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EL PERIÓDICO
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Lo que se aprecia hoy


El centro del mundo de muchas personas hoy se ha convertido en exhibición. So pretexto de vida sana y otras zarandajas, el individuo prefiere autoengañarse y pensar que sí que hay que estar “petado” que hay que tener unas medidas perfectas, un cutis ideal, una piel de porcelana, un cabello maravilloso…no ser calvo. La presión ha llegado también a los hombres –no voy a decir, menos mal, porque no le deseo a nadie lo que ya hemos pasado muchas- Las personas hoy no pueden ser calvos, gordos o como les dé la gana o más bien su genética les imponga o le haya otorgado a su naturaleza divina y mortal, condiciones especiales. La dictadura del cuerpo que hemos padecido las mujeres ahora es caldo de cultivo de todos. ¿Hemos olvidado que siempre han existido gordos, flacos, altos y bajos? Y que gracias a esa diversidad, cada quien tiene su aquel. Es gracias a ese afán que en las escuelas se sufre discriminación y las personas que otrora tiempo eran de corte “intelectual” o “espiritual” pues resulta que ahora se dan a la carne y al instinto total. El culto al cuerpo hoy no es para estar sano, es para ligar, para ser alguien. ¿Pero ser el qué? ¿Un Adonis? Jobar, con la tasa de paro que hay y la cantidad de pobres, temo de mí la arcada municipal y veraniega que me da con los programitas de la tele a diario. Auténtica desfachatez.

Hay profesiones que exigen que los que las ejercen estén en plena forma, claro que sí. Ser bombero o cocinero hace muchos años cuando yo era pequeña eran sin duda profesiones “minor”. Los bailarines tienen su razón de ser sobre la escena hasta que llegó Antonio Gades y rompió con esos estereotipos que impedían que bailarines consagrados ya no pudieran bailar porque eran, por ejemplo, calvos. La danza abrió sus puertas a una diversidad y a un individualismo sin igual, que no tenían, por ejemplo, los ballets de Rusia, porque ahí sí que eran todos iguales. Si Petipá levantara la cabeza.

Mi punto de vista siempre ha sido el mismo: lo mejor de esta vida es poder desempeñarse en algo con honradez y que nadie me pueda sustituir, aunque sea regular lo que hago, pero lo hago yo y no hago lo que quieren otros que haga. He admirado por tanto a los artesanos, a los campesinos que mimaban su tierra, escritores, maestros, ingenieros, enfermeros, informáticos, médicos… ¿qué sucede hoy? Que no todos pueden hacer esas profesiones, pero sí pueden dedicar su vida a petar su cuerpo. Tener una vida sana es bueno y siempre lo ha sido, estudiar una profesión como la de médico –por poner un ejemplo- es creo, más difícil aún, al menos intercambiable. La cuestión es que los médicos no agobian a la población con que sean médicos, pero a la población no les parece suficiente que salven vidas, además tienen que estar “petaos”. Un intercambio imposible de realizar. El equipo de cardiología o de oncología o de oftalmología por poner un ejemplo, supongo que si se ponen y tuvieran tiempo, estarían en un gimnasio para ponerse como Ronaldo, lo que sucede es que probablemente no les rente, no tienen tiempo, no les interesa porque tienen que guardar sus energías para ir al día siguiente al hospital, tienen familias o están a punto de salvar a ese paciente que nadie le hace caso. El tiempo es oro. Entonces ¿qué es esa manipulación? ¿Familias de futbolistas forrados de dinero que nos enseñan a vivir? ¿En serio? Eso es una vida falsa. Modelos que pasan por cinco embarazos seguidos y están como una pera. Claro, con razón la pobre mujer que no tiene detrás esa parafernalia de gente y se ve gorda después de su embarazo, sufre muchísimo porque los mensajes que le llegan es que ella tiene que estar y ser como esa tía estupenda que sale por la tele y que está divina dos días después de parir.

Luego viene el tiempo, las obligaciones, los problemas, las medicaciones y la gente ve que cambia su cuerpo y sufre. Esa dictadura surge desde la infancia, no se fomenta la inteligencia (que sí nos la llevamos a la otra vida o a donde sea) ni acumular cultura, lecturas, artistear, escribir, ayudar a los otros…venga, está bien tener una vida sana, y no se ha descubierto el Mediterráneo con ello, eso ya lo sabemos, que hay que comer bien y demás. También se puede disfrutar comiendo, no pasa nada, no hay que sentirse mal, porque el estrés de la vida solo nos deja pequeños placeres así, del chuletón, y menos mal que hay algo para comer, que muchos no lo tienen. Ahora, obsesionarse por ser otro que no se es y que nunca se va a ser, no tiene sentido. Aquel que no se siente acogido por el grupo, tiene un gran problema que probablemente se lo haya creado desde siempre ese mismo grupo. Y eso es muy triste y lamentable. ¿Cómo se puede hacer sentir mal a un semejante porque nos dé la gana, nos divierta o nos parezca que es diferente? Pues así es nuestro mundo, lleno de bellezas, de marquesas que le dicen a la de Parla cómo tiene que vestirse y desempeñarse en su vida. Tremendo. Una gran mentira en la que nadie es verdad y en la que tenemos que utilizar filtros para todo, para ser y para poder vivir en esta sociedad de farsa, donde se imponen los cánones de belleza y de destrucción, sin que nadie sepa a qué corresponde cada uno.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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