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EL PERIÓDICO
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Prudencia gubernamental, audacia electoral


Dos virtudes contradictorias definen el buen quehacer político: la prudencia y la audacia. La una mide la acción y refrena la pasión; la otra, proyecta la pasión sobre la acción. En determinadas coyunturas políticas, su contradicción exige que sea sustituida por una alternancia acompasada de ambas. Tal es, quizá, la receta idónea para guiarse hoy, desde la izquierda, en la compleja situación que se vive puertas adentro del perímetro de la M-30 de Madrid que, por cierto, no es el de toda la piel de toro.

Prudencia y audacia hoy no suman cero, sino que ahora suman dos. Dos vectores necesarios para materializar una política urgente que, en Madrid, debe poner freno a la corrupta frivolidad de quienes desde una supuesta derecha, que se dice “constitucional”, no tienen reparo en adherirse a un neofascismo de cara lavada: el mismo que humilla a las mujeres, odia a los desposeídos a los que culpa de su infortunio y pugna abiertamente por regresar al horror de la involución preconstitucional desmontando derechos humanos y libertades democráticas que tanto esfuerzo costó adquirir.

Veamos a qué obedece, aquí y ahora, la necesidad de la juntura integrada de dos de las principales virtudes políticas para atajar la deriva irracional de la cúpula de la derecha en Madrid. La actividad de la clase política en España, que adopta la forma de red, ha adquirido una densidad tal que un pequeño cambio en un extremo de la malla puede originar un vendaval en el quicio opuesto. Eso es lo que ha sucedido: una moción de censura contra el corrupto Partido Popular de Murcia, moción promovida por Ciudadanos y secundada por el PSOE, ha llevado a Miguel Ángel Rodríguez y Enrique López, los dos titiriteros que mueven la marioneta del gobierno regional madrileño, a su poupée fatal, como la denomina la Prensa provincial francesa, a disolver la Asamblea de Madrid y a convocar elecciones al Gobierno autonómico.

Casado, puenteado

Con tal decisión, ella ha puenteado a Pablo Casado, dirigente a la baja del PP, también a su escudero, el lanzador de aceitunas Egea; saben que pronto se lanzará contra ellos para desplazarlos, si antes no le cortan las alas; sin darse o dándose perfecta cuenta de ello, ella se ha echado en brazos de Vox, que no puede eludir un profundo disgusto. Su presencia en los aledaños del partido “patriota” hispano-español -teledirigido por Steve Banon, asesor del majadero y golpista Donald Trump-, resulta enormemente incómoda para su dirección ultramontana si no se transforma en inmediata adhesión de la marioneta a su dictado. No está Vox para seguir actuando de palanganero de un PP en caída libre. La osadía del títere tiene, pues, fecha de caducidad. Más pronto que tarde le va a pasar factura y el golpe de efecto que, desde luego, consiguió en un principio, se volverá pronto contra su rostro.

Biografías

Pero con lo que no contaba la mujer de los ojos pasmados, curriculum vitae cuasi inexistente y el verbo ininteligible, es con la bajada a la arena electoral madrileña de Pablo Iglesias (Madrid, 1978). Licenciado en Derecho, premio extraordinario en la licenciatura en Políticas y Doctor cum laude en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense, que completó estudios en Cambridge, es hoy profesor honorario de su alma mater. Exparlamentario europeo y diputado en el Congreso en cuatro legislaturas, con amplia experiencia en los medios y contactos internacionales, accedió a la Vicepresidencia segunda del Gobierno en enero de 2020 en el primer Gabinete de Pedro Sánchez Castejón.

El actual Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez (Madrid, 1972), es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por el Real Centro Universitario María Cristina de San Lorenzo de El Escorial, así como Doctor en Economía y Empresa por la Universidad Camilo José Cela. Debutó en política como concejal del Ayuntamiento de Madrid, para ser posteriormente diputado en tres legislaturas. Secretario General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) desde 2017, ya había desempeñado esta responsabilidad entre 2014 y 2016. Tras ser desprovisto de su cargo en la dirección socialista y en un proceso inédito de resurrección política en la escena española, Pedro Sánchez recompuso su posición y, tras adoptar una recuperación del pulso social de la centenaria formación política, se alzó de nuevo con el liderazgo del partido de los socialistas frente a una vieja guardia del PSOE signada por actitudes consideradas claudicantes frente a la derecha y al capitalismo financiero que, de la mano del PP, devastó el tejido económico, empresarial e industrial del país con sus cíclicas y sempiternas crisis.

De la cohabitación a la coexistencia

Pablo Iglesias, co-protagonista con Pedro Sánchez del primer Gobierno de coalición de la democracia, ha compartido con el líder socialista una cohabitación política durante estos 14 meses que ha dado paso, hoy, a una coexistencia que parece más llevadera para ambos. Mientras Pedro Sánchez ha dirigido el Gobierno guiado por una evidente templanza –la magnitud de las asechanzas de sus enemigos, frontales y de retaguardia, mediáticos y fácticos, no ha cesado desde el minuto cero de su investidura-, Pablo Iglesias, afrontando un ataque sistemático de esos mismos poderes, que incluso han llegado hasta el acoso personal en su domicilio- ha asumido posiciones reivindicadoras del programa de máximos sociales que su formación, y también la franja progresista del PSOE, pactaron y preconizan.

Sánchez ha optado por la defensa de la legalidad institucional mientras Iglesias, en su celo por la agenda social, procuraba más legitimidad social al Gobierno coaligado. El tándem, más la división funcional de tareas que como tal implicaba, para ser el primero de un Gobierno de coalición de izquierda, ha funcionado de manera adecuada y eficiente. La protección social decidida por ambos ha blindado a millones de trabajador@s y el respeto mostrado hacia la población, así como la sensatez de las políticas de urgencia emprendidas en un contexto totalmente adverso, con la acreditación española ante Europa y sus fondos en espera, han mostrado un balance satisfactorio. Y todo ello en medio del fuego graneado de una serie ininterrumpida de ofensivas políticas y mediáticas irresponsables, y golpistas, protagonizadas por dirigentes de la derecha desnortada al errático mando de un petimetre criado a los pechos del antipático que puso los pies sobre la mesa cuando sus compañeros de timba decidían la muerte de decenas de miles de iraquíes…El mismo que frente a la información contrastada ya, mantuvo por mezquinas miras electorales la falacia de que era ETA la causante de la matanza yihadista de los trenes en el dolorido Madrid de 2004.

La crisis suscitada por la conducta del rey emérito y su impacto sobre la institución monárquica; más la arriscada actitud de la judicatura que sentencia erráticamente en todas direcciones, administra como le viene en gana la Razón de Estado y se blinda a la transformación de su Consejo General por un imperativo legal que descaradamente contraviene; más los devaneos del nacionalismo independentista catalán, donde la racionalidad parece haber dado paso a una sentimentalidad sin otro futuro que la emocionalidad, tan cara y útil para la furia de sus propios adversarios… Son tres de los enormes retos que este Gobierno coaligado ha tenido que encarar y ha encarado, con actitudes que han puesto de manifiesto la pluralidad que toda coalición muestra, ante asuntos de calado estatal que requieren para su solvencia tiempo, prudencia y, en su día, también audacia. Pero, sobre todo, las dificultades principales estriban en una escena política donde el bipartidismo, no muerto aún del todo, no ha dado paso pleno a un multipartidismo que se abre paso muy trabajosamente en la arena española, a falta de una cultura política nueva y propia de la pluralidad.

Nadie quiere pensar, siquiera, en el alcance que hubieran adquirido los efectos de la pandemia del Covid 19 si en España, en vez del actual Gobierno, hubiera habido en su lugar un Gobierno de derecha: causa espanto imaginarlos tras confirmar la trayectoria de todas las elecciones trucadas mediante las prácticas corruptas inducidas desde del Partido Popular: Naseiro-Lapuerta-Bárcenas-Rato-Acebes-Cascos-Rajoy-Fernández Díaz-Aguirre-Cifuentes-… más los 900 cargos políticos imputados del PP, definido por los tribunales como “organización criminal”.

En la fétida estela de tanta corrupción y de tamaña irresponsabilidad antidemocrática, surgieron las privatizaciones de facto de la Sanidad pública madrileña en plena pandemia con una frivolidad desvergonzada a la que –por lo que revela en sus declaraciones- parece preocuparle más el bolsillo de los taberneros que la vida y la salud de sus conciudadanos, muchos de los cuales murieron abandonados en las residencias de mayores privatizadas por sus predecesores, tras 26 años de gobiernos regionales madrileños por la derecha, con Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes como luminarias, surgidas en cercanos contextos corruptos de los que, dicen, no estaban informadas.

Ante tantos desmanes y frente a la superficialidad de quienes anteponen su medro personal contra los intereses mayoritarios y convocan elecciones regionales en plena pandemia, Pablo Iglesias, movido por una pulsión antifascistas muy arraigada –según reconoce-, y también por legítimas geometrías electorales, deja la Vicepresidencia del Gobierno y se aviene a competir con esa rara mujer que parece movida por meros caprichos y lejos de cualquier racionalidad, con un saldo atroz de precariedad e inseguridad para l@s madrileños. Tan descabellada es que incluso promueve bajadas de impuestos a los ricos, precisamente ahora, con la que está cayendo sobre trabajador@s y parados, tod@s ell@s empobrecidos más aún por la impolítica de aquella.

No cabe duda que el movimiento emprendido por Iglesias es un gambito arriesgado, pero va precedido por un gesto de evidente valentía que sintoniza, pese a sus distinciones, con el asumido por Pedro Sánchez cuando enfrentó su defenestración de la cúpula socialista con tenacidad, paciencia y visión estratégica. Y los gestos, cuando son sinceros, encuentran en la gente un reconocimiento. Ahora corresponde vertebrar un buen pacto de izquierdas -que se prevé sin duda alguna bien difícil-, pero que, con uno u otro rostros, puede ser capaz de cortar el paso a tanta adversidad como la que tan desgraciadamente, la escisión de Podemos en Madrid, protagonizada entonces por Manuela Carmena e Íñigo Errejón, causó a los intereses de la mayoría social madrileña. Aquella escisión, que hoy puede ser enmendada, facilitó el acceso de la derecha más frívola e irresponsable al Gobierno regional madrileños y determinó también la pérdida para la izquierda del Ayuntamiento madrileño.

Una versión nueva y distinta

Frente a quienes quieren ver en la salida de Pablo Iglesias del Gobierno un desgarro, incluso personal, con Pedro Sánchez, cabe ofrecer una versión bien distinta: dos personalidades políticas inteligentes como lo son ambos, independientemente de las asintonías ideológicas que les singularizan, saben que la prudencia gubernamental del Presidente y la audacia electoral del ex Vicepresidente, combinadas ambas, son los dos segmentos principales de una misma línea que puede llevar, si se ajustan con tino, a la consolidación de políticas progresistas, de protección, seguridad y confianza para un pueblo atribulado por tantas adversidades como las hoy aquí presentes.

Con qué desfachatez invocan esos dirigentes de la derecha corrupta la libertad. Libertad ¿para quién?, ¿para los amiguetes a los que regalan hospitales que roban al pueblo de Madrid? ¿Para financiar sus campañas electorales con extorsiones, sobornos y cohechos probados? Que no ofendan a sus propios votantes sinceros, que creen que una derecha democrática, centrada, es necesaria y buena dentro de la pluralidad de un sistema constitucional. Que sus dirigentes no mancillen ni nombren siquiera ideas como las de Socialismo y Comunismo, sin la aplicación de las cuales esa caterva de frívol@s y desalmados que aterrizaron en política “para forrase”, como reconocía el innombrable Zaplana, jamás hubiera podido emitir hoy la menor opinión ni las sandeces que se les permite proferir.

Evocando a Enrique IV de Navarra, son su “París bien vale una misa”, cabe decir aquí y ahora, que Madrid bien vale un acuerdo de izquierda, para regirlo democráticamente y cerrar el paso a quienes con sus actos y omisiones, lo desprecian, humillan y roban tan desvergonzadamente como han mostrado durante tres décadas de gobiernos de la derecha.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.