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EL PERIÓDICO
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Hallazgos al trasluz de las urnas


Las urnas son fanales acristalados. Las papeletas que contienen, transparentan componentes muy dispares. Desde convicciones y principios razonados, hasta emociones viscerales súbitas. Cuando priman los primeros, los resultados consolidan la democracia, la estabilizan y fortalecen. Pero si se sobreponen la emotividad y la visceralidad inmediatas, las urnas pierden su tarea estabilizante. Y preludian incertidumbre y zozobra. Permítaseme afirmar que esto último es lo que pienso que ha sucedido en las elecciones del pasado 4 de mayo en Madrid.

No se trata de deslegitimar un resultado electoral. Nada de eso. A no ser que se hubiera producido una manipulación fraudulenta en el conteo de los votos. Cosa que, por cierto, algunos recelosos no descartan. Y ello habida cuenta de la forma en que el PP, según distintas sentencias judiciales, ha accedido, “dopado”, a numerosas otras elecciones anteriores. Lo hizo con copiosos fondos espurios procedentes de cohechos y sobornos a cambio de adjudicar luego contratas públicas, para financiar así sus campañas electorales. Hasta con trampas fiscales remozó su propia sede.

No parece ser ahora el caso. Lo importante aquí consiste en examinar a qué se ha debido la primacía del voto a la derecha radical, siempre legítimo, claro está, aunque muy presumiblemente basado más en pulsiones viscerales adversas que en razones fundadas de cabal política sanitaria. Porque del lado del partido vencedor en los comicios regionales, al no existir programa electoral -solo un retrato de su candidata y una mera consigna-, más una herencia de tumbos que le han impedido aprobar legislación alguna, su opción al electorado apelaba únicamente al voto visceral, irreflexivo. Trataba así de sacar rédito contra el Gobierno de la Nación, movilizando el disgusto existencial contra las restricciones y el obligado confinamiento dictados por la pandemia. Bares frente a hospitales ha sido la consigna. Y el éxito ha sido para ella.

Todo bien lejos de los programas racionales, preconizados por Más Madrid, el PSOE y Unidas Podemos, para poner coto a la extensión del virus. Estos propugnaban ante sus electores una gestión política y sanitaria eficaz que hasta hoy en Madrid, por acción u omisión del partido aquí gobernante, competente por ley en materia de Sanidad, ha fracasado de manera estrepitosa -y mortífera- en los dos años de mandato consumidos hasta ahora.

Veamos pues los motivos de un comportamiento electoral mayoritario. En el voto madrileño, ha arraigado la primacía –tóxica– del reclamo electoral al acceso libre al bar, sin considerarlo el potencial foco de masivos contagios víricos que implica. Lo ha hecho frente a la lógica sanitaria y la higiene de una sociedad ciertamente hospitalizada; la única lógica capaz de garantizar la asepsia general frente a la expansión de la pandemia. Detrás de la oferta electoral del partido ganador, algunos malpensados ven, incluso, la sombra de un guiño al negacionismo; no sería la primera vez, ni desgraciadamente la última, en que mecanismos de propaganda subliminal se ponen en marcha en un proceso electoral determinado. Pero lo cierto es que las causas reales a esclarecer son difíciles de desentrañar y de probar, porque operan en el interior del imaginario de manera muy contradictoria respecto a los efectos que consiguen.

Estado de Bienestar, normas obligadas

El llamado Estado de Bienestar, preconizado por los partidos de izquierda, promueve el acceso general al disfrute de grados aceptables de calidad de vida para el conjunto de la sociedad, señaladamente [email protected] [email protected] Propone mejoras en cuanto a empleo, salarios, protección y cohesión social. Pero, por otro lado, exige a sus beneficiarios un abanico de contrapartidas. La más importante, observar pautas estrictas de conducta. La Seguridad Social, como ejemplo, masifica el trato médico a los pacientes. Y aplica normas genéricas para la integración de la ciudadanía al completo en el sistema: datos; identificaciones; horarios rigurosos de citas; justificantes por doquier; requisitos administrativos… y un piélago de exigencias más, para asegurar una distribución igualitaria de prestaciones.

De este modo, la Economía y el Gobierno estatal, garantes del Estado de Bienestar, pasan a controlar una serie de escenarios vitales de cada ciudadano, así asegurado. Ello implica que las ventajas obvias de protección médica, sanitaria o laboral, se ven sometidas a una lógica que recorta en parte intereses del individuo en clave particular, para poder satisfacer, en clave general, los intereses del conjunto de todos. Tal lógica es considerada muy estricta, cuando no severa o implacable; sobre todo por parte de los jóvenes. Máxime en situaciones claustrofóbicas, como las que la pandemia ha impuesto, en que esas pautas resultan tan necesarias como aceptables de muy mala gana, si se perpetúan en el tiempo, como es el caso: un año y tres meses de eclipse social y vital. Es así como en la situación de excepción que implica la expansión asesina del Covid 19, en muchos de los Estados de Europa surgen pulsiones estatales muy fuertes para instalar una suerte de terapeutocracia. Algo así como un poder clínico o gobierno de los médicos, fórmula que impone rígidas conductas sanitarias y sociales orientadas a conjurar la creciente letalidad del virus.

Sobrevienen, así, conocidas –e impopulares- medidas: mascarillas obligatorias; rígida distancia interpersonal; asepsia sistemática; hidrogeles; vacunaciones masivas... Estas medidas se ven complementadas por otras de obligada seguridad laboral y empresarial en la forma de estabilidad en el empleo, niveles salariales mantenidos, ayudas a las empresas…que el Estado, a través del Gobierno, se compromete en garantiza: y lo hace mediante el llamado escudo social de los ERTES y numerosas otras disposiciones, normas y reglas garantistas.

El “mundo de la vida”

Pero, frente a todo ello se alza el llamado “mundo de la vida” (lebenswelt). Concepto procedente de la Fenomenología, consiste en la adquisición personal de entendimiento, que el individuo conforma en un conjunto de creencias y convicciones no problemáticas. Cada individuo accede a ellas desde la comunicación interpersonal, no desde ninguna instancia normativa lejana, como las surgidas de la Economía o del Estado. La identidad individual se forma pues de esta manera. Nace el fuero interno, en un proceso incesante de aprendizaje, siempre dentro de escenarios comunicativos, de relaciones interpersonales, también familiares o de grupo. Pero no de normas extra-individuales impuestas (*).

El pensador germano Jürgen Habermas explicaba que el mundo de la vida pasa a ser percibido como “colonizado” por la Economía y por el Estado de Bienestar. Viene a convertirse en una especie de losa que atrofiara la espontaneidad de los juicios individuales, morales y estéticos, de los cuales surge la personalidad. Y es precisamente en la juventud donde se perfila la autoconstrucción de la identidad. Ahora aparece el verdadero problema. El legítimo patrimonio existencial de numerosos individuos pasa a ser visto como sometido a una amenaza exterior aniquiladora.

En una torsión mental profunda, que puede ser forzada por una manipulación intencionada, la Política estatal, que es la interlocutora indispensable para la solución de problemas sociales, los sanitarios incluidos, pasa a ser culpabilizada de toda la adversidad existente. Se trata de una argucia mental simplista y falsa. Las pandemias no son generadas por los Estados, ni por este ni por ninguno. Son el resultado de patógenos de una rara naturaleza, a medias entre la vida y la muerte. Hay, sin embargo, formaciones políticas que instan a la insumisión impolítica contra la política estatal, vendiendo una emancipación no solo imposible, sino engañosa y con consecuencias mortales.

En el caso madrileño, el partido aquí mayoritario, en su campaña electoral, ha alentado a los votantes a anteponer un ilusorio horizonte emancipador -situado en las tabernas- frente al drama real y granate en las Unidades de Cuidados Intensivos, atestadas de agonizantes. Todo pareciera una reedición de la dualidad nietzscheana, el feroz combate entre lo dionisíaco, la sensualidad desatada, contra lo apolíneo, la bella racionalidad sensata.

Descolonización

De una percepción, también deficitaria, de la vitalidad existencial en la vida pública, surge buena parte de los llamados movimientos sociales. Estos se proponen, precisamente, la “descolonización del mundo de la vida”, mientras promueven la supresión de los mecanismos de integración avalados por el Estado y por la Economía capitalista. Asimismo, buscan sustituir los escenarios sociales asegurados normativamente por otros adquiridos cercanamente, humanamente, comunicativamente; mientras tanto, se proponen desarrollar instituciones de democracia directa. Y todo ello para situar el mundo de la vida por encima del Estado, rescatando la autonomía ciudadana, también desde una perspectiva anticapitalista. Algo así parecía destilarse en el movimiento del 15-M, que cumple ahora diez años.

Empero, los efectos del resultado mayoritario de las urnas madrileñas no pueden ser más opuestos e indeseados respecto de los perseguidos por los movimientos sociales surgidos en el 15 M. Y ello pese a mostrar alguna semejanza formal en una de sus motivaciones, la que reivindica el mundo de la vida para cada individuo. Porque del desenlace de los comicios en Madrid no va a surgir tipo alguno de organización política, alternativa, democrática o superadora del sistema. Antes al contrario, lo fortificará en uno solo de los partidos en escena, precisamente aquel que, cuando gobierna, ha demostrado imponer muchas más restricciones a la libertad personal -ley Mordaza- y a la justicia social –Reforma laboral- que ningún otro partido-. Además, la opción más votada en Madrid es la que más se aleja de la emancipación, al ser la que empaña más borrosamente el horizonte vital y el futuro de los jóvenes madrileños, con sus enjuagues económico-financieros, su política privatista sobre la vivienda, su apoyo a los desahucios, la sumisión a grupos inmobiliarios y sus prácticas corruptas.

Ida y vuelta

Por eso, el voto meramente visceral y antipolítico de muchos votantes, fruto del disgusto frente a la pesada claustrofobia impuesta por la pandemia, se volverá en su contra. Se trocará en la disolución, desorganizada y dispersa, de los anhelos vertidos en las urnas por el legítimo deseo de salir de las restricciones impuesta por el virus. Pero sus consecuencias, desde luego no previstas por sus votantes, van a cristalizar en una perversa idea y vuelta a la posición de salida: nuevos focos de contagio, nuevas Unidades de Cuidados Intensivos sobresaturadas, nuevas muertes, nuevas restricciones circulatorias para todos… como cabe prever tras los masivos festejos registrados en las principales capitales españolas al finalizar el estado de alarma. Estado de alarma que, de prolongarse indefinidamente, resultaría anticonstitucional. Por lo cual el Gobierno estatal se ve legalmente obligado a ponerle coto y pedir a los jueces que resuelvan y a los gobiernos regionales que actúen, conforme a las especificidades demográficas, clínicas y sanitarias de cada zona.

Un partido, que se dice constitucionalista, ha incurrido a mi juicio en fomentar la indisciplina sanitaria aventando una supuesta emancipación vital, canalizándola hacia el mostrador de un bar en lugar de guiarla a la contemplación de la mortífera evidencia de los dramas vividos en los hospitales, dramas estrechamente relacionados con la cautela sanitaria de la conducta personal de cada uno. El desconcierto social y moral consecutivo puede resultar incontrolable. Más dura será la caída de aquellos que lo incitaron y, tal vez, teledirigieron para provocar un tipo de caos con miras presumibles a desmontar un Gobierno legítimo mediante técnicas falaces, ya que los procedimientos democráticos no resultan viables para ese fin, por ilegal, ilegítimo e inmoral.

La comunidad médico-sanitaria, muy dolorida y decepcionada, lamenta los resultados de las elecciones regionales en Madrid. Y lo lamenta porque comprueba que la claustrofobia ha ganado en las urnas, venciendo a todo tipo de sensatez y de racionalidad. No quiera el destino que la supuesta expansión visceral del momento acarree nuevas y muy graves restricciones y hospitalizaciones. Pero se trata de una probabilidad cierta.

Por fortuna, recapacitar siempre es posible. Y, aunque nos disguste hacerlo, es tarea instar a ello también por parte de quienes, con la responsabilidad social como divisa, contribuimos desde los medios de información al despliegue de la opinión pública y de la crítica social y política.

(*) “Capital y Estado: el debate derivacionista. Eds: Joachim Hirsch y John Holloway. Albert Bonnet y Adrián Piva. Epílogo de Mario Domínguez. Publicado por Dado Ediciones S.L. Madrid. 2021.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.