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La descarbonización del transporte


Parafraseando a la genial Mafalda del fallecido Quino, “como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo importante”. Lo urgente parece ser saber si el Partido Popular sube o baja en las encuestas, si Ciudadanos se hunde definitivamente, si los secesionistas catalanes van a reconocer de una vez que han perdido su pulso con el Estado, o si seguirán con el raca-raca de la amnistía y el referéndum de autodeterminación. Los medios dedican cada día abundantes recursos a seguir estos asuntos.

Lo importante es que este país, medios de comunicación incluidos, debería estar debatiendo sobre los grandes desafíos que tenemos por delante en muchos terrenos —educativo, sanitario, industrial, territorial, energético, climático, etc.— y tomar desde ahora mismo algunas medidas urgentes para enfrentarlos. Uno de ellos es, en consonancia con las decisiones tomadas por la UE, reducir drásticamente nuestras tasas de emisión de CO2 de aquí a 2050. ¿Alguien ha escuchado al Partido Popular alguna propuesta sobre esto?

La Fundación Alternativas acaba de publicar un documentado estudio sobre las emisiones de CO2 en el transporte [1]. Una de sus conclusiones más importantes es que no es posible reducir el CO2 global a los niveles requeridos sin descarbonizar completamente el transporte. Ello es así porque este representa el 29% de las emisiones totales, otros sectores —muy particularmente, el de la generación de electricidad— ya han reducido sustancialmente las suyas —mientras que el transporte incluso las ha aumentado— y algunos otros, como el agropecuario y ciertos procesos industriales, tendrán muy difícil reducir las que producen actualmente.

La Ley de Cambio Climático y de Transición Energética recientemente aprobada aborda parcialmente el problema, pero necesita más desarrollo. Se centra fundamentalmente en la electrificación de los turismos, los cuales suponen un 44% del total de emisiones del transporte, pero no se ocupa en profundidad del transporte pesado por carretera, del transporte marítimo, ni de la aviación, responsables del restante 56%.

Incluso en el apartado de los turismos estamos yendo demasiado despacio con respecto a nuestros socios europeos. En España, solo el 0,36% del parque automovilístico está electrificado —unos 125.000 vehículos de un total de 35 millones, la mitad de ellos híbridos enchufables y la otra mitad eléctricos puros— frente al 0,88% de media en la UE. Las ventas de estos vehículos fueron en 2020 un 4,8% del total vendido, frente al 10,5% en la UE. Es decir, España debería duplicar o triplicar su adquisición de vehículos eléctricos para mantenerse simplemente en la media europea. Noruega adquiere cada año un 74% de sus vehículos libres de emisiones. Países más cercanos, como Alemania y Portugal, están en el 13%. En el documento citado se proponen numerosas medidas para acelerar el proceso, medidas que van desde las ayudas directas a la compra, a facilidades para la instalación de puntos de recarga, al replanteamiento de las etiquetas ambientales, a reforzar la fiscalidad sobre los combustibles fósiles y a diversas disposiciones de ámbito municipal.

En el caso de los transportes pesado y marítimo, resulta esclarecedor constatar que las tecnologías necesarias para su descarbonización ya están aquí y que tan solo sería necesario organizar su implantación y establecer los estímulos apropiados. La clave parece estar en el llamado hidrógeno verde, es decir en el hidrógeno producido mediante la electrolisis del agua, utilizando los excedentes de las energías renovables. La potencia instalada de dichas energías, debido a la impredecibilidad de su producción, ha de ser mucho mayor que la potencia necesaria en los picos de la demanda. Esto hace que, en los momentos de mayor viento y sol, la energía producida por las renovables sea mayor que la demandada. La solución, ya anticipada por nuestro Ministerio de Transición Ecológica [2], consiste en almacenar la energía sobrante en forma de hidrógeno libre. Dicho hidrógeno puede ser transformado de nuevo en electricidad en las llamadas células de combustible, donde se lleva a cabo el proceso inverso de la electrolisis: a partir del hidrógeno y del oxígeno ambiental, generan electricidad y vapor de agua. Las células de combustible pueden componerse en serie y en paralelo para conseguir cualquier voltaje y potencia requeridos. Con ellas se pueden mover camiones y barcos. Estos tan solo han de transportar el hidrógeno necesario. Alternativamente, pueden llevar amoniaco —también utilizable en dichas células— producido a partir del hidrógeno. En las dos transformaciones, electricidad-hidrógeno e hidrógeno-electricidad, se pierde alrededor del 60% de la energía, debido fundamentalmente al bajo rendimiento de las células de combustible, pero no debe olvidarse que se trata de energía excedentaria que, de otro modo, se perdería.

En el caso de la aviación, las células de combustible son apropiadas para mover aviones de hélice, es decir, para distancias cortas. Para competir con los actuales reactores, se están ensayando turbinas que queman directamente hidrógeno —tal como hacen los cohetes espaciales— y también queroseno sintético creado a partir del hidrógeno verde. De momento, estas tecnologías resultan más caras que el combustible fósil, pero, con los estímulos adecuados —incluyendo gravar el queroseno fósil, actualmente subvencionado—, podrían llegar a ser competitivas.

Como es fácil de imaginar, la transición a un transporte descarbonizado requiere un gran despliegue de políticas de medio y largo plazo en todos los niveles de la Administración del Estado y la participación activa de los agentes económicos y financieros. Algunas, como la Ley de Cambio Climático y los proyectos estratégicos —los llamados PERTE— para la fabricación de baterías o coches eléctricos y para la instalación de hidrogeneras, ya se han puesto en marcha desde el Gobierno central.

Sería muy deseable que los demás partidos políticos se alinearan con estos objetivos, que no son de izquierdas ni de derechas, sino de mera adaptación del país a las exigencias de los tiempos que nos ha tocado vivir. En lugar de emplear tantas energías —más bien fósiles— en las absurdas broncas que cada semana presenciamos en el Congreso, deberían debatir y suscribir compromisos de Estado sobre la descarbonización de nuestra economía. Si no la logramos, dejaremos un difícil legado a las generaciones futuras —a nuestros hijos y nietos— las cuales, sin duda, nos lo echarán en cara algún día. ________________________________________

[1] Descarbonización del transporte en España. Emilio de las Heras. Fundación Alternativas, junio 2021.

[2] Estrategia de almacenamiento energético. Secretaría de Estado de Energía. Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, febrero 2021.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.

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