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El PP: de la euforia al polo radical por la libertad


El excelente resultado electoral de la derecha en Madrid ha supuesto una inyección de optimismo en el ánimo del PP, después de sucesivos fracasos electorales y más en concreto desde la pérdida del gobierno, de la que parece no haberse recuperado todavía a tenor de sus actuales excesos extremistas, y su más recientemente debacle electoral en Cataluña, que le habían situado, hace tan solo unos meses, por detrás de Vox e incluso de un Ciudadanos en caída libre.

La primera impresión, después de varias elecciones autonómicas realizadas en el tiempo de pandemia, es que, frente a las anteriores convocatorias, incluso en relación a las más cercanas de Cataluña, la de Madrid se ha realizado, prácticamente sin limitaciones a la movilidad y los aforos, en una situación de psicología social casi de postpandemia, a pesar de los procupantes datos de incidencia y de ocupación hospitalaria. Los resultados de alta participación y de competencia electoral así lo han acreditado. Es verdad que con una campaña populista crispada hasta el extremo en la dialéctica del enemigo y rota en la práctica por las cartas de amedrentamiento a los candidatos, donde una vez más lo emocional se ha impuesto a lo racional y las identidades a los contenidos programáticos.

El resultado electoral supone, además de una victoria del PP, ya que lo sitúa al borde de la mayoría absoluta y le permite gobernar en solitario sin prácticamente dependencia alguna de la extrema derecha, la efectiva reorganización del espacio de la derecha, con la absorción total de Ciudadanos y la contención de Vox con la hegemonía incontestable del modelo trumpista más acabado de Partido Popular, El proyecto de fondo, que es la reconfiguración radical populista de la derecha, ha tenido su primer éxito, precisamente en el mismo momento en que siguen abiertas sus principales causas judiciales por corrupción. La apertura de un nuevo tiempo en lo ideológico y en lo político en el PP sitúa a Ayuso en una órbita cuánticamente distinta a la del PP de los tribunales.

Además, unas elecciones que fueron convocadas por la presidenta Ayuso como un plebiscito frente al gobierno socialcomunista y frente a Sánchez, éste se ha resuelto finalmente a su favor, y con el doble fracaso del PSOE frente a Ayuso y ante el sorpasso de Más Madrid, y asimismo con el añadido del trofeo inesperado de la salida de Pablo Iglesias de la política activa, al considerarse a sí mismo un pasivo para Unidas Podemos.

En este excelente resultado de la derecha en Madrid han coincidido varios factores que eran previsibles, pero que han superado sus mejores expectativas. A la ventaja de partida de dos décadas y media de continuidad de la derecha en el gobierno con su consiguiente modelo social individualista y de consumo 'a la madrileña', se ha sumado el hecho de detentar la presidencia en un momento de pandemia en la que los ciudadanos, en las sucesivas convocatorias electorales, han respaldado la continuidad frente al cambio, la seguridad frente a la incertidumbre. Pero sobre todo ha sido la estrategia populista primero de liderazgo personalista de la apertura económica frente a las medidas restrictivas de salud pública del gobierno central y luego el olfato oportunista de haber sabido subirse a la ola para situarse en la postpandemia y protagonizar la ilusión de la apertura y la esperanza de la recuperación de la normalidad al final de la pandemia, en coincidencia con el avance de la vacunación y el momento electoral, dejando con ello a la izquierda anclada en el ruido de la polémica de los partidos sobre el drama humano y la tristeza de los afectados por la pandemia. En lo político, Ayuso se ha sabido situar al margen del profundo descrédito de la política y de los partidos, y en lo emocional Ayuso ha protagonizado el rechazo de la imposición de las restricciones y de la tristeza de las pérdidas y la recuperación de la ilusión de la normalidad, entendida como libertad.Dar la sensación de que la derecha populista podía liberar a las personas incluso de la realidad sanitaria era un objetivo necesario.

A todo esto, la izquierda, se ha equivocado de estrategia primero por exceso de soberbia, poniendo el foco en la gestión entre negacionista y liberal de la pandemia por parte de Ayuso en Madrid, para así denostar la deriva extremista del PP y la torpeza de la presidenta, dándole un protagonismo a Ayuso que ella ha sabido utilizar en su favor como promoción personal vinculada a la marca de Madrid, y más tarde ha sido el error de la codicia del poder y de la estabilidad del PSOE en coincidencia con la dirección de Ciudadanos en las mociones de censura de Murcia y como réplica en Castilla y León, en las que después de cosechar un fracaso estrepitoso, le han servido en bandeja la excusa perfecta al PP para justificar la disolución de la Asamblea de Madrid y la convocatoria electoral anticipada.

En definitiva, la izquierda ha aparecido en pandemia asociada a las restricciones y sus consiguientes recortes de expectativas económicas, algo rechazado electoralmente de forma muy transversal más allá incluso del voto de centro, y además en el plano político asociada también negativamente a la confrontación, el menosprecio y la desestabilización del gobierno de Madrid, hábilmente utilizado como antimadrileños por parte de Ayuso. Si a todo ello le añadimos la política de alianzas con los independentistas y la utilización entre otros temas de los impuestos de Madrid como moneda de cambio presupuestaria con ERC, la derrota estaba más que servida.

Por otra parte, el terreno social ha sido abonado por una izquierda populista que hizo del desprestigio de la política y la democracia una de sus banderas durante los últimos siete años. La germinación del simplismo arrollador de Ayuso se nutre de los discursos izquierdistas que anunciaban la insuficiencia de la democracia constitucional. Si bien es cierto que la Comunidad de Madrid lleva años siendo terreno fértil para la derecha prepopulista.

Tan solo se ha librado Más Madrid, desde fuera del gobierno central y su desgaste, al margen de la dialéctica de polarización populista y desde dentro de la Comunidad de Madrid y los problemas de los madrileños y en particular de la situación del empleo y de los servicios públicos. Mónica García ha sabido representar la prudencia y la solidaridad de los cuidados frente a la euforia del individualismo y el consumo.

Por eso, el problema no es que el PP de la depresión pase al optimismo, e incluso a la euforia, cosa hasta cierto punto lógica, aunque debido al carácter ciclotímico del actual periodo populista, haría bien en compensarlo con una cierta dosis de prudencia, no vaya a ser que la tortilla vuelva a darse la vuelta de aquí a unos meses.

Lo que es injustificable, ni siquiera en el contexto de la euforia, es que el propio Sr Casado, que sabe perfectamente que la operación de la nueva derecha populista que ha comenzado en Madrid muy posiblemente culmina con su sustitución, se adentre para defender su posición en el peligroso terreno de los delirios conspiranóicos de la extrema derecha, dando alas a la infamia de la atribución de una supuesta gestión criminal de la pandemia al gobierno de la izquierda con la amenaza de los juzgados, ésta vez con respecto a la decisión concreta de dar por finalizado el estado de alarma y de afrontar la fase final de la pandemia mediante las leyes de medidas especiales, de salud pública y de coordinación sanitaria con el protagonismo de las CCAA, que por otra parte son las competentes en la materia de gestión de la salud pública, incluso desde antes de las trasferencias sanitarias.

Algo por lo que ha venido clamando el propio PP desde el inicio de la pandemia y que luego ha desarrollado en su denominado plan B, que no es otra cosa que la impugnación del estado de alarma que paradójicamente ahora reclaman sus presidentes de comunidades autónomas, para atribuir, al margen de la Constitución, la competencia de las limitaciones excepcionales de derechos fundamentales, propias del estado de alarma, a las leyes de salud pública y por ende a los gobiernos de las CCAA. Todo sea por responsabilizar al gobierno, bien sea antes por acción y ahora por omisión. El populismo sea en la extrema derecha o ahora en la derecha, no parece tener límites.

Sin embargo, a pesar del oportunismo y el catastrofismo político de la derecha, nos encontramos, gracias á las medidas de salud pública y la responsabilidad ciudadana, y en el último tramo de esta dura pandemia, debido al rápido avance de la vacunación, solo lastrado en sus inicios por el incumplimiento de los contratos por parte de las compañías farmacéuticas y el acaparamiento de la mayoría de las vacunas por parte de los países desarrollados y más en concreto por los estados donde éstas tienen su sede como los EEUU o la Gran Bretaña, que no las han compartido hasta ahora, cosa que por el contrario sí lo ha hecho España en el marco de la Unión Europea y del programa COVAX de la OMS. Un éxito, hasta ahora no reconocido por la derecha, de la que solo se han escuchado reproches, primero sobre la lentitud en la contratación de las vacunas, luego sobre el fracaso de una supuesta actitud costera de la Comisión en la negociación conjunta de la UE y después sobre la tardanza en el ritmo de administración de las vacunaciones en relación a los países más acaparadores, insolidaridarios y egoístas.

En las próximas elecciones generales de 2023 veremos probablemente un polo de la libertad que aglutinará a toda la derecha en un único bloque electoral en cuya cúspide no estará Casado sino, muy probablemente, Ayuso y que prometerá la máxima libertad a toda España, la libertad de imaginar que no existe la realidad cuando ésta es dura. Todo totalitarismo empieza por ahí. Enfrentar esta comunión radical de la derecha exigirá una izquierda anclada en lo real.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.