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EL PERIÓDICO
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El principal problema de España


Nadie se enfrenta contra todos los gigantes a la vez. Salvo la izquierda en España. Han sido y son aún muchos los gigantes contra los cuales la izquierda ha consumido lo mejor de su energía: amén de las lacras crónicas de la desorganización, el apoliticismo, el espíritu inquisitorial y el dogmatismo religioso, combatió con denuedo, el latifundismo, los caciquismos, señoritismos y fascismos. Y prosigue su combate contra el capitalismo más desalmado. Eso sí, sin olvidar la denuncia de las injerencias estadounidenses, inglesas, alemanas, francesas y hoy mismo, marroquíes, en la política exterior, incluso interior, españolas. Muchos y muy poderosos enemigos históricos. Pero, en esa lid, la izquierda, es decir, las organizaciones políticas movidas por la defensa y el progreso de la mayoría social, ha incurrido en un error evidente: convertirse en esclava de sus propios ideales de igualdad, solidaridad y justicia social. La libertad se la quedaron los mercados.

Ambicionar simultáneamente tantas metas ha sumido a la izquierda en una fatiga moral, en un estrés vital que debilita peligrosamente su entusiasmo. Pero en su entusiasmo, precisamente, ha residido su fuerza transformadora de la adversidad antisocial. ¿O es que alguien piensa aún que la lucha contra la pobreza, la desigualdad y la injustica, hoy ampliamente reducidas en gran parte de las sociedades occidentales, o bien la costosa conquista de la democracia en España, fueron regalos de los dueños del dinero a través de la derecha que gestiona su poder?

El entusiasmo de la izquierda se basa en el compromiso social de su actividad política con la vida pública. Fue el mismo entusiasmo que, con su empuje desde fábricas, aulas, calles y templos, permitió consumar los anhelos democráticos arrebatados a España por la dictadura de Franco. Y ello mientras otras fuerzas políticas en presencia –que las había: monárquicas, tradicionalistas, tecnocráticas, falangistas, clericales y liberales- gobernaban, colaboraban y contemporizaban con el dictador, o bien callaban rumiando su sumisión al régimen.

Del Estado de Bienestar

Hoy se piden cuentas a la izquierda por el destino del añorado Estado de Bienestar. Debe saberse que fue resultado del pánico del capitalismo occidental a una comunistización de Europa tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Victoria que, no debe olvidarse, no hubiera sido posible sin la presencia militar, ideológica y política de la Unión Soviética. Al ver las orejas al lobo, el capitalismo industrial de la época, golpeado por la crisis de 1929, espabiló y decidió transar con la clase trabajadora unos escuetos, pero reales, registros de distribución de la riqueza. También pactó unos ciertos modos de planificación estatal que elevaron los niveles de vida de manera evidente y generalizada. Las generaciones nacidas entre 1945 y 1973 han sido consideradas una excepción histórica precisamente por aquella situación, que aflojó parcialmente la tiranía del capital, cristalizó en cuotas inéditas de distribución de cierta riqueza y, por primera vez en su Historia, la clase trabajadora de toda Europa pudo comenzar a respirar, ahorrar y viajar. No mucho más.

Hoy, sin embargo, el Estado de Bienestar permanece difunto tras ser desmantelado intencionadamente no por la izquierda, sino por la voracidad del capitalismo financiero, incapaz ya de soltar un solo euro, ansioso como nunca lo ha estado por redoblar su tasa de ganancia, pese a la situación de pandemia en la que vivimos.

¿Quién acabó con el estado de Bienestar? ¿La izquierda? No. Se equivocan quienes creen que fue la izquierda su sepulturera. Rotundamente, no lo ha sido. Con el Estado de Bienestar acabó el capitalismo financiarizado, desmaterializado, que materialmente degolló al capital industrial, obligado otrora a crear empleo para desactivar el conflicto social desde presupuestos fordistas, que localiza el trabajo industrial y, por ende, fortifica la solidaridad obrera. Bancos y Bolsas se encargaron de laminarlo con el aparataje siniestro de la ingeniería financiera. Ahora, el capitalismo de las grandes plataformas, que no crea apenas empleo y solo sabe especular, que es lo suyo, se limita a cebar el proceso de autovaloración del valor, suprema mercancía del universo del capital, mercantilizado hasta la náusea, bajo su férula.

Nadie se engañe. Todo régimen democrático constitucional y parlamentario, incluso dentro del Estado de Bienestar, en ningún momento deja de favorecer la acumulación de capitales y de garantizar la legitimación del capitalismo mediante la persuasión institucional y, por si fallara ésta, el monopolio legal de la violencia. Pero en aquella etapa excepcional entre 1945 y 1973 (año de la crisis del petróleo que puso fin a la edad dorada), el Estado se auto-limitó lo suficiente como para aparentar que se erigía en árbitro entre la esfera de los intereses privados y la esfera de los intereses públicos. Logró dar el pego aquellos años; pero muy pronto volvió a las andadas, en socorro de las pirañas habituales, a las que regaló fiscalidad, obra pública, medios de comunicación, contratas…

No se llame pues nadie a engaño. Ni se pida cuentas a la izquierda de errores que no ha cometido, pese a los muchos de los que sí es responsable. Renunciar a los ideales igualitarios, solidarios y libertarios por parte de la izquierda es una propuesta suicida. El principal problema de la izquierda española no es la preservación de sus ideales, sino más bien ha sido el abandono de la teoría y del estudio de la realidad contemporánea, donde la tecnologización de la vida y el trabajo ocupa el lugar central, hegemónico.

La aplicación de la informática, la telefonía y la incipiente robótica a los procesos vitales y laborales ha sido tan intensa y descontrolada, que la productividad es hoy prácticamente infinita. Dada la persistencia incambiada de arcaicas estructuras de poder, la distribución de los beneficios del trabajo humano sigue guiando la riqueza hasta las manos y los bolsillos de los de siempre. Eso es lo que la izquierda no ha sabido analizar en profundidad para poder proyectar en su contra aquel entusiasmo transformador ahora debilitado.

Aferrada motivadamente a la Modernidad racionalista, la izquierda no ha sabido percatarse de que esa desbocada tecnologización del mundo ha pulverizado las concepciones sobre el espacio y el tiempo, dimensiones sobre las cuales se ha sujetado desde casi siempre el discurso de la izquierda, el discurso racional, social, igualitario y solidario. Y esa virtualidad inmaterial, atópica y acrónica, hacia la cual todo se ve hoy versado, sintoniza sobremanera tan solo con el capitalismo financiero, tan inmaterial, deshumanizado e inasible espacial y temporalmente como la propia herramienta tecnológica descontrolada.

Mientras la izquierda no recupere, reformulándola, su propia teoría innovada, su praxis política no dará frutos. Su mensaje emancipador, devaluado por su combate simultáneo contra tantos gigantes a la vez, será solo la voz que clama en el desierto.

Estos lodos

Describamos los retos políticos que la izquierda española encara hoy. Como sabemos los que aún recordamos la lucha desde la clandestinidad antifranquista, nada hizo la derecha de entonces por la democracia. Como mucho, transigir, gesto que algunos encomian como decisivo. Sin embargo, no tenía otra alternativa que aquella: el franquismo se había agotado en sí mismo; no daba más de sí. Perseverar en su moribundia hubiera implicado para la derecha su propia muerte. Por eso se agazapó durante unos cuantos años; dejó hacer al centrismo suarista y, conservando el poder económico, renunció a cualquier comparecencia abierta en política; cedió campo libre a la izquierda, que se alzó merecidamente con el ascendiente ético de la lucha, la conquista y la victoria de la causa democrática para España.

En lo inmediato, la izquierda se enfrenta hoy contra los herederos de aquella derecha franquista que un día transigió, aunque estos legatarios suyos se muestran incapaces de ceder un ápice para facilitar la gobernabilidad en España en circunstancias tan dramáticas como las que el país vive y va a vivir. La cúpula real de la derecha que, tras comparecer culpable de corrupción ante los tribunales ni se arredra ni se niega a abandonar la escena, teledirige a la actual dirección política que figura como titular de la cosa.

Por otra parte, la izquierda contempla atónita la consunción de una opción centrista otrora necesaria, pero hoy abocada a la desaparición por sus tendencias ideológicas autodestructivas; son las mismas que la han llevado hacia su plena incrustación en la derecha laminada por el ultraliberalismo actual, con un olvido evidente de su compromiso ideológico con el liberalismo de verdad, desnudo ya del impulso crítico y anti-absolutista que acompañó su nacimiento en el siglo XVIII, reformulado en clave española en las Cortes gaditanas.

Como colofón, la izquierda se enfrenta a pecho descubierto contra una extrema derecha ultramontana; sin ideas, ni discurso, ni talento visible. Desconcertante por sus espasmos racistas, machistas y supremacistas, pareciera que solo sabe afirmarse negándolo todo a todos, con el No como única clave de bóveda de su programa impolítico.

Las tres opciones descritas de la derecha se ven signadas por una evidente falta de sentido de Estado; tanta, que no les ha importado infligir a la ciudadanía la hiriente zozobra de la inestabilidad y la desunión, cuando, alanceada y dolorida España por la gravísima mortandad y el extremo dolor causado por la pandemia, precisamente más necesitaban los españoles gestos de unidad de sus fuerzas políticas para sobreponerse anímica, moral y políticamente a un virus asesino: casi 80.000 muertes; 3.650.000 personas contagiadas; y aún están por aflorar las heridas psíquicas y las secuelas patológicas y genéticas causadas por la hecatombe sobrevenida a 47 millones de nacionales.

Incluso núcleos influyentes de esas tres derechas, en esas circunstancias de dolor infinito, anteponiéndole un apetito insaciable de poder -del que su corrupción les apartó en las urnas- han hecho alarde de un golpismo descarado: han llamado a intervenir al Ejército; han boicoteado la acción parlamentaria; han acudido en comandita a Bruselas para impedir que el dinero de Europa, 144.000 millones de euros, fluya sin cortapisas y cubra la doliente erosión vital causada por el patógeno a los españoles. Sin la menor consideración, han pretendido y pretenden todavía tumbar antidemocráticamente y como sea un Gobierno de coalición, el primero en 40 años, para castrar cualquier intento de idear conjuntamente una salida política para nuestro país.

Crisis existencial

Porque no es la pandemia el único desafío que España encara: el país afronta una crisis existencial de envergadura insospechada, cuyas fauces asoman por detrás de la pandemia y que se basan en una inquietante pregunta: ¿de qué va a vivir España en los próximos años? La agenda laboriosamente pergeñada para el año 2050, dada la derecha de la que España dispone, convierte todo proyecto estatal y nacional en verdadera quimera. La derecha es el gran problema de nuestro país. Hay personas cualificadas que aún no se han percatado de esta evidencia. Voces sensatas y respetables de la derecha, como el presidente autonómico gallego Núñez Feijoo, son acalladas intencionalmente por petimetres, con o sin faldas, analfabetos política y moralmente, para ocultarlas bajo el ruido ensordecedor de sus provocaciones en el Parlamento, en las Asambleas regionales y en las tertulias.

Claro que la izquierda debe hacer autocrítica, nunca ha dejado de hacerla. Pero es preciso reconocer que es imposible gobernar cualquier tipo de país cuando una parte importante de la clase política, máxime si -contra todo pronóstico racional- conserva ascendiente electoral como es el caso de la derecha en España, carece de la inteligencia y la responsabilidad mínimas y necesarias para cogobernarla.

Ahora, esas derechas unificadas en la deslealtad institucional a su propio Estado y a su propio país, agitan una pírrica victoria electoral en Madrid –el triunfo de las cañas frente al de las camas de hospitales- protagonizada por una mujer en manos de tiburones de la marrullería electoral, que nunca querrán explicarle qué significa y para qué sirve la política en una democracia.

Provocar es la consigna

Conviene no olvidar zanjado el problema terrorista en el País Vasco, gracias, recordémoslo, a la iniciativa política, no simplemente policial, de Gobiernos socialistas, frente a la ineficacia de sucesivos Gobiernos de derecha anclados en propuestas meramente de fuerza; la derecha sigue insistiendo en criminalizar a buena parte del pueblo vasco; se muestra empeñada, como sea, en romper todos los puentes trabajosamente establecidos para cambiar los disparos a quemarropa por palabras y superar así los terribles traumas dejados a su paso por la lucha armada terrorista, cuyo nacimiento coincidió con la proliferación de prácticas de tortura por parte de la Brigada Político Social franquista.

Persiste además la derecha, en sus tres dimensiones, en provocar a una parte del pueblo catalán, donde es evidente la existencia de un sentimiento de desafección hacia el Estado y la Monarquía. La derecha se muestra incapaz de comprender la necesidad de restablecer allí el desequilibrio entre la legalidad, vulnerada por la corrupción de los Gobiernos electoralmente fraudulentos del PP, y la legitimidad consecuentemente perdida a costa de aquella erosión. La deriva secesionista, que tiene raíces tan propias como equivocadas, halló precisamente en el divorcio legalidad-legitimidad una coartada para su ideario victimista, tan extraño a la democracia. Asimismo, la otrora pujante burguesía nacionalista catalana, aferrada al capitalismo industrial, no acepta la financiarización especulativa anti-industrial del actual capitalismo, que sitúa todo él en Madrid, a pesar de que lo tiene bien incrustado en la misma política catalana. Pese a ello, coquetea con el independentismo.

Tampoco el anterior titular de la Corona ha estado a la altura de los tiempos; pese a ver sus actos blindados por una ominosa secrecía regida por una ley preconstitucional, la de Secretos Oficiales, de 1968, ha trascendido su turbia conducta fiscal, inadmisible en quien presidiera la jefatura del Estado español durante cuatro décadas arropado con el afecto de su pueblo. Ha contado, asimismo, con el amparo de una Justicia que, debiendo ser parte de la solución, es considerada abiertamente parte sustancial del problema existencial de España, corresponsabilidad compartida por los medios de comunicación que callaron aquellas conductas incalificables.

Este es pues el panorama al que la izquierda se enfrenta. Culparle de todos los males de la patria es tan injusto como descabellado. Démosle tiempo para que reflexione y recupere su mensaje y su compromiso de emancipación social y de progreso.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.