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Retrato póstumo de Floro Pérez, sindicalista indómito


Floro Pérez, documentalista del diario EL PAÍS, en una imagen de 1997.Luis Magá Floro Pérez, documentalista del diario EL PAÍS, en una imagen de 1997.Luis Magá

La reciente muerte de Florencio Pérez Villar (Elda, 1949) deja un hondo hueco en la memoria colectiva de todos cuantos participaron en las luchas del sector de Artes Gráficas y en la gestación y despliegue del diario El País, hace ahora 45 años. Aquejado de cáncer, murió el domingo en el Hospital de Villalba próximo a su vivienda en la localidad madrileña de Moralzarzal. El hueco que su ausencia deja lo llenaba hasta ayer su trayectoria de lucha incesante en pos de la mejora y afianzamiento de las condiciones laborales, salariales y vitales de los centenares de trabajadores del diario de la calle de Miguel Yuste. Todos hallaron en Florencio uno de los mejores escudos y una de las más afiladas lanzas en la defensa y la conquista de los derechos de quienes, con sus manos y sus mentes, convirtieron El País en el emblema periodístico de la Transición en España.

Aquel tránsito histórico desde la dictadura franquista hasta la democracia constitucional no hubiera sido posible sin personas surgidas de la clase obrera, solidariamente comprometidas junto con otras en un futuro de libertades secuestrado por el dictador y anhelado por gran parte de la población. Conciencia, firmeza, combatividad y coraje, sazonado todo ello con un sentido del riesgo y la osadía, timbraron la vida laboral de Floro, nombre por el que se le conocía.

Pese a su entrega generosa a la gran causa democrática desde la lucha sindical representativa, su pugna por la igualdad daba sentido a una vida llena de adversidades, desde su nacimiento en una casamata de aperos de labranza situada en la alicantina Elda. Su madre, ama de cría y sirvienta, lo alumbró en medio de la penuria que diez años después de concluir la Guerra Civil, aún golpeaba por doquier a los españoles, mayoritariamente empobrecidos por aquel infausto régimen liberticida. En una de las solapas de uno de los cinco libros que Florencio Pérez Villar publicó con su esfuerzo editorial y a modo de memorias combativas, Floro bromeaba sobre el comentario que sobre él, recién nacido, hizo su madre: “¡Pero qué niño tan feo!”.

Infancia y adolescencia en inclusas e internados, se abrió paso a base de la lucha cotidiana y, pese a haber surgido a la vida desde la desigualdad más hiriente, pugnó con denuedo por conseguir para todos una igualdad que a él se le arrebató y que hoy parece tan necesaria como inasible. Autodidacto golpe a golpe, trabajador de la secciones de Tipografía, Montaje, Fotocomposición y Documentación, Floro se dotó de una capacidad de razonar envidiable, explícita en una elocuencia contundente que le capacitaba para sintetizar en frases cortas largos pensamientos, espoleado por un sentido innato de la justicia y la equidad. Su voz, reverberante y honda, impregnaba las asambleas de trabajadores con una persuasión en la que destilaba tanta pasión como sinceridad transparente. Fue, quizás, el mejor orador con el que contó el Comité de Empresa, el organismo de representación plural desde el cual, Comisiones Obreras, el sindicato de clase mayoritario en la calle de Miguel Yuste, dirigió y ha dirigido la lucha sindical hasta nuestros días. Con ella se conseguirían retribuciones salariales y condiciones de trabajo aceptables que, para numerosos trabajadores de talleres y periodistas, publicitarios e informáticos, él peleó céntimo a céntimo, minuto a minuto, durante décadas.

Todo ello hizo viable la conversión de El País en el buque insignia de la Prensa en papel de España pues, una vez conseguidas condiciones de trabajo y salariales adecuadas, la profusión de contenidos informativos democráticos, dando entrada a la pluralidad de la opinión editorial bien informada, bajo directrices sensatas, consolidaría la pujanza inicial de un diario que vino a representar a la institución que ocupó la clave de bóveda de la sociedad civil española y hoy prosigue ocupando un lugar central en ella.

Los más veteranos del diario recuerdan la pugna que Floro libró, casi en solitario, incluso contra la mayoría de sus compañeros sindicalistas del Comité de Empresa, cuando se opuso rotundamente a una tecnologización de los procesos de trabajo intramuros del periódico sin las garantías férreas que él reivindicaba. Mientras todo el mundo miraba esperanzadamente a la entonces llamada “revolución tecnológica”, los nacientes ordenadores, la velocidad de procesamiento y otros atractivos, Floro, con una inteligencia de largo alcance, supo prever lo que todo aquello implicaría a la larga para los trabajadores, de no verse garantizado el ajuste ergonómico y temporal de las nuevas herramientas: mejoras técnicas evidentes sí, pero a cambio de una precariedad salarial rampante.

Eran memorables los escritos de Floro en el tablón o picota del diario, donde publicaba ocasionalmente sus Florípicas, textos de contenido hipercrítico, que levantaban ronchas en jefes objeto de su juicio y generaban entusiasmo entre los trabajadores. No fue Floro, desde luego, el único combatiente sindical que luchó en El País por la dignificación salarial y laboral en la empresa y en el sector Prensa. Nombres como los de Anastasio Vega, Ramón Arribas, José Ramón Ariño, Jesús Estévez, Jerónimo Gonzalo, Silverio Dopacio, Manuel González, Juan Gil y Carlos Montejo, entre muchos otros, entregaron buenas cuotas de su inteligencia, de su tiempo y de su intimidad familiar a combatir juntos por ideales semejantes. Cosecharon, como Floro, una serie de amargos abrojos por su abnegada entrega a la lucha sindical, sancionada en muchas ocasiones con la ingratitud de muchos y con el truncamiento de carreras profesionales individuales. Pero todos ellos, con distinta intensidad, respiraron la brisa fresca del ideal de igualdad que tan generosamente supieron extender y compartir durante décadas.

Juan Luis Cebrián, primer director de El País entre 1976 y 1988, quien fuera coprotagonista de numerosas controversias y destinatario de múltiples diatribas por parte del fogoso sindicalista Florencio Pérez Villar, al conocer su muerte reconoció: “Floro fue parte importante de la Historia de El País. Un abrazo a los suyos”. Florencio Pérez Villar y su esposa Teresa Escaso Arias, jardinera, se conocieron hace 31 años. Tienen dos hijos, Javier y Teresa, de sendos matrimonios. El legado de necesaria y solidaria rebeldía que Floro ha dejado, talla su recuerdo con tipografía de humana e indómita excelencia.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.