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La República (Francia de fondo)


«Si antes del anochecer no se ha proclamado la república, la violencia del pueblo puede provocar la catástrofe»

En un último intento, el conde de Romanones, viejo conocido de Niceto Alcalá-Zamora, propone consolidar un gobierno de transición manteniendo la monarquía en favor del príncipe de Asturias. Esta reunión de produce en casa del médico Gregorio Marañón. Alcalá-Zamora, que posteriormente sería el primer presidente de la Segunda República, exige que Alfonso XIII salga del país con estas palabras. El rey partiría hacia Cartagena, camino del exilio. La prensa (salvo ABC) apoyará al gobierno. Se acepta la República y ésta se proclama sin un solo tiro.

En este período particularmente convulso, pocos días de que celebremos el alzamiento de la República y su consiguiente “Marcha Republicana”, resulta útil examinar el significado más profundo de la palabra más utilizada en el lenguaje político. La República no debe confundirse con la democracia. Este es un modo de gobierno, un método basado en el poder del pueblo, a través del sufragio universal directo o directo. La República es otra cosa. La palabra en sí en su origen etimológico parece bastante neutral: “res publica”, asuntos públicos.

El 14 de abril de 1931, se proclamó en España La Segunda República Española, tras las elecciones municipales el 12 de abril de ese mismo año, en las que la corriente republicana había triunfado en 41 capitales de provincia. En Madrid, los concejales republicanos triplicaron a los monárquicos, y en Barcelona los cuadruplicaron. Esto daba constancia de que la corona estaba completamente desacreditada. A las diez y media de la mañana del lunes 13 de abril, un día como hoy, el Presidente del Consejo de Ministros, Juan Bautista Aznar-Cabañas llegaba al Palacio de Oriente para celebrar el Consejo de Ministros. Preguntado por los periodistas sobre si habría crisis de gobierno, respondió: ¿Que si habrá crisis? ¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se despierta republicano?

El itinerario político de España ha dado siempre estos referentes de variables tan fundamentales como desconcertantes pero muy características de nuestra idiosincrasia. La sensación de inestabilidad y de poca confianza se ha convertido en un clásico de la profesión política, sin medir el impacto que esta incertidumbre crea en el pueblo. Da igual cual pueblo, el madrileño, el catalán o el astur-leonés. No es ciertamente momento ahora de poder sacar pecho.

La palabra República se ha adoptado con referencia a la República Romana, en contextos dramáticos, para denotar un régimen sin un gobernante hereditario. La república es un sistema político en el que la soberanía pertenece al pueblo que ejerce el poder político directamente o por medio de representantes electos. Estos reciben mandatos por un período fijo y son responsables ante la nación. A través de sus representantes, el pueblo es la fuente de la ley. La autoridad del Estado, que debe servir al "bien común", la ejerce la ley sobre individuos libres e iguales.

En su significado original, los términos "república" como "democracia" están bastante cerca, sin embargo, la "república" permite distinguirlos de los regímenes monárquicos. Hoy en día, el uso del término República en la designación de un Estado, no es suficiente para convertirlo en un Estado democrático. Este es el caso, por ejemplo, si una parte de la población no puede participar en las elecciones o presentar sus candidatos. Ejemplos de regímenes denominados " republicanos " no democráticos son algunos como: el Chile de Pinochet, el Irán de Jomeini, la URSS ... La palabra república, mal utilizada, puede ocultar así una dictadura, una oligarquía o una teocracia.

En Francia, se adoptó con referencia a la República Romana, en contextos ciertamente dramáticos, para designar un régimen sin soberano hereditario, tras la caída de Luis XVI el 21 de septiembre de 1792, luego de la Monarquía de julio el 24 de febrero de 1848, y el Segundo Imperio de Napoleón III, 4 de septiembre de 1870. El 25 de agosto de 1944, durante la Liberación de París, el General de Gaulle se negó a proclamar la República porque creía que aunque a través de su persona y de la Francia libre, la República nunca había dejado de existir. Es por abuso del lenguaje que bautizan cada Constitución con el número de una República (cuarta, quinta, etc.) porque solo hay una República Francesa.

En su sentido más habitual, la República expresa el cuerpo de valores en el que se reconoce la nación francesa, construida a lo largo de la historia, heredada de la Revolución, la Tercera República, la Liberación y que son los pilares de nuestra vida colectiva. Así, el Consejo Constitucional y los tribunales invocan con frecuencia los "principios fundamentales de la República": el sufragio universal y la democracia forman parte de él, la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos, la educación obligatoria, el respeto de las libertades fundamentales, incluido el derecho a la libre expresión, la laicidad - basado en la separación de la iglesia y el estado -, y la libertad de culto en la esfera privada ... Estos principios ahora se ven amenazados: democracia a través de transferencias de soberanía a Bruselas, laicismo a través de injerencias religiosas en la vida pública y libertad de expresión debilitada por los recientes ataques. La República, en el sentido de los derechos fundamentales, se presenta hoy como un refugio, una protección en la tormenta y por ello con cierta seguridad los franceses, en su casi unanimidad, se aferran a esta herencia común, su brújula en la agitación del mundo actual.

Sin embargo, la República no puede limitarse a un conjunto de valores. En su sentido histórico, también expresa una ambición colectiva, un principio de acción, un movimiento hacia el progreso. La República debe llevar adelante un proyecto colectivo, de lo contrario acabará corrompiéndose, marchitándose. La escuela pública, laica y obligatoria estaba en el corazón del enfoque republicano desde el primer momento, al igual que la colonización. La noción de República, en la tradición francesa, está muy ligada a la voluntad general, a la idea de conquista, de búsqueda del bien común. La renuncia, el dominio de la comunicación o de la postura sobre la acción, la incapacidad del Estado, muestra hoy su doble faz. Una República impotente e ineficaz se vacía de su sustancia, ya no es realmente la República. En un estado inmóvil, ingobernable, sin rumbo, incapaz de satisfacer las expectativas de los ciudadanos, rompe con su profunda vocación y deja de ser lo que era.

Los grandes republicanos del pasado también tenían una fobia: la de la personalización excesiva del poder, de la desamortización de un atributo que pertenece al pueblo. Los héroes no están ausentes del Panteón Republicano, Gambetta, Clemenceau, Poincaré ...

Quizás la idea de obtener la más mínima ventaja material o moral se habría sentido como la peor caída para estas personalidades reforzadas por su pasión por Francia.

El elemento abrasivo, hoy, es la invasión de la vida pública por ambiciones personales, la confusión entre intereses públicos y privados, cálculos egocéntricos y luchas en detrimento del debate de ideas, el narcisismo en la política, representan una verdadera traición al ideal republicano. No basta con gritar "viva la República". Mejor respetarlo y ser veraz, certero, honestos. El régimen político francés, imagen idealizada de muchos españoles desde hace varias décadas, magnificando los retozos de las personas en detrimento de los proyectos y el interés general, se parece mucho más a una monarquía decadente, la de los últimos de Filipinas, que a la República en el sentido más noble del término. Siempre nos quedará saber qué habría sucedido en España, aunque el nuevo albor republicano cada vez se reorganiza con más fuerza. No lo olvidemos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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