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EL PERIÓDICO
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Nueve décadas después


La masa crítica de contradicciones antagónicas que acosan nuestro horizonte como país es densa e inquietante. Por eso nos atemoriza. Pero la batalla no está perdida. Tenemos recursos humanos, sociales, políticos, gubernamentales, económicos -e imaginativos- suficientes para afrontar el desafío del futuro.

Hay una juventud bien formada que está a la espera de una chispa estimulante que encienda su entusiasmo para ponerse en marcha y hacer avanzar este país tan atribulado. Necesitamos sus ideas, sus hombros y sus brazos para acometer la tarea de encontrar una nueva cohesión social que nos fortalezca como sociedad, como país y nos guarezca de un futuro incierto como el que se pergeña ante nosotros.

La masa crítica problemática tiene fisuras y, si penetramos por ellas, podemos desactivar su potente carga explosiva. Es preciso actuar. Cuanto antes. Se trata de hallar el hilo conductor que engarza prietamente todos -o la mayor parte de- los problemas que nos aquejan. Y, con decisión, cortar ese hilo, deshacer su masa crítica y separar cada problema aplicando una solución distinta a cada uno de ellos.

En un esfuerzo de abstracción cabe afirmar que, en lo que concierne a cada cual, ese hilo a cortar es el de nuestra incomprensión a la hora de entender que los problemas complejos, como los que afrontamos, no tienen nunca soluciones sencillas. Nuestro principal enemigo es el simplismo. Entendiendo eso, la posibilidad de actuar con éxito comienza a cobrar potencia. Habrá pues que deshacer cada filamento o conducto que conecta la carga con el detonante, asumiendo que se trata de una delicada tarea.

Uno de los primeros hilos explosivos es nuestro talante inquisitorial. Herencia de un pasado dolorido y turbulento, han cristalizado entre nosotros la intolerancia y la intransigencia; sobre todo, a la hora de admitir que existe una otreidad, un todo distinto de aquello que nosotros pensamos y consideramos cierto. Cuando preguntaron a Sócrates, como refiere Platón en uno de sus Diálogos, sobre qué era aquello que sin ser grande tampoco es pequeño, el maestro respondió: “lo que sin ser grande no es tampoco pequeño es… lo otro, lo diverso”. La otreidad enunciada por Sócrates implicaba una verdadera revolución civilizacional: ponía fin al mundo maniqueo del tú contra mí, de lo blanco contra lo negro y abría una espaciosa ventana a la diversidad y pluralidad que la vida, la Naturaleza, la Humanidad, muestran.

Otreidad no implica desigualdad

Pero la otreidad, que rompe la uniformidad y exhibe la realidad de manera pluriforme, no implica necesariamente la desigualdad: ni social, ni económica, ni jurídicamente hablando. Ser otro no implica ser superior, ni inferior o desigual. Implica, simplemente, ser distinto. Conviene retener esta precisión. Antropológicamente, por ejemplo, un hombre y una mujer son distintos; pero no pueden ni deben ser desiguales en cuanto a derechos, deberes, situaciones socio-económicas y poderes. Por consiguiente, los españoles hemos de re-amistarnos de nuevo admitiendo la existencia de una otreidad ideo-política evidente entre nosotros.

Otro de los conductos que aproximan la carga al detonante de nuestros problemas ha sido la alienación. Es decir, la conciencia propia enajenada, ajena. Ya Miguel de Cervantes, en su novela universal, señalaba con finísimo humor el precio del delirio derivado de creer que uno es lo que, en verdad, no es. Por extensión, en España y durante siglos, miles de compatriotas pensaron y piensan aún hoy estar, hallarse, donde socialmente no estuvieron nunca ni lo están ahora. Una cosa es aspirar, legítimamente, a situarse en una posición social y económica mejor, más elevada. Tal es una de las metas de la democracia. Pero otra cosa, bien diferente, es creérselo a pies juntillas, cuando tal anhelo de ascenso social no ha sido aún consumado.

Por consiguiente, esa enajenación, llamémosla hidalga, semejante al ideal caballeresco del andante de la Triste Figura, ha impregnado transversalmente la sociedad española: ha hecho creer al proletario que ya era un pequeño burgués; al pequeño burgués, que ya era un gran burgués; al burgués, que era ya un aristócrata y a éste, que recibía su condición social directamente de la divinidad. Mal. Muy mal. Ese encabalgamiento alienado ha hecho mucho daño a nuestro país. “Aspirar a” no es lo mismo que “estar ya en”. Si uno no sabe dónde está, qué difícil es llegar a dónde uno quiere acceder.

La juventud de hoy sufre en mayor medida y a su manera un trauma semejante. Cree que por autoconciencia, nivel de formación, estudios, necesidades, hábitos de vida y consumo, se encuentra en un rango social que la realidad le niega ocupar. Y se estanca en tal frustración que cada día el índice de paro juvenil le escupe a la cara. En vez de acudir a los mecanismos de autodefensa y reivindicación, partidos, sindicatos, asociaciones estudiantiles, vecinales o ciudadanas, que el sistema democrático formal aún le brinda, mayoritariamente prefiere alejarse y enrocarse en un egotismo depresivo, individualista, asocial y sin salida. Es preciso y urgente su regreso a la participación política.

La sociedad está dividida en clases. A cada clase social corresponden diferentes cuotas de poder económico y social, que abarcan desde el nivel cero al rango superior. Pero esa conciencia de pertenencia a casa clase, como veíamos, permanece aquí casi siempre enajenada. Todos creemos ocupar una situación por encima de la que realmente ocupamos. Y ello nos desmoviliza. Sin embargo, los intereses de cada clase no son solo contradictorios: son además antagónicos.

Si acudimos a la historia, hubo una pugna por el poder, a grandes rasgos entre pobres y ricos, izquierda y derecha, pugna que en la Guerra Civil venció militarmente la derecha autoritaria. Tras los 39 años de dictadura consecutivos a su desenlace, España vivió una revolución política, la Transición de la dictadura a la democracia. Los valores de la República impregnarían la democracia alcanzada durante la Transición, lo cual otorgó a la República, a posteriori, la victoria moral de la Guerra Civil.

El éxito de la Transición consistió en que, aunque las contradicciones sociales, de clase y de poder, no desaparecieron, durante una cierta etapa los antagonismos sí quedaron en suspenso. Menguó la conflictividad mientras se preparaba un nuevo terreno de juego político. Todos, las clases y sus partidos, contuvieron la respiración, envainaron sus espadas y se aprestaron a construir un código nuevo que supervisara el juego.

Aparcar de nuevo los antagonismos

Tal vez es llegado el momento de aparcar de nuevo los antagonismos, aún admitiendo la existencia perenne de contradicciones; es ya la hora de ponernos unos con otros, izquierda, centro y derecha, a diseñar el terreno sobre el cual necesitamos desplegar el futuro. Y dar respuesta a preguntas tales como ¿de qué van/vamos a vivir las generaciones por venir? ¿Qué nos cabe hacer y cambiar para fortalecer la democracia –el menos malo de los sistemas políticos- que nuestro desdén y desparticipación han devaluado?

La revolución política que trajo la Transición no se vio acompañada por una revolución económica. Los poderes económicos de siempre se maquillaron, se replegaron un ápice, pero siguieron siendo conscientes de su fuerza, incluso para imponer como dominantes sus ideas entre los sectores sociales dominados. Los partidos políticos de izquierda, dirigiendo la movilización social y política, consiguieron algunos avances evidentes; surgió un sistema de libertades formales hasta entonces inexistente; no se pudo avanzar mucho más; por su parte, el capitalismo industrial se acreditó porque arriesgaba y apostaba, generaba empleo, empleo que generaba a su vez la riqueza que, en el contexto occidental capitalista, regresaba a manos del capital. Con todo, fue posible erigir un boceto, frágil pero cierto, de Estado del Bienestar.

Pero hoy en día, aquel capital ha dado paso al capitalismo financiero, una mezcla de casa de apuestas/casino donde impera el compadreo de amiguetes, que no crea empleo alguno, desprecia la democracia y trata, con ciertos éxitos, de poner el Estado a su servicio. Tras empeñarse en degradar al Estado democrático, abducirlo, imponerle políticas fiscales de desgravaciones al capital, el capitalismo financiero, como se ha puesto de manifiesto tras las crisis de 2008 y la actual del Covid de 2020, ha demostrado que es incapaz de arreglar nada: solo sabe empeorar las cosas a base de crear más desigualdad, más desequilibrio, más pobreza e injusticia. Se ven sus intenciones abyectas cuando se observa cómo opera, por ejemplo, en el caso de las vacunas. O llevando la mirada hacia los jerifaltes antidemócratas de Estados Unidos o Brasil.

Descolonizar el Estado

Es la hora del Estado social. Ha llegado la hora de descolonizar el Estado. En el fondo y en la forma. En el fondo, hay que ponerlo al servicio de la sociedad; impedir que siga facilitando al capitalismo financiero acumulación y legitimación para continuar en su carrera sin fin hacia tasas de ganancia cada vez más copiosas, a costa de la inmiseración de las mayorías sociales. El Estado de nuevo cuño debe hacerse cargo de la redistribución de la riqueza. Y comenzar a sustituir los aparatos de coerción y de fuerza por la transparencia y el estímulo a la creatividad participativa ciudadana, sin menguar un ápice los compromisos gubernamentales que hoy se asumen con la protección social de los trabajadores.

En la forma, es preciso descolonizar el Estado de una manera no dramática. Franco supo inyectar el miedo a todo tipo de transición política y económica, tiñendo esos cambios necesarios, ínsitos en toda sociedad viva, en fantasmagóricos cuadros de presagios atribulados. Combatamos tal dramatismo. Mirando serenamente al futuro, la razón indica que España va a ser una República. Para ello, habrá que erradicar la imagen de culpa que el franquismo talló sobre la memoria republicana. 39 años de mentiras impusieron a muchos, demasiados, que la Guerra Civil fue responsabilidad de la República, cuando en verdad fue el franquismo golpista el que se alzó en armas contra el régimen republicano legalmente constituido, tras el abandono de la escena por Alfonso XIII que, en la práctica, abdicó.

Muchos de los dinastas europeos fueron hasta entonces violentamente expulsados del trono, incluso fueron asesinados; aquí no. El rey se marchó por su propio pie. Y fue a exiliarse a Roma. Franco se encargaría de destronar a su heredero natural, Juan de Borbón y Battenberg, asumiendo el espadón gallego el mando del reino de España. Luego, quiso ahormar una monarquía a su medida colocando a un hombre formado bajo su férula al que, con las leyes y principios impuestos a mano armada, se obligara a prolongar su dictadura. Pero el proyecto salió parcialmente rana por la presión de las fábricas, las minas, las aulas y la calle. El designado percibió entonces el guiño que los anhelos democráticos de la gente significaban.

Aquellas prerrogativas

La dictadura, como tal, desapareció en medio de un régimen nuevo con libertades formales reconocidas. Pero algunos de los vestigios dictatoriales pervivieron, incluso en la Constitución del 78, como los de la inviolabilidad legal del rey; la atribución hereditaria –y vitalicia- de la Jefatura del Estado y la de las Fuerzas Armadas, más la garantía del orden constitucional, depositadas en manos del nuevo titular de la Corona. Deben saber los jóvenes que aquellas -y hoy actuales- prerrogativas regias procedían únicamente de la decisión de la cúpula militar golpista convocada por Franco en septiembre de 1936, en plena Guerra Civil -es decir en una situación de total excepcionalidad-, en una finca salmantina del ganadero terrateniente Pérez Tabernero. Eso sí, con una treta incluida por el hermano del dictador, que en el texto dado a firmar entonces a los militares golpistas cambió los términos “jefe del Gobierno del Estado”, atribuido a Franco, por el texto resumido “Jefe del Estado”. Gobierno y Estado son, como sabemos, conceptos de rango muy distinto. Pese a su carencia de legitimidad –por su imposición truculenta y por la fuerza de las armas- tales atributos quedaron automáticamente incrustadas en el texto constitucional de 1978, ya que en las negociaciones que precedieron a la emisión de la Carta Magna en diciembre de aquel año, las relaciones de fuerza existentes impidieron desterrarlas, en la creencia provisional en que una nueva situación podría definitivamente permitir su erradicación.

Dentro de la necesaria descolonización estatal, no cuadra una España del siglo XXI bajo la impronta monárquica. En verdad, no hay apenas joven que la suscriba. Además de lo aquí sucedido, vemos el imparable deterioro que afecta a otras casas reales europeas y a muchos de sus vástagos: unos, en sintonía con pederastas; otros, huyen de la institución a la que acusan de racismo; en diferentes dinastías continentales han proliferado especuladores; evasores de impuestos; asiduos de paraísos fiscales; traficantes de armas; crápulas; erotómanos; cazadores furtivos; frívolos de todo pelaje; dipsómanos; zánganos en general, que viven a costa del erario público de sus países respectivos. Ni siquiera son capaces de mantener el tipo y asumir las funciones que se les pide adoptar, como por ejemplo, la representación de la familia: secularmente, la monarquía representaba el carácter cardinal de la familia en la sociedad. Pero hoy, además de los profundos cambios sociales que han trocado la familia patriarcal por otra equilibrada, de autoría compartida, incluso monoparental, han convertido esa institución en una especie de farsa teatral donde casi nadie entre sus actores parece quererse, ni asumir sus papeles representativos y todos pugnan por figurar mucho, ya que mandar, al menos formalmente, no se les deja. Aunque, ojo a las prerrogativas políticas que todavía conservan. Además, gastan demasiado en futilidades.

Los actuales representantes de la dinastía podrán retirarse dignamente a sus lares en paz y escribir allí sus memorias y las de sus antepasados, con tan magras contribuciones sustantivas a la prosperidad nacional por cierto. Pero nada de hostilidades inútiles. Ni de absurdos dramatismos. Serán ciudadanos respetados, como los demás; la democracia republicana garantizará sin duda alguna que sus vidas discurran dignamente con plena normalidad.

Mirar al futuro

Todo el barro que el franquismo echó encima de la República debe dar paso a la percepción límpida de un proceso titánico, como aquel, por modernizar España que fracasó entonces, 1939, porque el poder militar que se le opuso, más el peso de un pasado de dogmas estremecedor y apabullante, con el potencial nazi alemán y el fascismo italiano que lo arroparon, era entonces más fuerte que las convicciones democráticas que alentaban la República. Pero, cuarenta años después, los valores democráticos de la República triunfaron y de ellos puede hoy disfrutar todo español que los reivindique. Por todo ello, la causa republicana debe ya mirar más al futuro que al pasado.

El republicanismo no es una meta únicamente catalana como algunos quieren hacernos ver. Nada más lejos de la realidad. Republicanismo no es sinónimo de independencia; ni de secesión; ni de separación de España de áreas tan entrañadas en la historia del país como Catalunya o Euskadi. No. Será la República la única fórmula política que, en un futuro más temprano que tardío, asegure la continuidad estatal unitaria; sabrá encontrar vertebración cierta y solidaria de las distintas nacionalidades, provistas de sus derechos, en una fórmula de coexistencia mejor aún que la autonómica –que ha cumplido su papel democratizador en contraposición al férreo centralismo franquista-; y ello para dar cabida innovada a la diversidad que singulariza nuestra riqueza como país. Pero requisito previo para acceder a ese horizonte habrá de ser la descolonización del Estado de sus servidumbres al capitalismo financiero.

Es la hora del Estado. Del Estado para todos: social, descentralizado, eficaz; propulsor de las mayorías y defensor de las minorías. Desprovisto de sumisión al frívolo y caprichoso casino financiero. Arbitral. Ecuánime. Protector de los débiles. Estímulo de las ideas. Justo. Estado democrático. Y republicano. Nueve décadas después de la proclamación entusiasta de la República, su imagen reaparece hoy alegremente en el horizonte juvenil de un renacer como meta generacional. Con el frescor del porvenir acariciando los pómulos de todas y todos, generando la sonrisa de un futuro posible, que aleje para siempre los presagios oscuros que durante siglos han ensombrecido nuestra convivencia como país de países. Amistarnos; suspender antagonismos; dialogar; acordar; cambiar el Estado y vivir en armonía con Europa: tal es la secuencia del proyecto que se abre al horizonte y nos aguarda ahí mismo. El cambio nos hará mejores. En la España futura cabemos [email protected]

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.