Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

“La falta de educación arquitectónica y urbana es el principal enemigo del patrimonio”


Javier García-Gutiérrez Mosteiro es arquitecto y catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (2007), de la que también ha sido subdirector de Doctorado, Postgrado e Investigación. Dirige el Máster Universitario en Conservación y Restauración del Patrimonio Arquitectónico que organiza la ETSAM madrileña. Profesor invitado en distintas universidades españolas y extranjeras, colabora en las principales revistas de Arquitectura. Ha sido comisario de distintas exposiciones dentro y fuera de España; entre otras, «Guastavino Co. (1885-1962) La reinvención de la bóveda» (2001), en colaboración con la Columbia University. Autor de numerosos artículos y libros sobre patrimonio arquitectónico, disciplina en la cual es considerado como uno de los principales expertos en España.

R. Fraguas. En la determinación conceptual del patrimonio ¿qué papel juegan los paradigmas culturales, sociales, económicos o políticos vigentes, son —o no— determinantes de su validación social?

Javier G. Mosteiro. La estimación de los valores del patrimonio arquitectónico depende, por supuesto, de esos paradigmas. No olvidemos que las decisiones sobre qué y cómo —y con qué medios— conservar, son decisiones esencialmente “políticas”, en el mejor sentido de esta hoy tan desprestigiada palabra. Pero advirtamos, en cualquier caso, que esa determinación conceptual no debe estar al albur de los tiempos y sus modas, sino que debe asentarse en la cultura de preservación patrimonial desarrollada, sobre todo, desde principios del siglo XIX y —a través de Cartas y Recomendaciones internacionales— a lo largo del XX.

Pregunta. La percepción del valor del Patrimonio, ¿es –no- de la misma naturaleza para distintos grupos sociales según su capital social, la formación cultural, el nivel de renta, la sensibilidad estética… entre otros registros?

Respuesta. Sólo podría contestar a esta pregunta afirmando que la percepción del valor del patrimonio que interesa es la que —más allá de los “grupos sociales” que me plantea— se asienta en el valor común de la educación. En este sentido, la valoración del patrimonio arquitectónico y, por extensión, urbano, deja mucho que desear en España, respecto a la que se otorga a otras formas culturales o artísticas.

P. En su concepción de lo que significa el Patrimonio, ¿qué dimensión lo definiría de mejor modo?

R. Aloïs Riegl, en su librito “El culto moderno a los monumentos”, obra que, aun contando con casi 120 años, se mantiene muy joven y que siempre hago leer a mis alumnos, lo deja muy claro. En ella caracterizó las dimensiones patrimoniales que desde la contemporaneidad podemos encontrar en los monumentos. Entre otros valores monumentales y su evolución histórica —una verdadera “axiología”— precisa muy bien qué entendemos por “valor histórico”, “valor artístico”, “valor rememorativo intencionado”, “valor de antigüedad”…

P. ¿Sería quizás la historicidad la que aúna —o no— el mayor número de significaciones y dimensiones de lo patrimonial?

R. El valor histórico es, sin duda, uno de los más presentes en el patrimonio arquitectónico; pero no tiene por qué ser siempre el más significativo. Cada edificio, cada parte o cada conjunto, presenta un balance de valores distintos. Si aquí predomina el valor histórico, allá lo puede hacer el formal arquitectónico; y acullá, el de antigüedad. Lo importante es que estemos en condiciones de sopesar todos estos valores; y actuar, claro, en consecuencia.

P. ¿Cuál considera ser el principal enemigo o principales enemigos del legado patrimonial entendido según su criterio?

R. Me he referido antes al valor de la educación: la falta de esta educación arquitectónica y urbana es el principal enemigo. La consabida secuencia “conocer/valorar/conservar” es la clave. Si no conocemos, no podemos otorgar valor; si no valoramos, no podemos tener políticas de conservación. En el patrimonio arquitectónico y urbano se dan, además, otros enemigos: el alto coste del mantenimiento, la necesidad de garantizar un uso para el edificio, la acción erosiva del turismo de masas, la especulación inmobiliaria…; pero todos ellos prosperan gracias al que he señalado en primer lugar.

P. La experiencia muestra que no todo legado patrimonial se quiere, se puede o se debe mantener. ¿Cuál sería el criterio idóneo para actuar de manera más pertinente y respetuosa con el legado patrimonial tratado?

R. Me he referido a cómo, en última instancia, las decisiones sobre la conservación patrimonial (establecer qué edificios o conjuntos están “protegidos” y con qué nivel de “protección”) es una cuestión socializada y “política”. Pero hay muchos casos de edificios que no están protegidos y que, sin embargo, cuentan con valores patrimoniales. Tenemos que volver aquí a ese valor de la educación y apelar a la acción cultivadamente conservacionista —que no simplemente “conservadora”— de los propietarios, ya sean éstos privados o de las administraciones públicas.

P. Si un objeto patrimonial de probado valor excepcional o singular se halla en peligro de consunción, destrucción o ruina en el interior de una propiedad o institución privada, ¿atribuye —o no— al Estado la capacidad de intervención al respecto? ¿Hay legislación adecuada sobre este particular?

R. Si un bien está protegido, el propietario, aunque sea privado, está obligado a su conservación (cosa que no siempre es fácil); y la Administración pública debe ayudar a esa conservación. La legislación existente debe mejorar no poco en este punto.

“Frente a la extendida expresión “puesta en valor” defiendo un balance de valores y de tiempos como criterio de intervención”

P. El concepto de Patrimonio suele verse asociado al de intervención, actuación que presenta una variada tipología. Dependiendo del objeto patrimonial tratado y del tipo de intervención elegido, ¿cuál ha de ser, a su juicio, el criterio prioritario para una adecuada intervención patrimonial?

R. En cada caso confluyen e interactúan valores patrimoniales distintos; y cada uno de ellos, condiciona un tipo de intervención. No puede darse, por tanto, un criterio prioritario para la intervención. El único invariante que yo propondría reside en el método: el comprender lo mejor posible la realidad compleja del edificio; escuchar lo que el edificio nos puede decir antes de empezar a intervenir en él; y, junto a la estimación de los distintos valores que converjan, atender también a los distintos momentos históricos que puedan quedar registrados en el edificio. En este sentido, frente a la extendidísima expresión de “puesta en valor” del edificio (que suele atender, en efecto, a “un” solo valor) defiendo la de “balance de valores”; y ampliaría también, a “balance de tiempos”. Si hay una forma segura de equivocarse en una intervención es la de optar por un solo valor, olvidando los otros; y la de optar por un “tiempo”, desatendiendo las transformaciones y añadidos históricos.

P. A grandes rasgos, ¿cuál es el estado de salud del patrimonio arquitectónico-urbano en España?

R. Se ha progresado en muchos aspectos; pero no en todos. Frente a los logros técnicos y materiales podemos echar en falta, muchas veces, un proporcional avance en criterios de intervención. A la vista de recientes actuaciones en edificios históricos (algunas de ellas muy celebradas) me pregunto si no se está retrocediendo en mucho de lo que hemos hecho en el siglo XX en materia de restauración, tanto en teoría como en práctica. España se caracteriza por ser, a la vez, gran potencia patrimonial y turística. Pero la deseable “simbiosis” que debería producirse entre turismo y patrimonio parece lejos de cuajar; y la sobreexplotación turística de edificios y conjuntos históricos empieza a ser un hecho.

“La España vaciada nos abre una magnífica oportunidad para replantear criterios y prácticas de intervención en arquitectura popular”

P. ¿Cuáles son las áreas geográficas y los ámbitos patrimoniales donde el Patrimonio corre más peligro en España? ¿Y a escala continental europea?

R. En España me preocupa mucho el patrimonio urbano. Somos capaces de conservar más edificios, pero tengo serias reservas sobre la adecuada conservación de sus valores ambientales. La conservación del patrimonio vernáculo es también una cuestión acuciante. Se ha dilapidado buena parte de uno de los conjuntos de arquitectura popular más ricos y más variados del mundo. Ante el actual intento de recuperación de lo que llamamos “España vaciada”, se nos abre una magnífica oportunidad para replantear criterios y prácticas de intervención en arquitectura popular. Respecto de lo que me pregunta a escala europea, me inquieta que se esté extendiendo la práctica de intervenir en el patrimonio con criterios de espectacularidad populista, usando el edificio existente para mayor lucimiento de la obra nueva en vez de proceder al revés.

P. ¿Cómo cabría definir la intervención que se despliega en nuestros días en la catedral parisiense de Notre Dame y cuál es su opinión al respecto?

R. Creo que la serie de “ocurrencias” que están divulgándose sobre cómo reinterpretar Notre Dame es forzada —e imagino que alentada por determinados poderes—. Vimos en directo, con lágrimas en los ojos, cómo ardía Notre Dame y cómo se desplomaba la flecha de Viollet-le-Duc. ¿Algún problema, conceptual o económico, en reparar lo que se ha perdido de la noche a la mañana? La estructura está perfectamente documentada y las esculturas —entre ellas, la que representa a Viollet— milagrosamente preservadas, al haber sido retiradas unos días antes del incendio. No veo en ello, a decir verdad, lo “nostálgico” —como indicaba Cesare Brandi a propósito de la reconstrucción del Campanile di San Marco— del célebre lema “com’ era e dov’era”.

P. Generalmente vemos que históricas construcciones monumentales, por ejemplo, catedrales, muestran en su hechura sucesivas añadiduras que, tras haberse insertado distintiva y secuencialmente, acaban por integrarse de manera armónica o inarmónica en el conjunto. ¿A qué obedece el éxito –o también el posible fracaso- de aquellas incorporaciones, es posible una sensibilidad artística digamos, transhistórica?

R. La cuestión de las incorporaciones y añadidos históricos se ha producido a todo lo largo del tiempo. Desde el templo de Karnak o las pirámides de Teotihuacán hasta San Pietro in Vaticano; desde la catedral de Canterbury a la Mezquita de Córdoba; desde el Brunelleschi de Santa Maria del Fiore al Asplund del Ayuntamiento de Gotemburgo. Si reparamos bien en todos estos casos, veremos que la bondad del resultado no ha residido en implantar, sin más, un lenguaje pretendidamente nuevo, sino en haber llegado a analizar y aprehender la complexión del hecho arquitectónico preexistente. Algo esencial y disciplinarmente arquitectónico; nada que ver con el gesto que se agota en sí mismo.

P. ¿Qué opinión le merece la anunciada construcción de un puente ultramoderno a escasa distancia del puente romano de Alcántara?

R. El puente de Alcántara es una de las más relevantes construcciones romanas no sólo en España; y su íntima relación con el paisaje es por completo indisociable de su valor patrimonial. Lamento la interferencia que se va a producir con la nueva construcción —para mí, un perfecto y sangrante ejemplo de esa falta de educación en materia patrimonial, a la que ya me he referido—.

P. ¿Podría dar su opinión al respecto de la pertinencia —o no— de la solución dada por el artista Antonio López al encargo del arzobispo burgalés para ornamentar el pórtico de la catedral en su 800º aniversario?

R. La propuesta del gran pintor y escultor Antonio López, que podría ser meritoria en otro lugar, no ha querido entender qué es la fachada de una catedral. Ningún problema en incorporar arte contemporáneo a una catedral (siempre se ha hecho); pero esto, a condición de que esa incorporación no sea una “superposición” que destroce valores más generales. Aparte de consideraciones teológico-litúrgicas, que sería conveniente analizar, ese proyecto no se articula con la escala de la fachada. Y, algo peor: esas puertas, que no parecen pensadas para estar abiertas (¿la cara de Dios partida por la mitad?), nos llevan a pensar en una intencionada suplantación de algo tan simbólico y sacro como es la entrada al templo en “hornacinas” diseñadas para una explotación turística.

“Muchos arquitectos van a tener que trabajar en lo ya construido, pero los seguimos formando solo en obra nueva”

P. ¿Cuál es, a su juicio, la ecuación idónea para correlacionar de manera apropiada al rehabilitador patrimonial con el objeto patrimonial tratado?

R. Hablando de patrimonio arquitectónico, no tengo duda: creo que la mejor manera sería que las Escuelas de Arquitectura incluyeran en sus planes de estudio un itinerario troncal y obligatorio en materias de conservación patrimonial, cosa que ahora, salvo alguna irrelevante excepción, no se cumple. No pequeña parte de los muchos arquitectos que formamos en la Universidad española van a tener que trabajar en lo ya construido; sin embargo, los seguimos formando para construir sólo obra nueva.

P. Usted es uno de los expertos en España en estudio, comportamiento y tratamiento de la piedra como elemento sustancial de la tectónica, la construcción y el ornato. El anunciado cambio climático, ¿pone o pondrá en peligro la perennidad atribuida a la piedra?

R. Sólo podemos prever —ya casi “ver”— algunas consecuencias de ese anunciado cambio climático. Y, desde luego, conocemos cómo ha incidido la contaminación en la superficie de la piedra (y, de paso, como ha hecho proliferar muy inadecuadas “limpiezas” de fachadas históricas). Respecto a lo que me pregunta: por un lado, nada es definitivamente perenne; por otro, si corre peligro esa “perennidad atribuida a la piedra” antes, mucho antes, se verían afectados otros relevantes –y más vulnerables- valores patrimoniales.

P. ¿Cuál es el valor real del patrimonio, entendido en sentido amplio, en la configuración del bastidor de valores y símbolos de una sociedad determinada como la española del siglo XXI?

R. En fin, para mí, el valor que tiene el patrimonio (y por eso la costosísima tarea para su conservación) no es otro que el de elevar a la sociedad a más altos niveles de cultura, a una mayor trascendencia. Precisamente por esto, tiene que ser algo mundial, extendido a toda la Humanidad. En este sentido, no estoy muy de acuerdo con esa creciente idea de unir la palabra “patrimonio” con la de “identidad” (y más frecuentemente, “identidades”).

P. ¿Hay alguna pregunta no formulada que le gustaría enunciar y dar respuesta?

R. Bueno, pues sí. Me hubiera gustado que me hubiera hecho Usted esta pregunta: “¿Su dedicación al patrimonio arquitectónico, qué le produce más: goce o pesar?”; pero esa pregunta la contesto otro día.