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EL PERIÓDICO
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Problemas emocionales según vas a la compra en Semana Santa


Tanto si se hace un trabajo intelectual como si no, existen ciertas cosas en la vida de orden cotidiano de las que no te libra nadie, absolutamente nadie, y que en general, nos traen al mundo activo y terrenal después de una jornada de “pensamiento” o de cualquier otra cosa, cada quién según su caso. Para mí, después de trabajar en la escritura y en la filosofía –y lo digo con cierta acritud cuando esto es por obligación y no por placer- venir al mundo terrestre ha sido desde siempre un alivio muy grande. Ese mundo de cacas, potas, pañales, compra, perros, gatos, gritos...y etcétera, aunque con odio muchas veces, ha sido y es un remanso muy grande de bajarme los humos, los pensamientos, traerme de las Batuecas, sacarme de las nubes. Ahora con la pandemia y el encierro, también de pensamientos y emociones, está uno hecho polvo, las cosas como son.

Hoy me tocaba jornada de compra, nada extraordinario en la vida del ser, según se mire, claro. ¡Vamos! Ánimo solo vas a aguantar cuatro mil colas y mucha peña que te mira mal si te acercas. Pero hoy he visto que lo extraordinario se desarrolla y se instala cuando te sientes como una foca marina y ese día, ese precisamente, te decides a querer adelgazar, ¡miserable de ti! Hoy lo he visto claramente, no es el momento, ¡hija mía! Te has visto en el espejo con un poco más de tiempo –algo poco frecuente- y te has dado cuenta de que estás bulímica perdida, que te comes al vecino por lo pies si es preciso, que te comes cerdamente la comida que los demás de tu casa se dejan en el plato, que la lorza aparece, que no te caben los vaqueros que te quedaban otrora tan monos. Ves que tienes que cambiar de talla de sujetador, que estás muy cansada por que comes cualquier porquería, que tienes que dejar de ser amiga de esa vecina que te regala chorizos que ingieres con verdadera ansiedad...que en definitiva, te has dicho a ti misma ¡basta ya! Hoy es el día. Has llegado a una determinación: ¡a partir de hoy me dedico a mi! Lástima que sea el día que tengo que ir a hacer la compra para un regimiento y que el tema torrijil junto al menú santero de estas fechas, la verdad, no lo perdono. Comienza el horror.

Habíamos quedado que en las grandes superficies no entro porque veo que no salgo con el cometido al que iba en un principio. Salgo, pero con otro cometido. Dejo de lado la gran superficie y busco ese supermercado de toda la vida, más pequeñito, sin inmensas estanterías llenas de colorines dispuestas a que te hagas un lío y te lo lleves todo. No, estos súper son más personalizados y te ponen la oferta delante de tus narices, ¡menos mal! Porque en las grandes superficies estás todo el rato por los suelos, ¿por qué? Porque solo en la estantería de abajo está el precio más barato y es un horror para las lumbares. Bueno, te caes del burro cuando ves los precios de la fruta y la verdura que ya te ha descorazonado para ese plan de dieta al que has tenido a bien incluir a toda la familia, porque claro, estar a dieta tu sola...ni hablar. ¿Cuántos kilos de acelgas tengo que llevarme para que coman siete cuando con pasta y filetes lo soluciono? Impacto durísimo.

Sigo mi recorrido entre máscaras y mascarillas donde nadie te sonríe. A mi me gusta sonreír a todo quisque, si puedo hablar con algún dependiente, pues mejor. Veo la manzana y la veo con tristeza. Pienso que hay muchos que no tienen ni eso, pero es que no las aguanto. Fiambres, panes...¡uy!...ese pan alemán con lo que me gusta...desayuno, voy a buscar el desayuno: cereales. –pero por qué voy a llevar cereales con lo bien que está el pan de toda la vida con su mantequilla y mermelada o bien con su aceite y tomate. Nada, no llevo cereales. Llevo más pan como en señal de rebeldía, así como para hacer dos toneladas de torrijas. Por lo menos torrijassss. Parece ser que engordan. Lácteos. No soporto la leche descremada y lo veo absurdo sobre todo cuando he cogido siete kilos de mantequilla y otros tantos de variados quesos. Se acabó, fuera la leche descremada. Al final llevaré los cereales porque la familia no tiene la culpa de mis neuras, esto subirá unos diez euros más. Lechugas, muchas lechugas, pero muchas y tomates como para dar de comer a un regimiento, eso es, que no engorda, solo si no los cargas de aceite y te pones de pan pringao hasta arriba que es justo lo que hago yo con las ensaladas de tomate, claro está. Patatas fritas, ¡con lo buenas que están y lo triste que estoy! Llevo patatas, siete u ocho kilos. Mi madre siempre dice que habiendo huevos y patatas ya está todo solucionado...nostalgia...lagrimilla que va y que viene mientras suena Shakira. Esto de hacer las cosas solo, a veces, conmociona. Con lo de la mascarilla, nadie se apercibe si vas lloriqueando ¿porqué? Porque nadie se preocupa de nadie, solo si te acercas más de la cuenta. Por fin, se arrima un señor (extranjero) a preguntarme que si entiendo de sandías, ¡ya ves tú! Otra vez el mismo hombre del otro día y con la misma pregunta, le digo entre sollozos que no mucho, pero que le puedo hablar si quiere de Borges o de Lorca o de Spinoza. Después le dije: -yo suelo hablar con los melones, ahí sí le podría recomendar alguno. Piensa en efecto que las españolas y alguna que otra mexicana estamos de la olla. Y va a ser verdad.

Se acerca el momento de la caja a la que llego con poca fe, muy poca. Se me ha chorreado todo el gel por manos y vestimenta como si no hubiera un mañana. Hay otros días en que mi energía sobrepasa a todo y a todos como para irme incluso sin pagar, pero hoy no, hoy es de esos días que voy mal y lo peor es que se me nota. Detrás de mi enorme carro hay diez personas y me da como la paranoia.

Me da el punto raro de que me meten prisa, solo están detrás de mí, pero como llevo un carro grande, me agobio pensando que tengo que darme prisa y no hacerles esperar. Es como si me persiguieran. Ya ves tú, como si hubiera algo mejor que hacer. No obstante, yo me doy caña sola como es habitual en mi, me pongo un pelín nerviosa, me pongo muy nerviosa al ver que hay mogollón de gente y empiezo a guardar todo absurdamente. Una sensación de ser ejemplar y muy cívica me invade: no quiero hacer esperar a nadie…pero llevo un carro sensacional. Sin ton ni son, aplastando las lechugas –que es de lo peor que se puede hacer- con el roquefort al final de la bolsa, los yogures por encima, un zumo de medio lado, el papel de aluminio cual moñigo, ocupando las bolsas desordenadamente y por consiguiente estropeando toda la compra. Un guardar neurótico, esquizofrénico más bien. Esto hace que me de a mi misma más pena todavía, con un complejo de inútil horroroso, sobretodo cuando intento guardar esa planta inmensa que no cabe en el coche, pero que estaba a muy buen precio, aunque no hacía falta alguna y que la he comprado. Y ¿por qué la he comprado?. Por que la planta me había hablado en el supermercado, sí los objetos, los seres vegetales me hablan y no lo puedo remediar. Una sensación de no pertenecer a este mundo me viene de forma muy potente, como con risas. Yo preocupada en una pandemia mundial, planteándome cosas raras. ¡Esto qué es!

Salgo como puedo, guardo todo mal, en el maletero, mientras viene un chulillo con un descapotable y se aparca a mi lado con mirada desafiante quizás como con ganas de impresionar o algo así. El hombre, o el guaperas, no se da cuenta de que estoy en otra dimensión en muchos aspectos de mi vida, más ahora con lo de verme como un buque. Hoy, he decidido por fin, que prefiero mi michelín que evidentemente me estaba preocupando en exceso, mi lorcilla, mi cartuchera y poder comer lo que me apetece sin tener más restricciones en la vida. He decidido que no acepto crearme más problemas innecesarios. He decidido que prefiero continuar con mis escritos y contarte cosas como lo hago contigo, amiga, amigo, porque eso es más importante. He recordado que cuando he estado muy, muy delgada, que ha sido mucho tiempo, no era feliz, lo estaba pasando mal, y como me gusta cocinar mucho, pues eso, que entre mis libros y las ollas, creo que me he reencontrado otra vez. Hoy torrijas y potaje al Calvario, como toda la vida en Semana Santa. Ufff, menos mal.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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