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Sí, VOX es fascismo


La candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio (i), y el presidente del partido, Santiago Abascal (d). La candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio (i), y el presidente del partido, Santiago Abascal (d).

Y el PP quiere gobernar con el fascismo en Madrid, como ya lo hace en Murcia. Y gobernarán juntos si la mayoría de madrileños con valores progresistas no acude a votar el 4 de mayo.

Es un error muy grave minusvalorar, frivolizar o ignorar la amenaza fascista hoy. Ese error lo cometieron las incipientes democracias europeas en los años 30 del siglo pasado. El precio que pagó el mundo fue terrible.

Vox es hoy la amenaza fascista. Su estrategia, su discurso, sus actos, hasta su iconografía, su cartelería y sus eslóganes lo confirman día tras día. No verlo así es de una ingenuidad suicida. No valorarlo así y no reaccionar conforme a la dimensión del peligro constituye una irresponsabilidad mayúscula.

¿Qué más tienen que decir o hacer los fascistas para que reaccione la mayoría de personas decentes?

La campaña madrileña de Vox está siendo diáfana al respecto.

Los carteles que cuelgan en el metro de Madrid y esgrimen en todos los debates señalan como objetivo de odio a niños de razas distintas a la nuestra. Lo hacen con acusaciones tan terribles como falsas sobre estos niños, a los que tachan de violaciones sistemáticas y de quitar el pan a nuestras abuelas.

Lo explicaba bien el ministro Ábalos: “¿¡Si en vez de menas ponemos judíos, lo entendemos más!? Así fue el fascismo”.

La negativa de Vox a condenar las gravísimas amenazas del terrorismo ultra contra el ministro Marlaska, la directora general de la Guardia Civil María Gámez, y el líder de Podemos Pablo Iglesias, llevan también la marca fascista.

En este caso, negarse a condenar equivale a justificar y amparar. De hecho ya lo hicieron cuando calificaron de “nuestra gente” a aquellos ex-militares traidores a su uniforme, nostálgicos del franquismo, que hablaban de fusilar a 26 millones de españoles.

Primero se señala, se inocula el odio con mentiras, apelando a los instintos más primarios de miedo y egoísmo, alentando los ataques crecientes en intensidad y gravedad. Después se cuestionan las denuncias de agresión, justificándolas y amparándolas. Viejísima táctica fascista.

La puesta en escena de los ultras incluye los ataques al periodismo independiente, para promover las consignas falaces sobre la información veraz y libre. El episodio del debate en la cadena SER ha sido ilustrativo al respecto: tacharon en directo de “activista” a la moderadora y de “dictadura” al propio medio de comunicación.

Falsean la historia y practican el negacionismo ante las evidencias científicas. Otra constante fascista.

Sus referencias a la Segunda República, a la guerra civil y al franquismo siempre niegan el carácter democrático del régimen del 14 de abril, siempre legitiman el golpe fascista del 18 de julio, y siempre reivindican los gobiernos totalitarios. “El suyo es el peor gobierno de los últimos ochenta años”, espetó el líder de VOX a Pedro Sánchez en el Congreso de manera inequívoca.

Niegan el cambio climático, niegan las restricciones a la movilidad para frenar los contagios, y hasta niegan las vacunas. Frente a la labor de los científicos, su apelación a los mentideros cuñadistas, irracionales, esotéricos, terraplanistas… y peligrosos.

Juegan a la anti-política, porque la política es diálogo, argumentación, alternativa, participación, acción racional y solución constructiva a los problemas. Se presentan a las elecciones políticas y sabotean las instituciones políticas hablando contra “los políticos” y “la política”. Porque entienden que los únicos legítimos detentadores de la política y del poder son ellos mismos. Todos los demás, sobran.

Criminalizan al Gobierno de España que han votado los españoles, porque los “criminales” no tienen legitimidad, no tienen derecho a gobernar, ni a existir siquiera. Los criminales deben ir a la cárcel. Contra los criminales se puede insultar, gritar, amenazar… o enviar cartas con balas.

En nombre de la “libertad”, precisamente, y mediante lo que llaman “pin parental”, pretenden impedir que los escolares accedan a la enseñanza en los valores constitucionales de la igualdad y la no discriminación por razón de procedencia, sexo u orientación sexual. Intentan arrastrar a los niños y niñas en su viaje en el tiempo al medievo, a los años previos a la Ilustración, al grito de Millán Astray: “¡Muera la inteligencia!”.

Y a los que les sobran, intentan echarlos, por las buenas o por las malas. A los niños de otras razas, a los inmigrantes, a las feministas, a los activistas, a los periodistas libres, a los comunistas, a los nacionalistas, a los socialistas…

Son fascistas, sí. Y a los fascistas se les denuncia, se les aísla y se les vence en las urnas. Esto es lo que hacen los demócratas en Europa, de izquierdas y de derechas. Es lo que hacen Merkel y Macron en Alemania y en Francia, por ejemplo.

Pero el PP y Ayuso quieren llevarles al Gobierno de la Comunidad de Madrid. Quieren dar poder a los fascistas.

En España y en el resto de Europa ya hemos experimentado el ejercicio del poder por parte de los fascistas. Lo hemos experimentado muy dolorosamente en la historia.

Y no queremos más fascismo. Hay que pararlos. En las urnas. El 4 de Mayo.

Diputado en las Cortes Generales por Madrid. Secretario general del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados.

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