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La democracia entre lobos y vampiros


Como en la serie “Crepúsculo”, manadas de lobos y vampiros asedian la democracia. Aullidos viscerales y corrompidos acechan a este sistema, el mejor de los posibles. Se vuelve imperativo su fortalecimiento.

La democracia nació como consecuencia política de la Ilustración. Mentes libres de tutelas que amaestraban, la concibieron para extender la emancipación ilustrada de cada ser humano y del conjunto de la sociedad, y acuñaron el concepto de humanidad para englobar derechos y deberes, singularidad de la persona y compromiso, libertad, igualdad y fraternidad. Hoy, una ola populista, de derechas más que de izquierdas, y un fenómeno de corrupción interna del sistema, producen inestabilidad y desafección.

Si repasamos el pensamiento de John Rawls, de quien se cumplen cien años de su nacimiento y cincuenta de su obra cumbre “Teoría de la justicia”, le vemos retrotraerse hasta Kant y su concepto de humanidad que ve formada por “aquellas de nuestras facultades y capacidades que nos caracterizan como personas razonables y racionales que pertenecen al mundo natural”.

Preciosa síntesis donde la razonabilidad o capacidad de dar verosimilitud a nuestra capacidad de razonar no está separada de la razón, y ambas responsablemente vinculadas al mundo natural.

Sin embargo, esa vinculación kantiana se ha quebrado, y la capacidad que nos otorga la razón se alza para defender intereses contrarios a la propia razón como característica común; la parte se levanta contra el todo; la libertad que proporciona la razón se usa contra la igualdad y la fraternidad; la capacidad de acción agrede a la naturaleza, y el sistema político que entraña razón y verosimilitud es asediado y tomado al asalto por un nuevo vasallaje al dinero para crear un nuevo feudalismo. Rememorando a Popper, los enemigos se infiltran en la sociedad abierta. ¿Cómo es posible que ese elitismo apropiativo se haga popular?

Llegó a mis manos un ejemplar de “Diálogo político”, que en abril de 2019 sacó a la luz “Konrad Adenauer Stiftung”, donde diferentes autores analizan el fenómeno del extremismo político. Tomo de ese ejemplar, recomendable y accesible en Internet, dos de sus trabajos como fuentes de reflexión: el que dedica el politólogo Alejandro Guedes a considerar “La nueva derecha: radical y populista”, y las consideraciones que hace Carlos Castillo sobre la necesidad de “Renovar el centro político, transformar la democracia”.

Que por tratarse de un sistema integrador y abierto, creador de libertades responsables, se hace vulnerable a la democracia, pero en ello precisamente reside su fortaleza, está fuera de toda duda. Experiencia y estudios no faltan. Que la justicia económica y el desarrollo científico y técnico es su palanca para el progreso también lo es. Que la política como ciencia y práctica para la convivencia en paz, justicia y bienestar, es capaz de alcanzar consensos al servicio del bien común, le es inherente.

Sin embargo, ya en la introducción al trabajo que he mencionado, Manfred Steffen señala la existencia de una quiebra. Una sima se abre. Los extremos agreden entre sí y abducen al centro. Los antisistema arremeten, con violencia física y verbal, sin propuesta alguna, con inteligentes y planificados estallidos de rabia allí donde ven oportunidad de infiltración. Los populistas escalan el poder practicando una violencia sibilina, “garras fieras en pulidas manos” que dijera Machado, y no sólo patean desde la grada, sino que toman al asalto el escenario político.

Recoge Manfred Steffen el pasmo que semejante irrupción produce: “¿Por qué tantos ciudadanos optan por los extremos? ¿Se están muriendo las democracias? ¿Se extinguen los partidos políticos en que se apoyan? ¿Se termina la confianza en el progreso basado en el desarrollo? […] El comienzo del siglo XXI está signado por la incertidumbre […]. Por otro lado, los partidos políticos son desafiados por movimientos surgidos a partir de ciudadanos disconformes y líderes carismáticos”. Cerremos comillas.

El sistema institucional, propio de sociedades complejas, es erosionado y tomado al asalto por estos voceros de la superficialidad. Las soluciones dadas por las instituciones, productoras de estabilidad, pero sujetas a la burocracia, y el lógico retardamiento que conlleva la toma de decisiones consensuadas, son sustituidas por la inmediatez que facilita un contacto directo entre el líder demagógico y sus seguidores fanatizados. Sus mensajes contienen una fuerte carga emocional y poca lógica, proponen soluciones fáciles a temas complejos, y son dadas a la contradicción o a la ciega embestida de buldócer. Los casos Trump y Bolsonaro son aquí paradigmáticos.

Tales conductas políticas producen una doble reacción: el fanatismo movilizador y la desafección política. La crispación y la corrupción seducen y espantan. Decrece la conciencia participativa, al tiempo que crece el voto al extremismo. He aquí un cuadro, tomado de ese trabajo, que muestra el crecimiento de la derecha populista en cuatro sucesivas elecciones, aunque sin mencionar a España.

Si se observa, sólo en Noruega y Reino Unido desciende la presión populista de derechas, y en este último se produce un brusco descenso después de haber llevado a Johnson al poder y asegurado el brexit, lo cual supone una muestra de la incentivación calenturienta que incluyó la práctica de las noticias falsas. ¿Quién no recuerda la portada del periódico amarillista “The Sun” y su explosiva portada: “Queen backs Brexit” (La reina apoya el brexit), calificándola de “exclusive” bajo fotografía de la reina, portada que tuvo que ser desmentida por Buckingham Palace?. Les confieso que el hecho de que se deje ver un incremento en Suecia y el Suiza supone para mí una desagradable sorpresa. No lo es que en los EE.UU. se produzca su fenómeno QAnon bajo el impulso de Trump, ni que Brasil sufra el estado alucinatorio de Bolsonaro, bendecido por pastores pentecostales.

Cuando esa derecha ultra, radical y populista, llega al poder, lo practica con impunidad irracional, conforme a la mentalidad de sus seguidores, con un talante chulesco y provocador, el mismo que exhibe cuando está en la oposición. Por tanto, no se trata sólo de que crispe los procesos electorales provocando el seguidismo de los propios y el absentismo general, es que hace de esa conducta incívica su estilo de hacer política, cuando gana y cuando pierde.

En el trabajo arriba mencionado, Alejandro Guedes y Carlos Castillo nos ofrecen la cara y la cruz, la actualidad y la necesidad que suscita. La cara la da esa nueva derecha, radical y populista. Steve Bannon, mano derecha de Trump, asesor de Bolsonaro y promotor de la revolución populista, entrevistado en “El Tiempo” por Axel Kaiser el 17/11/2018, decía que el mundo tenía que elegir entre dos populismos, de derecha o de izquierda; lo definía como revuelta contra las élites globalistas, y cifraba la política de Trump como nacionalismo económico, seguridad nacional, y desmantelamiento del estado administrativo y burocrático.

En tales sistemas predomina la endogamia que se mira el ombligo, los demás son enemigos, su seguridad es prioritaria frente a la libertad que pregonan, el sistema organizativo, sujeto a una ética funcional, cede ante las relaciones populistas directas entre el jefe y sus acólitos. Reiteremos: cuando tales condiciones se cumplen, y el líder adquiere vínculos directos con la masa, se rompe la organización interna de un estado democrático y el papel de mediación estable y saludable que le otorgan sus instituciones. Sólo queda la relación directa del líder carismático con la facción del pueblo convertido en masa que brinda culto a su personalidad, establecido a través de las redes sociales, al margen de la función crítica de los profesionales de la comunicación. Resulta evidente que, si la corrupción o la inoperancia intoxican el valor y la función de las instituciones, y los medios de comunicación dejan de ser notarios de la realidad al servicio del bien común y de la conciencia social, el terreno queda abonado para la emergencia de populismos y dictadores; en esa situación, la seguridad nacional, que es producto de la cohesión social, es sustituida por el autoritarismo del líder carismático, y el nacionalismo económico se adentra en el terreno de la insolidaridad donde las élites económicas reemplazan a las denostadas élites políticas.

En semejante circunstancia, la polarización ideológica y social, la política vocinglera, la dialéctica amigo-enemigo, y el auge de la radicalidad, sustituyen el ejercicio de la política como capacidad de las partes para alcanzar acuerdos razonables al servicio del bien común. Ante ese abismo, se levanta el trabajo de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt titulado “Cómo mueren las democracias”, publicado en castellano por Ariel en 2018, un trabajo que comienza con esta frase: “En 2016, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, un hombre sin experiencia alguna en la función pública, con escaso compromiso apreciable con los derechos constitucionales y tendencias autocráticas evidentes fue elegido presidente”. ¡Qué inmenso disparate!

Trump fue elegido, y sigue recibiendo apoyo como familia de intereses de racismos irredentos, filonazis, grupos religiosos fanáticos, nacionalismos, antisistemas, y aquellos otros que apoyan radicalismos de derecha por temor a que los cambios sociales amenacen sus privilegios personales, aunque los Estados Unidos sean perjudicados por ello.

“Mutatis mutandis”, en España la ultraderecha muerde a la que juzgan “derechita cobarde”, y ésta se desplaza hacia su derecha para no perder votos, como quien entrega al tajo su propia cabeza, en tanto que el autocalificado liberalismo de centro se pega a la derecha para no perder pie perdiéndolo del todo.

Si la derecha española y el liberalismo, ambos necesarios para el equilibrio político, pierden su espacio natural, es de pero grullo que su giro a la derecha dejará vacío el espacio político que les corresponde, y no será llenado sino por la ultraderecha que les fagocita por el centro por la social democracia. Llevados por el resentimiento de haber perdido una moción de censura, por la amenaza que se les cierne en los Tribunales su pasado de corrupción, y el miedo a que la ultraderecha les coma votos, puede producir una implosión en ese su espacio político que venimos señalando. Su deriva producirá en parte de sus votantes un fenómeno de abstención, caladero de votos para la emergente derecha populista extrema, pero con la salvedad de que sólo de una parte mínima será representativa.

Ante ese posible escenario, será preciso levantar un cinturón sanitario en torno suyo para poner coto a la confrontación social de las minorías, porque en la izquierda también hay minorías populistas. En España, el colchón de votos que ambos extremos tienen es minoritario. Por la izquierda lo tapona el PSOE, pero por la derecha todo es entreguismo perdedor. La derecha sociológica extrema es minoritaria, al igual que la izquierda sociológica extrema. La desconfianza frente al “establishment” político no alcanza en España los niveles de otros países, aunque sí la desafección política.

¿Corremos peligro de polarización política? Sí, si el régimen autonómico de que goza Cataluña rechaza la propuesta democrática de diálogo y reencuentro, porque eso daría alas a la ultraderecha nacional, y si los socios de gobierno acentuaran su populismo de izquierdas. Por lo tanto, si el PSOE debe mantener con buen tino su posicionamiento de centro-izquierda democrático, el Partido Popular debe recuperar su espacio político de centro derecha, más allá de histrionismos de salón que le desmerecen. El populismo no sienta bien a ninguno de los dos.

Hay una frase de Hegel que debe ser puesta en primer plano: “La vida ética es el concepto de la libertad que ha devenido mundo existente y naturaleza de la autoconsciencia”. La ética personal también pertenece al político que tiene que dar ejemplo, y no digamos a instituciones superiores; la ética social y la ética política son una, y producen mundo y autoconciencia en libertad, que lo es de pertenencia y de participación en la construcción del bien común. Pero, aunque la derecha española pretenda pasar página de las que están emborronadas por corrupción, no pueden ser ninguneados como “cosas del pasado”, porque el pasado sigue siendo de actualidad informativa que produce conciencia colectiva. Se usó de la “potestas” perdiendo en ello la “autoritas”, y recuperarla lleva tiempo. Mas les valiera volver a ocupar su espacio propio, y recuperar autoridad moral, prescindiendo de demagogias, histrionismos y postureos, aún al precio de verse desbordados por una ultraderecha que sin pactos que la apoyen se consumiría en sí misma porque carece de colchón sociológico, que persistir en una deriva que lleva a la insignificancia.

Todo populismo carece de cabeza. Encierra jerarquía, culto a la personalidad, conexión directa, desprecio de las instituciones, deificación del líder, dogmatismo intransigente de la parte y desprecio al diferente. En semejantes círculos, se desprecia la capacidad crítica de la cultura y se embrutece el clima social. Si el populismo ocupa el centro dominante contra la capacidad de entendimiento democrático al que pretende dejar sin función, las vísceras sustituyen al cerebro. Se vuelve inhábil para gestionar la democracia como sistema integrador de las diferencias.

Por el contrario, sin renunciar jamás a lo propio y distintivo y a la propia escala de valores, el centro practica la ética comunicacional y procedimental, el diálogo sin imposiciones, el reconocimiento del otro, y no sólo su representatividad sino su complementariedad. El centro practica la razonabilidad en el análisis objetivo de la realidad desde su parte, ajeno a la visceralidad, su ejercicio racional produce verosimilitud en la exposición de los argumentos; la interlocución es comprensiva; la oposición razonada; la estrategia constructiva; la subsidiaridad en suma.

En medio de una crisis multifuncional, de ámbito global, puede crecer la irracionalidad y las soluciones fáciles a cuestiones complejas que movilicen emociones más que neuronas. Es “la hora del lobo” que dijo Bergmann, en tanto que aquellos que debían ejercer ejemplarmente el poder que se les dio, lo usaron para corromper el sistema. Lobos en manada, y chupasangres que lo debilitan, acechan. La moderación racional desde la izquierda es el “lugar de la batalla”.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.