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Cuando no es Madrid, es Catalunya: ¡Qué hartazgo!


En España parece que tenemos dos problemas: Madrid y Cataluña. Lo siento pero así lo pienso.

Cuando aún estamos con la “resaca madrileña” en la que hemos visto convertida la libertad de nuestros antepasados, (la libertad conquistada con sudor, lágrimas, guerras y vidas) en la libertad de hacer “lo que me da la gana” que se reduce a algo tan simple como tomar una cerveza o unas patatas bravas, aparece de nuevo el problema que se ha convertido en permanente del independentismo catalán.

Tengo la sensación de agotamiento, de amargura, de incomprensión, de falta de conexión con la realidad social o con lo que está pasando.

No he entendido la marea “ayusista” en forma de populismo barato y emotividad psicológica que busca el interés más egoísta. De la misma forma que me parece el cinismo más puro que, después de haber ganado Madrid bajo la bandera de la libertad, Casado se erija ahora como el defensor de regular la libertad de movimientos para controlar los desmadres festivos. De cinismo está lleno el PP.

Ahora, tampoco entiendo el desajuste independentista que está llevando a la deriva a una comunidad próspera y emprendedora como Catalunya que lleva años en caída libre.

Todos sabemos que resulta complicado un acuerdo independentista entre dos fuerzas divergentes: una de izquierdas y otra de derechas, cuando además de árbitro se encuentra la CUP. Pero lo sorprendente es que su falta de entendimiento no se encuentra en la ideología, que queda aparcada por intereses independentistas, sino por las tensiones entre los dos principales partidos independentistas para controlar el gobierno. Y eso, además, con un Puigdemont controlando la situación desde el extranjero.

¿Llegarán a un acuerdo para evitar elecciones? A estas alturas no sé si es lo importante. La desconfianza entre ellos está instalada, la frustración entre la sociedad ha hecho mella, la falta de gestión gubernamental es una evidencia, y que el independentismo no gana adeptos también es un hecho.

Hemos de recordar los datos una vez más. La participación del 2021 cayó a un 53,54% frente al 79% del 2017. Una falta de participación que, de algún modo, revela el cansancio de la propia sociedad catalana, harta de tanta contienda independista y de perder su visibilidad económica y emprendedora.

El segundo dato es muy revelador. Con una participación de 25 puntos menos, el PSC se convierte en la primera fuerza política creciendo además ¡50.000 votos! Menos votantes catalanes pero más votos para el PSC.

En cambio, el independentismo se deja por el camino a muchos acólitos cansados de este peregrinaje inútil. Mientras que en 2017, los tres partidos independentistas tenían casi 2.080.000 votos, en 2021 consiguieron 1.361.000, es decir, se han dejado por el camino casi 700.000 votantes que deberían ser personas comprometidas hasta el final con esta batalla.

No fueron bien los resultados para ERC y Junts, pese a que se empeñaran en convencer a la sociedad catalana que ellos eran la opción política. Tres meses después, el resultado electoral se consolida como un gran desastre. Todavía sin gobierno, sin posibilidad fácil de formarlo, y, en caso de que se haga in extremis, tendremos la impresión de que nace fallido.

Sin embargo, lo que más me sorprende negativamente, lo que me genera más estupefacción, lo que me aleja cada vez más de lo que está pasando en las democracias actuales es el odio, el extremismo, el insulto fácil, la aniquilación del otro.

Los últimos gritos amenazantes no se oían entre fuerzas divergentes y enfrentadas como hemos visto otras veces, que ya me resultaban incomprensiblemente vergonzosas. Esta vez se produce en el seno del mismo independentismo, entre los que deben ser socios de gobierno. Al grito de: “Junqueras, púdrete en prisión”.

Sinceramente, no puedo entenderlo. Jamás he deseado que Junqueras ni ninguno de ellos estuvieran en prisión. Desde mi posición distante y frontal, desde mi posición que no comparte el independentismo, desde mis críticas a la gestión de Puigdemont y Torra que fueron nefastas y confrontadoras, desde mi visión del daño que se está haciendo a la sociedad catalana y española, jamás quise que acabaran en prisión. Siempre pensé que podría haberse buscado soluciones dialogantes, mesas de acuerdo, política y parlamento, pero no la prisión. De la misma manera, hoy me siento incapaz de desear que Junqueras “se pudra en prisión”.

Si ese es el argumento que se permite en las calles de Catalunya para defender posiciones políticas, significa que la democracia está muy mal de salud, pero también que los sentimientos y valores de quienes así lo proclaman son miserables.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.