Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

“Libertad, ¿para qué?”


“La existencia humana empieza cuando el grado de fijación instintiva de la conducta es inferior a cierto límite; cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener un carácter coercitivo; cuando la manera de obrar no es fijada por mecanismos hereditarios. La existencia humana y la libertad son inseparables…

La libertad tiene un sentido negativo: libertad DE.

La libertad tiene un sentido positivo: Libertad PARA.”

Erich Fromm

Eso es lo que sostiene Erich Fromm en “El miedo a la libertad”. El hombre es libre porque no está supeditado a los instintos ciegos y sobre aquellos domina la razón. Pero el hombre tiene miedo a la responsabilidad que entraña toda libertad bien entendida, o la usa para desmerecerse porque la razón puede ser inteligentemente usada para satisfacer un instinto, y no precisamente el de supervivencia; también resulta en instinto el odio asesino, la eliminación del otro como enemigo; el uso del poder para satisfacción propia; el dominio de la naturaleza sin consideración ecológica, persiguiendo el enriquecimiento insaciable; la herencia, el estatus social recibido o labrado, usada bajo formas dulcificadas de violencia, sin consideración al todo social. Libre de toda solidaridad, o “igualdad y fraternidad” a la francesa, la libertad se usa para escalar hasta la cúspide de la depredación.

Gino Germani, en la introducción al mencionado libro de Fromm, distingue entre una existencia banal y otra auténtica. La banalidad de la existencia ya quedó explicada en el párrafo anterior. De la existencia auténtica da cuenta el mismo Fromm al decir:

“[…] el hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y con la naturaleza, y cuanto más se transforma en individuo, tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador […] o bien de buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual” (Pag. 49).

Dicho de otra manera: Hay formas de individualismo, entregadas a vínculos de intereses, donde se puede poner pasión apropiativa, placer de posesión ajeno al amor. Un individualismo que ejerce como egoísmo siempre insatisfecho, ajeno a toda ética, a toda moral que busca el bien común, “servilón” de la parte que le arroja la pitanza.

Los hay, claro está, que rompen los vínculos con todo compromiso responsable, y en ello se quedan para hacer “su santa voluntad”, y los hay que ponen inteligencia y voluntad al servicio de causas que saben injustas. No les falta descaro para actuar ni cinismo para justificar.

Me llega un WhatsApp de un amigo, buen compañero del Ateneo (omitiré su nombre respetando su intimidad), que apoyándose en Milton Friedman y su libro “La libertad de elegir” deja al desnudo las vigas maestras de todo un artificio para que la “derechita”, la “derechona” y la “ultra-derecha” pongan fin al “Estado democrático de derecho”. Se trata de todo un programa por fases, astutamente planteado:

Primera fase: Reducción del presupuesto de inversión pública que deteriora los servicios públicos. En paralelo con ella, el falso argumento de la bajada de impuestos porque el dinero está mejor en los bolsillos de la sociedad, y favorece su capacidad de gasto y de inversión. Naturalmente, quienes más pueden contribuir al bienestar de todos, más se benefician de esta medida. Además, la bajada de impuestos en unas autonomías más que en otras favorece la captación de capitales y de empresas que con ello alcanzan un lucro mayor.

Segunda fase: Privatización de los servicios públicos. Deriva de lo público hacia lo privado de manera que cubra los vacíos dejados por la insuficiencia dotacional y presupuestaria, como si fuera una pieza de caza mayor, atada y ofrecida en un coto de caza. Esta situación puede derivar no sólo hacia la pérdida de la calidad del servicio, puesto que la empresa minimiza costes y maximiza beneficios, sino a la corrupción que puede derivarse de semejantes adjudicaciones.

Tercera fase: Falsas subvenciones que doten la “libre” opción de los ciudadanos, sufragando en parte el ejercicio de su libertad de opción.

Cuarta fase: Privatización generalizada. Una vez destruido el Estado del Bienestar, y deteriorado el Estado social de Derecho que le da soporte, se procede a reducir las falsas subvenciones, dejando al antes ciudadano/a entre los dientes de un capitalismo voraz.

Parece toda una hoja de ruta viniendo de este ardiente defensor del monetarismo, fundador de la Escuela de Chicago, “alma mater” del neoliberalismo actual; nacido en Brooklyn, no en el Bronx; ardiente defensor de Adam Smith, el de “La riqueza de las naciones”; enfrentado al sector público porque, según él, distorsionaba la libertad de mercado; condecorado por Reagan con la Medalla de la Libertad en 1988. La expuesta más arriba es una hoja de ruta que percibimos en cada paso altanero que da la derecha en el mundo, y por lo que nos toca más de cerca, la Comunidad de Madrid. Es toda una estrategia para desmontar, pieza a pieza, el Estado Democrático del Bienestar.

Algunas de sus ocurrencias y provocaciones sólo son ruido y furia. Nos traen a la memoria a Trump abriéndose paso a codazos entre mandatarios para colocarse en primera fila. Dan el campanazo tergiversando el de aquella “Campana de la Libertad” de Filadelfia, en el Estado de Pensilvania, símbolo de las razones que movieron al pueblo norteamericano en su Guerra de la Independencia, en aquel ocho de julio de 1776, convocándolos a la Declaración de Independencia de la que naciera su Guerra Civil. ¿No les llama a ustedes la atención que hayan convocado elecciones el cuatro de mayo? Claro que toman la campana por la melena. Olvidan que la norteamericana ofrece, grabado en bronce, una cita del Levítico 25:10, que es un mandato de pregonar libertad y jubileo a todos los moradores de la tierra, y en bronce también lleva grabadas las palabras: “Proclame la libertad en todas las partes de la tierra a todos los habitantes de ella”. Esta fue una campana y una leyenda que hicieron suya los abolicionistas. Ahí tienen ustedes para qué querían éstos la libertad (el subrayado es mío).

No les bastaba con poder romper su dependencia de la corona británica, y por ello poder comerciar directamente sus mercancías sin pasar por Inglaterra. En esa Declaración de Independencia, aprobada el 4 de julio de 1776, declaran: “[…] todos os hombres son creados iguales […]”, y es que, como en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, la libertad no puede comprenderse ni practicarse sin sus hermanas la igualdad y la fraternidad.

Dime qué vas a hacer con tu libertad y yo reconoceré tu dignidad o tu ignominia. Una cosa es ser libre de lo que degrada al ser humano, y otra es qué hacer con el poder que degrada. Quizás en ello hallemos la explicación a la pregunta que hizo Lenin a Fernando de los Ríos, en su visita a Rusia de 1917, que da título a este artículo. Esa pregunta no muestra desprecio a la libertad, sino el cuestionamiento del uso de la libertad para cargar de cadenas al más débil.

Tomen ustedes el ejemplo del mencionado Friedman, padre del neoliberalismo económico, en la misma obra que se nos cita. Convengamos ahora que existe una libertad personal, otra libertad social y política, y una tercera económica, y que la tercera puede subirse a las espaldas de las otras dos para libremente dirigirlas por donde quiere a provecho propio. Cuando uno escucha a la docta Presidenta plantear maniqueamente “socialismo o libertad”, se le sube al magín la pregunta: “libertad, ¿para qué?” ¿Qué estás haciendo con ella? Porque lo que veo que haces me da pistas de lo que puedes llegar a hacer si consigues el poder.

Pues bien, este conductor de neoliberales, en su trabajo “Capitalismo y Libertad” responde: “Libres para elegir”. Pero semejante elección no la circunscribe al terreno moral o político, sino al económico, atribuyendo a la libertad de mercado la posibilidad de diversificar la elección, quizás porque, ya en el Prefacio se acepta que el sistema político corre paralelo con el sistema económico, y ambos son mercados. Todo se compra y se vende siguiendo las leyes de la oferta y la demanda: ética y política. Pero aquí me sale al paso Hegel en su “Fenomenología del espíritu”: “La vida ética es el concepto de libertad que ha devenido mundo existente y naturaleza de la autoconciencia”. La libertad se manifiesta como ética constructora de mundo y de conciencia. Nada que ver con esa otra invocada para meter la garra y el pico de los buitres. ¡Que proximidad encuentro con Weber y su “Ética protestante o el espíritu del capitalismo”! Porque Weber, es ya lugar común, encentra en la ascética laboriosa, que trabaja, ahorra y distribuye, para crear prosperidad y honrar a Dios en la tierra, propia de aquel espíritu del capitalismo renano, espíritu que era energía que lo movía, la ética que motivaba su conducta como “profesión”, la productora de mundos humanos habitables, la creadora de autoconciencia no dogmática. ¡Qué lejos queda esto del neoliberalismo que hace de sus formas políticas servicias a la economía de los que más poseen! Es verdad que Friedman se alza contra una economía centralmente planificada, pero el neofeudalismo global que estamos viviendo, hoy cuestionado por la pandemia, supone un neocentralismo financiero que interviene en unos mercados que perdieron su libertad al ser dominados por la masa dineraria que Friedman exigiera.

Sigamos a Friedman en “Libre para elegir”: En este trabajo sitúa en Adam Smith y su “La riqueza de las naciones”, una idea clave: “[…] las partes de un intercambio pueden lograr un beneficio, siempre que la colaboración sea estrictamente voluntaria. Ningún intercambio se producirá a menos que ambas partes logren ese beneficio […]”. Se trata de conseguir entendimiento y colaboración porque en ello se beneficia cada parte. Por lo tanto, estos neoliberales, al querer ser parte que desmonte y se lucre en el todo, invocando para ello libertad, se enfrentan a sus propios fundamentos y, al cavar en la base que los sostiene, están socavando su propia subsistencia. Por esa simple razón de supervivencia, frente a Friedman, deberían considerar a Paul Krugman cuando señala, en “¡Acabad ya con esta crisis!”, que la crisis es de consumo y demanda, y para superarla se precisa la justa distribución del beneficio y “más gasto público, y no menos” (véanse pp. 245-251)

Sin embargo, sigamos su argumento residenciado en esta obra: Ahí queda la cita que recoge en Adam Smith: “Nunca he sabido de muchas cosas buenas que hayan sido logradas por aquellos que se dedicaban al comercio por el bien público”. Por ello, Smith se pronunciaba en favor del “individuo que persigue únicamente su propia ganancia”. Una misteriosa “mano invisible” hará que su ego, que busca su propio interés, beneficie a la sociedad de una manera no buscada. ¡Qué mirada teológica lanzada sobre el lucro! ¡La Providencia va implícita a su “bondad”! Ahí tienen ustedes la diferencia que se produce entre la Revolución Francesa, que busca primeramente la libertad social y política, de la que la libertad económica será consecuencia, y la revolución norteamericana donde los colonos terratenientes sostienen la libertad económica y el derecho a la propiedad. Claro que las grandes extensiones de terreno que les ofrecía un territorio virgen, pronto necesaria de esclavos que lo trabajaban.

Sin embargo, Los Estados Unidos de América tiene dos almas: la neocapitalista y la que se expresa en la Declaración de Independencia, de la que fue mentor Thomas Jefferson, recogiendo el pensamiento de John Locke, nacida, Friedman lo reconoce, “para expresar el sentir general de sus compatriotas”: “Mantenemos estas verdades por ser evidente que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Jefferson lo expresaba de este modo en su discurso de toma de posesión de la Presidencia en 1801:

“Justicia igual y exacta para todos los seres humanos, de cualquier estado o persuasión, religiosa o política; paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin perturbar las alianzas con ninguna; apoyo a los Gobiernos de los estados en todos sus derechos, como la administración más competente para los asuntos domésticos…; preservación del Gobierno General en todo su vigor constitucional, como el ancla de nuestra paz doméstica y seguridad internacional…” (véase Luis Alberto Ambroggio; “Thomas Jefferson y el español: praxis, visión y filosofía política”).

¿Tendremos que mencionar aquí la leyenda que figura en La Estatua de la Libertad, regalada por Francia a los EE.UU. en el primer centenario de su independencia?:

“Dame tu hartazgo, tu pobreza

Tus masas confusas deseosas de respirar libres

El despreciable rechazo a tu fecunda costa

Envíame a mí a estos, a los sin-hogar, a los sacudidos por la tormenta

Sostengo mi antorcha junto a la puerta dorada”.

Justamente para eso, Sra. Presidenta, se mantuvo y mantiene encendida la antorcha de la libertad para cuantos están hartos de tanta prepotencia chulesca, de tanta voluntad de dominio, de tanta pobreza y marginalidad, de tanto amasijo al que le quitan hasta el aire, de tanto desprecio a la costa fecunda que es de todos y unos pocos la quieren suya, de tanta astucia tergiversadora que, ignorante y enceguecida en la presa, no sabe que la estamos viendo. Sépalo, gane o pierda, que lo sin hogar, entregados como presa a los Fondos Buitre, o aquellos que duermen al raso o se hacinan en pisos-patera, le preguntan: ¿Para qué quieres tu libertad si con ella nos quieres quitar la nuestra? Y miran tus obras que hablan más alto y claro que tus palabras, y les llegan tus provocaciones, y miran hacia esa antorcha para ser libres DE TI, y poder así ser libres PARA CONSTRUIR UN MADRID que sea verdaderamente “Golden Gate”, puerta dorada por donde libremente entre, perviva y labore la libertad.

Periodista y escritor. Presidente de la Agrupación para el Estudio de las Religiones y Vicepresidente de la Sección de Filosofía del Ateneo de Madrid.