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EL PERIÓDICO
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Reset gubernamental


La política es sobre todo representación, la expresión de formas simbólicas. El ejercicio del poder político, más que en tomar grandes decisiones sustanciales para nuestras vidas, algo que ya se hace sobre todo en el ámbito de la economía, consiste en dar la sensación de dominio, de control, de hegemonía. En un ámbito donde se ha impuesto la polaridad extrema, la emocionalidad, el relato, tener bonitas historias que contar, no se trata tanto de lo que se hace o se hará, sino de crear expectativas e ilusionar en que el mañana nos deparará muchas más oportunidades.

Sin duda alguna, el cambio -casi la revolución- de gobierno que ha llevado a cabo Pedro Sánchez tiene muchos ingredientes que pueden hacer mudar una situación anímica, una tendencia de la sociedad española que se le iba tornando electoralmente adversa tal como se vio en las elecciones madrileñas y confirmaban los sondeos de opinión. Lo primero que destaca es la profundidad de los cambios ministeriales, así como la imprevisibilidad de muchos de ellos. No sólo se ha incorporado gente nueva que puedan ayudar a superar el desgaste de la gestión de la pandemia, del tema de Cataluña con los indultos y el difícil encaje en la sociedad española. Se ha cooptado gente diferente, relativamente impensable y, sobre todo, ha dejado fuera a gente muy cercana como Ábalos y se ha soltado el lastre de un personaje con exceso de autoestima como Iván Redondo, pero también ministros con algunos errores y debilidades notorias como Carmen Calvo o la titular de Exteriores. Se refuerza, y mucho, el perfil municipalista, lo que no es baladí cuando se acerca un nuevo ciclo electoral que se iniciará justamente con unas elecciones municipales en primavera de 2023 y se pone en frente de Fomento y del reparto de los fondos Next Generation la que hasta ahora era la alcaldesa de Gavá. Poca frivolidad con el calado de un ministerio que reparte recursos y planifica y ejecuta los equipamientos públicos. Un guiño al PSC, pero también a todo el PSOE del arco mediterráneo que hace mucho tiempo reclama que se le dé prioridad como es debido de cara a contrapesar el excesivo protagonismo y centralidad capitalina de Madrid. Los cambios parecen decir que se acabaron los inventos y se retorna a un modelo de gobierno más convencional y previsible, reforzando notoriamente al partido, algo imprescindible si se quieren ganar elecciones. Que se hayan incorporado elementos vinculados a sus antiguos competidores, resulta un mensaje de unidad y activación de la maquinaria casi imbatible.

La dimensión y celeridad del cambio ha cogido con el pie cambiado a casi todos. Para empezar a sus socios de Podemos, los cuales pensaban poder blandir el no dejarse hacer cambios como prueba de fortaleza y autoridad, y ahora exhiben una notable debilidad, quedando como obsoletos y con algunos miembros al Gobierno claramente ineficientes o muy desgastados como es el caso de un ausente Manuel Castells o, también, Alberto Garzón y sus discursos extemporáneos sobre el consumo de carne. El contundente movimiento del presidente Sánchez ha descolocado a un Partido Popular que veía como a partir de las elecciones madrileñas y la derrota a plazos de Ciudadanos, sólo tenía que poner el piloto automático y dejar que la dinámica de las encuestas, cada vez más a favor, se fuera consolidando. Ni Pablo Casado lleva ahora la iniciativa política, por más que gesticule y sobreactúe, y Díaz Ayuso ha dejado de ser trending tópic con sus ocurrencias. El cambio de ritmo político es muy contundente y parece que las prioridades programáticas serán ahora claras y rentables toda vez que el Gobierno ya ha digerido los mayores sapos de la legislatura. Recuperación económica, fondos europeos, infraestructuras, vivienda y políticas sociales como bandera de mantenimiento y recuperación del electorado. Lógicamente, también hay sombras, y la de los rebrotes pandémicos resulta muy notable tanto por el impacto social como por su reverso económico si toman una cierta profundidad y duración. Tampoco es menor el tema de la factura eléctrica. Descolocado también el Govern independentista catalán que ve como la Mesa de Diálogo no será, ni mucho menos, el único mecanismo de reversión de la situación política en el que nos ha puesto El Procés. Aunque algunos se resisten a aceptarlo, la interlocución pasa muy especialmente por un PSC reforzado en la Moncloa, pero también por unas fuerzas económicas catalanas que, finalmente, parecen haber abandonado el mutismo y la dejadez de funciones a las que nos tenían acostumbrados los últimos años. Por suerte, los activos del país son muchos más y más diversos de lo que ha afirmado el relato dominante en los últimos años y se nos pretendía imponer.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR