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EL PERIÓDICO
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“La estrategia de la confrontación”


En algunos lugares se traslada el mensaje de que todos los políticos son (somos) iguales, que la crispación que vive la política nacional en España es imputable por mitades y de manera ecuánime a izquierda y derecha. Y lo cierto es que no es así.

Existen dos datos objetivos que refutan esta interesada teoría destinada a meter en el mismo saco a todos y de paso minimizar el impacto que, para el nivel de la política en España, está teniendo la actitud y los altavoces de la ultraderecha. Y es que si todo el mundo es igual, entonces nadie es diferente. Ergo, igualamos a quienes hacen del ataque verbal su modus vivendi con quienes lo soportan/soportamos.

El primer dato objetivo requiere sólo de un poco de memoria, no mucho más. Todos recordamos cómo el Partido Popular ha tratado de manera reiterada a los dirigentes socialistas cuando ellos han estado en la oposición. Los que ahora dicen que “Felipe González sí es un buen socialista” son los herederos de los que montaron una operación político mediática salvaje destinada a hacer fuera del gobierno a los socialistas.

Y es que si ha habido una constante en estas décadas es el hecho de que, para la derecha, el socialista bueno siempre ha sido el que no está en ese momento, pero que cuando estaba en el gobierno era objeto de las críticas más dañinas. Cabe recordar incluso el intento de agresión que el fallecido Alfredo Pérez Rubalcaba sufrió en el 2005…

El segundo dato tiene que ver con la actitud política de un partido que, dicho sea de paso, tiene tanta legitimidad en el Congreso como el resto de los que estamos allí, puesto que la voluntad soberana de los ciudadanos nos ha puesto a todos con sus votos.

Ese partido, que recoge el testigo político que de manera testimonial tuvo la ultraderecha franquista en los primeros pasos de la democracia, ha hecho una apuesta estratégica por la confrontación verbal y gesticular.

Con una estrategia pensada y no sujeta a la casualidad, la ultraderecha descarta la diplomacia en muchas de sus intervenciones parlamentarias, dando como resultado que su actividad política ha dado sobradas muestras de faltas de respeto, exceso de confrontación y de ausencia del decoro mínimo exigido a una fuerza parlamentaria y que supone una enmienda a la totalidad a lo que el parlamentarismo supone.

Y que para nada responde a lo que han de ser las relaciones entre fuerzas políticas o la imagen que hemos de transmitir a nuestros conciudadanos. Es por ello que no podemos acostumbrarnos ni que nos parezca normal.Ni igualar esta actitud con la del resto.

Esto me lleva a dos consideraciones adicionales.

La primera. La piel fina. La piel fina de quienes no tienen reparos en usar los calificativos más gruesos a todo aquel que no comulgue con su visión, pero que a la mínima crítica política o sanción hacia su actitud no duda en poner el grito en el cielo y hacerlo, en ocasiones incluso, en tu escaño. No es la primera vez que pasa.

El segundo, el efecto contagio que tiene esta opción de hacer política y en cómo asistimos a debates broncos no vaya a ser que otros cercanos se queden cortos y les quiten el sitio. Es descorazonador ver cómo poco a poco, y como una mancha de aceite, algunos socios de la derecha se suman a este coro, y contribuyen a degradar el debate y, de paso, las propias instituciones.

En otro artículo lo dije. Las palabras importan. Y llamar al Gobierno del Estado “criminal e ilegítimo” es la puerta de entrada del odio. Y la política está para otra cosa.

La política está para solucionar problemas, no para crearlos.

La política está para llegar a acuerdos entre posiciones diferentes, no para enconarlos.

La política está para el diálogo, no para el insulto.

La política está para hacer política.

En este año 2021, después del que ha sido el peor año colectivo de nuestra historia reciente, con la mayor pandemia sanitaria en 100 años, las necesidades de nuestros conciudadanos, de los colectivos más afectados por las diferentes caras de la crisis actual y las acumuladas, requieren de una atención por parte de todos los actores presentes en el panorama político.

No será desde la trinchera cada vez más honda que algunos se empeñan en cavar desde la que alumbraremos soluciones colectivas y reales para problemas reales. De ahora. Del presente y de cómo llegar, todos y en condiciones, al futuro. No será desde el sectarismo como lograremos transmitir que hay margen para ir a mejor.

Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en esta tarea.

El gobierno, que está haciendo su trabajo afrontando los diferentes retos que trae la crisis sanitaria y trazando un plan de presente y futuro. La tarea social del gobierno en esta pandemia ha permitido reducir considerablemente el impacto y permite encarar la recuperación lo antes y mejor posible. Los partidos que damos soporte al gobierno, tratando de legislar de manera justa, progresista y social, reduciendo brechas, generando oportunidades, desterrando diferencias que nuestra sociedad acumula. Y configurando una mayoría parlamentaria que, desde las diferencias, construyen consensos políticos, sociales y jurídicos, en beneficio de la ciudadanía.

Y la oposición.

Porque a la oposición también se le ha de exigir estar a la altura del momento. El que se rompa España que nosotros ya lo arreglaremos es la peor actitud posible y no solo no contribuye al fin último de la política, sino que intoxica y degrada el debate. Y es en este punto donde, volviendo al principio del artículo muchos tienen la lengua suelta y la piel fina.

El exceso de testosterona, de gesticulación, de lenguaje exacerbado, invade la estrategia en un sector amplio de la derecha parlamentaria e impide que la razón se abra paso.

Pero no impedirá que quienes hemos decidido trabajar por la recuperación y por el diálogo, lo hagamos. Porque esa mancha de aceite no nos alcanzará. Porque tenemos mucho trabajo por hacer y muchas respuestas y soluciones que ofrecer a nuestros conciudadanos.

Diputado en el Congreso y Portavoz de Justicia del Grupo Parlamentario Socialista.