mujeres en las jerarquías religiosas; apenas figuran en las planas mayores de la Ciencia, las Academias, los Ejércitos, los departamentos tecnológicos….ni siquiera se contemplaba la existencia de mujeres entre los mejores profesionales del ajedrez…Tales son algunos de los efectos resultantes de tantos procesos opresivos.

Puertas adentro de la pareja

Pero, respecto de las causas, ¿se ha indagado suficientemente en su origen? Veamos lo que acontece intramuros de la pareja. Se sabe que muchos problemas de pareja proceden del deterioro de relaciones internas; de los celos, incluso profesionales, señaladamente masculinos; de las distintas formas de desajuste en la evolución personal; de la insatisfacción sexual; también del egoísmo; de toda la panoplia de formas de desamor; de la infidelidad…pero muy pocos se han detenido a pensar en qué es lo que declina en la vida de una pareja para que la toxicidad se instale en la mente del varón, lo convierta en maltratador y le lleve a agredir criminalmente a su pareja.

Cabe proponer que la incomunicación, como forma suprema y potencialmente violenta de incomprensión entre los seres humanos, se encuentra en el núcleo del maltrato. Evidentemente, no toda anomalía en la vida de la pareja degenera en maltrato; pero el maltrato violento y los abusos sexuales constituyen la expresión más evidente y extrema de los instrumentos que moviliza el patriarcado para imponer sobre las mujeres el dominio de los hombres.

No podemos seguir contando cadáveres de mujeres muertas a manos de sus parejas: 1076 desde 2003 hasta diciembre de 2020. No debemos limitarnos a constatar tan solo los efectos de tan cruel inercia y a “naturalizarla” como una fatalidad insuperable, sino, más bien, es preciso definir y atajar las causas donde se ubica su criminal trayectoria: es sensato pensar que en la redistribución de la riqueza y del poder, del trabajo y de la responsabilidad, de la justicia y visibilidad sociales, todo ello con un baremo de equidad entre mujeres y hombres, se halla la llave que abre la puerta a la solución de tan gravísimo y aparentemente, solo aparentemente, interminable drama.

Una sugerencia: no cabe olvidar que la mayor parte de los conflictos sociales, por extensión, conflictos políticos, como el que aquí abordamos, tienen un sentido vertical entre poderosos y desposeídos y que en las filas de los desheredados figuran asimismo muchos hombres, algunos de ellos dispuestos a pelear codo con codo con las mujeres por un mundo más justo y solidario. Hay ya muchos jóvenes varones que lo están demostrando con su ejemplo. Además, muchas categorías acuñadas por el pensamiento político y psicosocial, desde el concepto de clase, al de relaciones de fuerza, alienación o de toma de conciencia, convenientemente desprovistos de sus perfiles machistas, pueden seguir siendo útiles para avanzar, unid@s, en la senda hacia la emancipación.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.