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EL PERIÓDICO
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Ignominia histórica


19/12/1933. Los diputados socialistas Francisco Largo Caballero y Margarita Nelken posando sentados en sus escaños del Congreso. Foto Luis Ramón Marín / Fundación Pablo Iglesias. E/Coloreada. https://twitter.com/latinapaterson/status/1311207535429513217 19/12/1933. Los diputados socialistas Francisco Largo Caballero y Margarita Nelken posando sentados en sus escaños del Congreso. Foto Luis Ramón Marín / Fundación Pablo Iglesias. E/Coloreada. https://twitter.com/latinapaterson/status/1311207535429513217

Ya han pasado noventa años desde la proclamación de la II República Española y la falaz afrenta pública que, contra ella, iniciaron las fuerzas políticas conservadoras de la época y que con tanto entusiasmo y falsedad completó el franquismo, permanece en la imaginación de una parte de la actual sociedad española. En este país continúa habiendo gente, y no poca, que, con un total desconocimiento y desprecio hacia la verdad, sigue equiparando el concepto república con una forma de gobierno abyecta que cuenta, entre sus principales defensores, con una nutrida camada de asesinos, bolcheviques y, sí, también de social-comunistas. Casi nada es nuevo en este mundo y mucho menos en esta España que tantas veces ha demostrado su capacidad de retroceder y de olvidar sus más tristes experiencias para volver, con machacona insistencia, a sus más rancias y desfasadas raíces.

“La República nació sin violencias, sin verter sangre. El pueblo la hizo surgir ejerciendo un derecho que, bien aplicado, podría hacerle soberano de sus destinos a través del sufragio, la papeleta electoral, con la que expresar todos sus anhelos y aspiraciones…La República, en su Constitución, hizo declaraciones de pacifismo, de querer vivir en paz con los demás pueblos. Afirmó su propósito de no soñar con imperialismos sino de arreglar su casa y dejar tranquilos a los demás pueblos. Pero, al mismo tiempo, afirmó su propósito irrenunciable de proteger a sus trabajadores”.

Francisco Largo Caballero resumía así el nacimiento de la Segunda República, un régimen político que, aniquilado tan solo cinco años después de su alumbramiento, no tuvo tiempo de llevar a cabo las vitales e imprescindibles reformas que, un país anquilosado, reclamaba a gritos para encontrar su lugar en una sociedad que quería avanzar hacia la modernidad, el bienestar social y hacia una más equitativa distribución de la riqueza.

Así, en muy poco tiempo, se pusieron en marcha reformas imprescindibles como la agraria, la territorial, la religiosa, la militar, la laboral o la familiar. Leyes como las del divorcio y el matrimonio civil, la regularización del aborto y la instauración de la sanidad gratuita y universal proyectaron al país hacia la vanguardia del mundo contemporáneo. La reforma educativa, que se hizo laica, mixta y obligatoria, y la aprobación, a pesar de las muchas reticencias existentes, del derecho a voto de las mujeres son, entre otras muchas, libertades conquistadas que, además de impulsar un nuevo concepto de sociedad, propiciaron una auténtica eclosión del extraordinario movimiento cultural que, conocido como la Generación del 27, registró nombres de la talla de Federico García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti o Vicente Aleixandre, por citar solo unos pocos de los muchos que abonaron este nutrido y espléndido grupo. Junto a él, las conocidas como “Las Sinsombrero”, encarnadas en las figuras de María Zambrano, María Teresa León, Concha Méndez-Cuesta o Josefina de la Torre. Lugar aparte merece Antonio Machado sin olvidar, dentro de esta etapa creativa única e irrepetible, los pinceles, también exiliados, de Pablo Picasso o Maruja Mallo.

Toda, en definitiva, una brillante generación cuyas ilusiones se vieron cruelmente aniquiladas por una dictadura implacable que persiguió a sus componentes y a su memoria y legado con una crueldad inaudita. Desperdició, así, consciente y en aras a la mayor gloria de sus capitostes, una fuente inacabable de sabiduría y de reflexión. Políticos, científicos, periodistas, artistas, escritores, literatos y juristas pagaron con el exilio, con la muerte y, en muchos casos, con el imposible regreso a su hogar, su compromiso solidario e irrompible con la libertad.