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Trumpismo madrileño, ¿y español?


Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado en una imagen de archivo. Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado en una imagen de archivo.

En la última década se han enlazado dos crisis, de magnitud y origen muy diferente, la crisis financiera de 2008-09 que se agudizó por las políticas de austeridad fiscal y devaluación salarial desarrolladas en Europa a partir de 2011, y la de la pandemia del Covid-19 en 2020. Como resultado de ello, los sistemas políticos de muchos países, inclusive de algunos con un amplio historial democrático, han entrado en una notable inestabilidad.

Desde 2015, en España estamos pasamos por un periodo de creciente inestabilidad política: gobiernos con mayorías parlamentarias débiles, cuatro elecciones generales en cuatro años y el surgimiento de tres partidos que tienen, o han tenido, opciones de gobernar (Podemos, Ciudadanos y Vox).

La izquierda, actualmente en el poder político, debe ser capaz de articular un conjunto de propuestas económicas que pongan el empleo en primer lugar. Es la única forma de impedir que una tormenta perfecta se precipite sobre la sociedad española, generando una crisis política que dé alas electorales al trumpismo en toda España, no sólo en Madrid

Como resultado del encadenamiento de ambas crisis, una cuarta parte de la población en riesgo de pobreza, hay 800.000 pobres más que hace un año, tenemos un desempleo y subempleo estructural en determinados colectivos de trabajadores y territorios, con sectores que van a redimensionarse de forma abrupta por la pandemia, con el enquistamiento de la pobreza en muchos jóvenes trabajadores, en miles de mujeres con trabajos precarios, en amplias zonas de la geografía española por las que el último tren pasó hace muchos años. Muchos de estos malestares profundos corren el riesgo de cronificarse. No menos importante, está el malestar generado por la incapacidad de los últimos gobiernos de encauzar el conflicto identitario que tiene cerca de la mitad de Cataluña en relación con su pertenencia a España, algo que tuvo mucho que ver con la emergencia de Vox.

Las crisis políticas por la tensión social generada por la pandemia, según un reciente estudio histórico del FMI, se producirán en los dos años posteriores. Y la amenaza será mayor en los países en que la crisis ponga de manifiesto, o agrave, problemas ya latentes, como la falta de confianza en las instituciones, una gestión de gobierno deficiente o incremento de la pobreza.

Pobrezas del presente, y pobrezas que se palpan en el futuro cercano para las que términos como Digitalización o el Plan de Recuperación y Resiliencia son palabras huecas en las que sus vidas no encuentran cobijo.

Además, desde una perspectiva de relato político, el origen de esta nueva pobreza no tiene una narrativa en términos de izquierda y derecha. No está causada por unos responsables que, fruto de su avaricia desmedida, se han enriquecido a costa de empobrecer a otros, no se puede responsabilizar de la destrucción de empleo a un mercado financiero desregulado que permite campar a sus anchas a los especuladores financieros, o de unos políticos corruptos que se pliegan a sus intereses. No, no tiene un relato en términos de lucha de clases.

La crisis originada por la pandemia es muy diferente a las anteriores. Los nuevos pobres son fundamentalmente trabajadores precarios, pequeños empresarios y autónomos de negocios financieramente frágiles de sectores de la hostelería y restauración. No se trata sólo de fortalecer las redes de protección social, que por supuesto hay que hacer, sino de construir escaleras: lo que muchos de estos trabajadores y empresarios demandan son peldaños para recuperar sus empleos y salarios de antes de la crisis. La solución ya no son los ERTE. Eso fue hace un año. Hoy y mañana, es la creación de empleo.

Todo ello está sucediendo en un marco del debate partidario, como hemos visto en la Comunidad de Madrid, en el que la derecha trumpista ha apostado, con éxito, por culpar al gobierno de coalición del desempleo y la nueva pobreza. Un argumento completamente demagógico pero que ha calado en muchos de estos trabajadores de los sectores de hostelería y restauración, el pequeño comercio, sociológicamente de izquierdas, pero que por las características de sus empresas, la mayor parte pequeños negocios, tienen una escasa conexión con los procesos de identidad colectiva, con las estructuras sindicales. Eso es lo que explica, en parte, que Vox haya superado a Unidas-Podemos (UP) en muchos poblaciones obreras del sur y este de Madrid (Fuenlabrada, Móstoles, Alcorcón, Alcalá de Henares, Torrejón de Ardoz, Valdemoro, Pinto, Parla). Y que en todos los barrios el sureste de la ciudad de Madrid (Villa de Vallecas, San Blas, Villaverde, Latina, Usera, Vicálvaro, Carabanchel, Moratalaz) y que en Leganés, San Fernando, Coslada y Getafe, UP sólo haya sacado menos de dos puntos y medio más que Vox.

Si una parte de la sociedad empobrecida como resultado de la crisis pandémica percibe que el Gobierno se está desentendiendo de sus problemas se puede producir la desafección de una parte importante del electorado sociológicamente progresista, repitiéndose lo sucedido en 2011.

Si el gobierno de Coalición Progresista no es capaz de impedir que muchos de estos malestares se cronifiquen, si no hace frente con eficacia a estos miedos, incertidumbres, angustias, podría abrir paso a los peores monstruos de nuestro país. La izquierda, actualmente en el poder político, debe ser capaz de articular un conjunto de propuestas económicas que, huyendo de un relato tecnocrático-tecnológico, pongan el empleo en primer lugar. Es la única forma de impedir que una tormenta perfecta se precipite sobre la sociedad española, generando una crisis política que dé alas electorales al trumpismo en toda España, no sólo en Madrid.

Economista. Adjunto a la Secretaria General de CCOO.