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Conflictividad y violencia en un mundo hiperconectado


En las sociedades hiperconectadas de principios del siglo XXI, la violencia está integrada en nuestro día a día. Al segundo, las redes sociales y los medios de comunicación nos informan de actos intimidatorios que a cualquier ciudadano de bien zahieren. Esta presencia cuasi permanente lleva de sí, salvo que sea de una extraordinaria crudeza, que no reparemos en ella como debiéramos, y, que, en ocasiones, echemos la mirada hacia otro lado y/o pensemos que no fuera un problema grave que nos afecta directamente como humanidad. La Real Academia Española la define como una “acción violenta o contra el natural modo de proceder”. En ese sentido, coexisten numerosas formas de violencia, que se diferencian por su propia naturaleza e intensidad, los individuos que la ejercen y sus víctimas, y los entornos en donde se producen.

Pero, ¿es consustancial a los seres humanos, inherente a su propio ser?, o ¿es una forma de proceder socio-culturalmente aprendida? Existen desiguales teorías al respecto: las teorías biológicas, cuyos representantes más relevantes son Charles Darwin, Konrad Lorenz, y Robert Ardrey sostienen que la violencia es un instinto desarrollado tanto individual como grupalmente. Las teorías psicosociales consideran que es una respuesta a un estímulo condicionado que recoge tanto perspectivas ambientales-reactivas como socio-afectivas. Para las primeras la frustración es la causa principal de la agresión, para las segundas es un deseo de destrucción. Por su parte las teorías socio-dinámicas plantean el conflicto como frustración intergrupal a consecuencia de desequilibrios en el poder. Por último, las teorías estructurales la revalidan como un producto de los sistemas políticos y económicos.

Nos instalamos en la visión de que es un hecho social histórico, ontológicamente humano, que se aprehende y reproduce en sociedad. El conflicto forma parte de la lógica de lo social, si bien debe regularse formal y punitivamente con cuantas medidas sean necesarias para salvaguardar al conjunto. En casos extremos, puede dar lugar a la desaparición de civilizaciones como, por ejemplo, la de los Mayas. Según últimas investigaciones, tras dominar la mayor parte de Mesoamérica durante más de dieciocho siglos, su fin se debió a una guerra civil.

Frente al conflicto, la guerra, la destrucción…, el consenso y la solidaridad, que tan determinantes papeles han jugado en nuestra historia. Los restos arqueológicos de Atapuerca nos lo llevan mostrando desde hace décadas. Allí han sido descubiertos restos humanos de hace medio millón de años de personas que superaban los 30 años y que por padecer enfermedades óseas estaban impedidos para correr o cazar. En aquel momento la vejez comenzaba con esa edad, periodo vital, que hoy consideramos juventud. La vida de los antepasados del homo sapiens era limitada en el tiempo y colmada de episodios agresivos. No obstante, hay evidencias de que los más jóvenes cuidaban de los ancianos, poniéndose de relieve que la atención social habría comenzado ya en aquellos tiempos: en las cavernas. La solidaridad se muestra en Atapuerca en toda su amplitud, resultando la violencia un recurso de supervivencia.

Vivimos en un mundo en donde ya no es quizá un recurso extremo, es un modelo de conducta e interacción para muchos ciudadanos, que utilizan la agresividad en diferentes entornos: en el ámbito de las relaciones familiares, sociales y amorosas, a la hora de resolver asuntos cotidianos, en las esferas institucionales y políticas, tanto nacionales como internacionales… (echemos la vista atrás al último año y medio en todo el mundo). Particularmente consignar: las guerras, el terrorismo, pero también los hechos delictivos, los maltratos a las mujeres, a los niños y a los ancianos, los homicidios, los suicidios y los terribles episodios hacia personas con discapacidad, de aporofobia, homofobia o racistas.

Sirva de ejemplo, que en España en el año 2020 murieron 45 mujeres víctimas de violencia de género, muchas de ellas asesinadas por sus parejas delante de sus hijos menores. Desde 2003, fecha en la que se empezaron a contabilizar estos datos, el total de mujeres muertas por esta causa asciende a 1.078. Por otro lado, según se recoge en el informe del Ministerio del Interior Balance de criminalidad 2020, debido a la situación derivada de la COVID-19, como hemos presentado en otro texto en este foro, se produjo un descenso en la gran mayoría de los tipos penales, a excepción de las tentativas de homicidio doloso (de un +8,7%), de asesinato consumado (73 casos más que en 2019) (debidos a buen seguro al confinamiento domiciliario), y de un +2,2% en los delitos de tráfico de drogas. Un periodo excepcional, si nos atenemos a los datos de los últimos años. Tan solo en 2019 subió el índice de criminalidad un 3,3%. Los delitos más prevalentes fueron las estafas en Internet y los delitos contra la libertad.

Una de las modalidades más agudas de violencia es la que tiene que ver con los suicidios y las lesiones autoinfringidas. Según el INE, su evolución ha sido constante desde comienzos del siglo XXI, oscilando entre una cifra de 1.886 en 2006 a 3.910 en 2014. En 2019 ascendieron a 3.671 personas y durante los cinco primeros meses de 2020 se mantuvo como la primera causa de muerte externa: 1.343 fallecimientos, un 8,8% menos que en el mismo intervalo temporal del año 2019.

Además, nuevas variedades de violencia alcanzan al mundo más desarrollado, violencia sustentada por las nuevas tecnologías, que han hecho posible que, a través de las redes sociales, millones de personas puedan seguir los desmanes e incluso actos delictivos de gravedad cometidos hacia personas de todas las edades y condiciones, que son objeto de burlas, insultos, golpes e incluso asesinatos, sin entrar en los delitos sexuales que, día a día, salpican los medios de comunicación.

¿Qué hacer frente a este fenómeno? Es tarea difícil atajar un problema de tal envergadura cuando, como hemos sugerido, se trata de un fenómeno estructural y cuando su etiología se encuentra en la propia sociedad. Sin embargo, es una obligación de ética social abordarlo en sus diversas dimensiones. Para ello deberían promoverse programas institucionales de lucha contra la misma; fomentar modelos pacíficos de convivencia; fortalecer las normas sociales y tradiciones culturales que rechacen cualquier manifestación de crueldad; satisfacer adecuadamente las necesidades biológicas y emocionales de la población promoviendo su homeostasis; educar en el respecto y la libertad; articular campañas de sensibilización que aboguen por una resolución serena de los conflictos; detectar y tratar precozmente las conductas violentas; cultivar ambientes de armonía en las familias; garantizar que los medios de comunicación ofrezcan mensajes directos y contundentes contra la violencia y, en definitiva, procurar que no haya tantas desigualdades sociales y que la solidaridad, la justicia y la equidad rijan las relaciones humanas.

Nacida en Ingolstadt Donau (Alemania). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Catedrática de Sociología de la UNED. Es autora de un centenar de publicaciones sobre los impactos sociales de la Biotecnología, exclusión social, personas “sin hogar”, familia, juventud, inmigración, etc.

Es miembro y secretaria del equipo de investigación del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación. Es evaluadora habitual de revistas de Ciencias Sociales españolas e internacionales.

Desempeña tareas de gestión en la UNED desde el año 1996. Ha sido secretaria del Departamento de Sociología III (Tendencias Sociales) y subdirectora del mismo. Asimismo, coordinadora del Máster en Problemas Sociales y del Programa de Doctorado en Análisis de los Problemas Sociales de la UNED.

En el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha sido coordinadora y evaluadora de becas dentro del Área científica Ciencias Sociales.

Miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (1997-2010), vocal de la Comisión de Bioética de la UNED y Vocal Titular del Foro Local de “Personas sin Hogar” del Ayuntamiento de Madrid.

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