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Elecciones en Madrid, euforia para hoy, sofocos para mañana


Euforia electoral comprensible para hoy, sofocos muy graves para mañana mismo. La victoria electoral de Isabel Ayuso en las elecciones madrileñas, con una participación record, tiene múltiples lecturas. Aquí, en lo inmediato, significa el fin de la política basada en argumentos racionales para convertirse en un mero juego de alardes y gestos de corto recorrido, cuanto más triviales y frívolos, mejor y más eficaces. Veamos en qué ha consistido.

Primero. Al convocar elecciones autonómicas, Isabel Díaz Ayuso ha obligado a siete millones de madrileñ@s a acudir a las urnas en plena pandemia, con los riesgos de contagio, incluso mortal, que ello puede implicar para miles de los votantes presenciales que votaron. Y todo ese riesgo, contraído por [email protected], para que una señora, que ya tenía el Gobierno regional de Madrid, simplemente, lo mantenga.

Segundo. Ella cree a pies juntillas que su triunfo la proyectará directamente hacia La Moncloa, sede del Gobierno de la Nación. Parece desconocer que ella ha puenteado, por la derecha, al derechista dirigente del Partido Popular, Pablo Casado. A partir de anoche, lo ha convertido en su principal enemigo político. Y olvida, la ganadora de ayer, que para poder gobernar en Madrid y, para aprobar cualquier tipo de ley o medida, por ínfimas que sean, va a estar dos años largos en manos de la ultraderecha –obligadamente recién denostada por Casado en el Parlamento. Un viejo refrán castellano dice: "He hecho un favor a Fulanito, no sé si algún día logrará perdonármelo". El supuesto presente electoral de Ayuso a Casado, anoche con abrazos de gratitud por medio, ha de ser percibido como un regalo envenenado, sin duda.

Tercero. La secreción ideológica que Ayuso y sus padrinos han sido capaces de destilar, un nacional-madrileñismo de cuño tabernario, arrogante y centralista –justo lo que la cohesión estatal de España menos necesita- y que nadie le ha pedido, va a reavivar sin duda las brasas de un secesionismo periférico que atravesaba sus horas más bajas y que ahora ve en ella el pretexto ideal para recobrar el pulso.

Cuarto. "Comerse" a Ciudadanos, cosa que interpreta a primera vista como un éxito suyo -cuando la desaparición parlamentaria de C,s en verdad se debe a la impericia del candidato Bel por no despegarse de ella-, deja tras de sí una tierra quemada hacia la cual el Partido Popular no podrá replegarse más. Porque deberá hacerlo cuando, más temprano que tarde, sobrevenga el anunciado conflicto sociopolítico latente. Este se desplegará, sin duda, por la austeridad que van a implicar los tremendos efectos laborales, económicos y sociales, en términos de precariedad e insolvencia, derivados de la inacabada pandemia, cuya gestión en Madrid resultó desastrosa en sus manos, pese a que la mayoría de los votantes no parece haberlo percibido así.

Quinto. Ha dejado sin discurso ideológico conservador al PP, para radicalizarlo al extremo, mientras descoloca a líderes moderados del tipo del gallego Alberto Núñez Feijoo –tapado que todo partido que se dice constitucional debe conservar siempre en la recámara- al tiempo que abre la puerta a una feroz disputa interna en el partido de la gaviota azul: y ello, por consentir en dejarse teledirigir por dos apestados de la sede de Génova, Rodríguez y López, que han trazado su campaña y hoy se vengan y regodean de quienes les marginaron al cuarto de las escobas de la sede del PP.

Menos lobos, pues, sobre la victoria electoral de la dama de la mirada pasmada y los coloretes. Abultada en cifras, sí; rotunda también; mas no tendrá mucho recorrido. Las ocurrencias tienen un límite. Quemar las naves solo tiene sentido cuando hay por medio un Hernán Cortés y no parece ser el caso. Tampoco parece asemejarse a una Juana de Arco consciente de que camina hacia la inmolación. De momento.

El capital, ojo avizor

La gente más cabal de la derecha económica, la de los cuartos, la que nunca aparta la vista del Estado al cual recurre siempre para que le garantice la tasa de ganancia y la legitimación social, sabe bien que ella es potencialmente un peligro político, que puede generar situaciones de máxima incandescencia en su partido y, sobre todo, en la escena social. Y en la sindical. Claro que, la coyuntura de verla distribuir los copiosos fondos europeos al caer, desatará la codicia de los capitalistas más inmorales, que la verán con ojos golosos, al confirmar los dispendios anteriores.

Sin embargo, más temprano que tarde, el mundo serio del capital quedará horrorizado al ver que quien ha ganado anchamente en las urnas tiene sin embargo las manos bien atadas por una opción antiestatal, como la que encarna la ultraderecha. Y averiguará que permanece sometida al dictado de una dama de gesto avieso y expresión amarga, que solo parece saber decir no a cualquier propuesta que vaya en dirección a la convivencia madrileña en paz; es la misma señora que se las va a tener muy tiesas a la flamante vencedora en las urnas ante la demanda de la más mínima concesión para permitirle gobernar.

Errores y logros a la izquierda

Puertas adentro de la izquierda, algunos de los errores de planificación observados en el ámbito socialista resultan ser de manual. Se incubaron ya en los primeros pasos de la campaña, aunque previamente y para la opinión pública madrileña, el candidato Gabilondo parecía haberse dormido en los laureles de su anterior victoria electoral autonómica, para tornarse en prácticamente invisible durante los dos años de la legislatura truncada ahora por la convocatoria a las urnas.

Pese a su triunfo entonces, la aritmética parlamentaria no permitió gobernar a la izquierda, que perdió el Ayuntamiento y la Comunidad Autónoma, merced, asimismo, a la escisión generada en el interior de Podemos. Aquella fractura fue protagonizada por Íñigo Errejón –harto de ser subalterno de Iglesias-, cuya candidata ahora, Mónica García, ha cosechado una victoria electoral verdaderamente memorable. Ha sido ella quien ha llevado la voz cantante de la oposición en la Asamblea de Madrid, como batalladora portavoz de Más Madrid, partido que ha logrado nivelarse ahora en los números con el histórico Partido Socialista, ligeramente sobrepasado por la flamante médica-candidata, autora de una campaña directa y pegada a la sensibilidad de la gente. También han bregado junto a Mónica, Isa Serra, de Unidas Podemos y el batallador Pablo Gómez Perpiñá, también de Más Madrid.

No resulta comprensible averiguar por qué motivo -si por cortesía o por deferencia hacia Madrid, región española donde reside la capitalidad-, el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez Castejón, se avino a acceder en su día a departir -en la Puerta del Sol y, en un momento inicial de la campaña electora-, con Isabel Díaz Ayuso, obsesionada como está ella, hasta extremos harto delirantes, por medirse con él. Ella parece olvidar que sus pares son otros.

Tampoco parece comprensible la escasa presencia de la organización partidaria socialista madrileña en la confección de las listas, ni la ausencia casi completa en la campaña del líder socialista en el Ayuntamiento de Madrid, Pepu Hernández, frente a un alcalde del PP, Martínez Almeida, cada vez más escorado hacia la derecha extrema, pero muy activo en apoyo –y control discreto- hacia su fogosa candidata. Igualmente, no resulta fácil de entender el prolongado mantenimiento en el cargo del Secretario General del partido en Madrid, José Manuel Franco.

Contradicciones en la izquierda

En el terreno ideológico, los errores y contradicciones en la izquierda no han sido menores. El no inicial a una alianza con Pablo Iglesias y la posterior invitación a ganar con él las elecciones regionales, figurará sin duda en el contradictorio debe de Ángel Gabilondo. A las ocurrencias descarnada y políticamente analfabetas de la candidata popular él no ha sabido –o no ha querido ¿por pudor?- oponer la contundente racionalidad del discurso de un catedrático de Metafísica dedicado media vida a la Enseñanza Superior. Salvo Más Madrid, con trayectoria propia, la izquierda madrileña ha ido a remolque de la iniciativa política marcada por los mentores de Ayuso.

Punto y aparte de estas elecciones lo compone el anunciado abandono de todos sus cargos, por parte del candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. Ya preludiaba lo ahora sucedido su reciente salida voluntaria de la Vicepresidencia del Gobierno de España, gesto insólito en la acorazada clase política hispana, acostumbrada a aferrarse a los cargos al modo de lapa perenne. Invocando razones electorales, Iglesias descendió a la arena regional desde el Olimpo gubernamental, mientras alertaba del riesgo de la comparecencia en la escena madrileña del fascismo encarnado por Vox. Pero no ha logrado convencer a los madrileños de tal riesgo, que él veía claramente como muy real. Unos dicen que cayó en la trampa de los guionistas de Ayuso, al aceptar resumir en una hueca dicotomía toda la campaña electoral y entrar al trapo con indignado desenfreno en defensa de la entidad ideo-política y de la memoria de la izquierda real. Contra todo pronóstico, Madrid no parece temer un resurgir aquí y ahora del fascismo, porque no ve detrás de Vox lo que muchos analistas, como él mismo, sí dicen percibir con nitidez. Confiemos en que los analistas se equivoquen.

No obstante, resulta evidente que el linchamiento al que su persona y su familia han sido sometidas desde que se le ocurrió intentar dar forma política a la indignación, han hecho mella en un hombre joven aún, 42 años, que desde la izquierda se propuso junto con muchos otros ofrecer al país una salida de izquierdas al intrincado laberinto del bipartidismo. Las personas, incluso las que parecen arrogantes, también se quiebran. Y la resistencia humana tiene sus límites. Este comentarista cree que las razones personales han podido tanto o más que las derivadas de un declinar político. Esperemos que su salud física no se haya visto dañada, bien que sí parece que lo haya sido su condición anímica. Lo peor es que muchos votantes, que esperaban verle alancear con verbo desenvuelto y contundente -verbo del que evidentemente dispone-, a unos cuantos analfabetos políticos voluntarios que, con certeza, ocuparán los escaños de la derecha y la extrema derecha en la Asamblea de Madrid.

A su pesar, Podemos no ha logrado abandonar su condición de movimiento social plural para transformarse, si no en partido político, al menos en organización con un troquel doctrinal unificado y con una disciplina metodológica propia. La izquierda confía en que la inquina política y mediática vertida contra Iglesias desde el minuto cero de su enfrentamiento contra el bipartidismo no sea heredada por Yolanda Díaz, flamante ministra y vicepresidenta en quien la izquierda tiene depositadas muchas esperanzas.

Una anécdota final. Ayer, al salir del colegio electoral donde este comentarista votó, un hombre mayor, obrero cualificado, ya jubilado, confesaba que, tras depositar su voto, dudaba si la papeleta elegida obedeció más a su vivo deseo de acabar con el cansancio causado por las restricciones contra el virus asesino, que a la elección de las mejores recetas para erradicarlo. Y no paraba de rascarse la cabeza. Ello me llevó a reflexionar sobre si la política en Madrid, a partir de ayer, se ha adentrado –o no- en una fase desconocida, donde, tal vez, la pulsión de emociones reprimidas pareciera haber nublado razones, convicciones y argumentos.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.