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Codicia y capitalismo


Imagen de archivo del primer ministro británico, Boris Johnson, durante una rueda de prensa. Imagen de archivo del primer ministro británico, Boris Johnson, durante una rueda de prensa.

Hace unos días, el primer ministro británico, Boris Johnson, se sinceró en una reunión privada con un grupo de parlamentarios de su partido y atribuyó el éxito en la consecución de la vacuna del coronavirus al capitalismo y a la codicia, conceptos que casi siempre van de la mano. Esta confesión a puerta cerrada, tan franca como inoportuna, se hizo pública en paralelo al hallazgo de casi 30 millones de unidades del inyectable de AstraZeneca almacenadas en una planta industrial cerca de Roma y cuyo destino era el Reino Unido. La casualidad informativa hizo evidente la avaricia que mueve a ciertos países poderosos y a las grandes multinacionales farmacéuticas. Los primeros, tirando de chequera para superar cuanto antes la pandemia y recobrar la normalidad. Las segundas, para engordar sus beneficios favoreciendo la puja y dando prioridad a los contratos con más rentabilidad económica.

En los dimes y diretes de AstraZeneca con la Unión Europea se visualiza la imagen de esta compañía queriendo sin pudor llenar el saco, aun a riesgo de que se rompa y sin tener en cuenta la pandemia. Las dosis descubiertas en Italia suponen el doble de lo recibido hasta ahora por parte de los 27 socios comunitarios procedente de la empresa anglosueca, con flagrante desatención de las cláusulas del contrato. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha tenido que exigir cumplimiento de lo firmado y amenazar a la multinacional con confiscar toda su producción en territorio del Viejo Continente. Si así responde la multinacional ante la compra centralizada de la UE, ¿hasta dónde llegaría su displicencia, por no decir su chulería, si la negociación la hubiera realizado cada país por separado? Estaríamos, de nuevo, en el ‘sálvase quien pueda’ del comienzo de esta crisis sanitaria para la adquisición de mascarillas, materiales de protección y otros productos sanitarios. Vuelta a la ley de la selva que tanto alienta el devorador mercado ultraliberal.

El choque entre la UE y AstraZeneca no deja de ser una peripecia, eso sí, muy llamativa, dentro del primer mundo, una pelea entre ricos y privilegiados. Siempre ponemos el foco en lo que nos afecta en primera persona y olvidamos (u orillamos) las necesidades ajenas. ¿Qué pasa con la población del tercer mundo? ¿Cuándo tendrán acceso a la vacuna los países menos favorecidos? ¿Pasarán meses? ¿Años? Volviendo a la confidencia de Boris Johnson, el capitalismo desaforado espolea la codicia de los pudientes. Las reglas del libre mercado han de tener algunas excepciones para poder hacer frente a emergencias sanitarias como ésta del Covid, que recorre todo el mundo generando dolor, miedo e incertidumbre.

Escribió Séneca que “no hay bien alguno que nos deleite si no lo compartimos”. Con casi tres millones de víctimas mortales en todo el planeta, se hace imprescindible abrir un debate sobre la liberalización de las patentes de las vacunas, para producir más y a precio más reducido y poder inmunizar a un mayor número de personas en menos tiempo. Además, casi de nada sirve vacunar a un país si no se inmuniza al resto. Ya sufrimos los excesos del mercado con el tratamiento contra el sida hasta que el clamor del África subsahariana removió la conciencia internacional frente la letalidad insoportable y los precios abusivos. Ahora nos enfrentamos a un episodio parecido en nuestra historia. Frente a la avaricia de ganar sin pensar en el bien común, la solidaridad de salvar vidas humanas.

Senador socialista por Andalucía, y periodista.