Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Democratizar la Geopolítica


La Geopolítica es un saber que relaciona el poder con el territorio. Hoy éste abarca también el espacio exterior, el subsuelo y el mundo cibernético. Durante décadas, estos conocimientos estuvieron al servicio de grandes potencias imperiales, que los encauzaron conflictivamente, según sus intereses y sus apetencias de dominio y hegemonía. Se convirtió, así, en una especie de Ciencia de la guerra. Hoy, la Geopolítica crítica se abre paso como una rama de la Ciencia Política que se aparta de servir a las hegemonías de las grandes potencias para explicar, desde concepciones democráticas, cómo funcionan las relaciones entre Estados y qué maneras hay de contribuir a armonizarlas.

El número de variables que es preciso tener en cuenta en la Geopolítica es muy elevado, dada la diversidad de Estados, culturas y percepciones mutuas existentes. Cada Estado, a su vez, se ve signado por contradicciones de todo tipo, derivadas de los desiguales repartos del poder y de la riqueza. Por ello es cada vez más necesario que pautas razonables y pacíficas, democráticas, trazadas desde la nueva Geopolítica, guíen la actividad estatal y mundial, siempre tan cerca del precipicio.

Por ejemplo, hace apenas unos días Joe Biden, presidente de los Estados Unidos de América, ha amenazado a Rusia con una guerra de verdad, “a tiros”, si prosiguen las injerencias informáticas rusas en la escena electoral estadounidense. ¿Estamos realmente en vísperas de una nueva conflagración armada? ¿Tenemos los europeos capacidad para impedirlo? ¿Vamos a vernos arrastrados a una guerra devastadora “sin comerlo ni beberlo”, muy probablemente en suelo europeo, porque los hackers rusos sean presuntamente más listos que los hackers estadounidenses (de los que nadie duda que a su vez operan por doquier)?

Palabras mayores

Como vemos, se trata de palabras mayores. La complejidad de la Geopolítica mundial y la falta generalizada de información –y de su análisis- ahuyenta a la ciudadanía de nuestro país de su atención y seguimiento. Se genera así un escepticismo que, quiérase o no, contribuye a perpetuar, por descontrol, las políticas de poder, las pulsiones hegemónicas y los gravísimos problemas derivados de los conflictos interestatales en la escena con su saldo de guerra, muerte, éxodo y miseria.

Resulta a veces preocupante la actitud de algunos círculos políticos, también parlamentarios y medios informativos que, o bien se desentienden de tratar los asuntos internacionales y se abstienen de analizar esos procesos, o bien los trivializan con tópicos absurdos, que ofenden a la inteligencia de la sociedad. Y ello pese a que los efectos devastadores de las contiendas militares políticamente inducidas, tan dañinas para millones de personas, comprometen cada vez más no solo a nuestras proclamadas convicciones éticas sino también a nuestras propias vidas cotidianas.

Urge pues poner los conocimientos geopolíticos al alcance de la gente, sacar sus trasuntos fuera de los gabinetes diplomáticos y militares donde se cuecen lejos de la mirada de la ciudadanía, para que su toma de conciencia colectiva cristalice en formas pacíficas de solidaridad a escala regional, continental y mundial; y ello, de una manera capaz de impedir la prosecución, tantas veces genocida, de las guerras de todo tipo. Es preciso democratizar la Geopolítica en una dimensión crítica. Para ello, será preciso abordar los problemas en presencia, generalmente conflictos, desde una perspectiva que tenga en cuenta los antecedentes históricos, las contradicciones y las relaciones de fuerzas manifiestas, visibles o no, con miras a superarlas en una clave de paz.

En lo concreto, la Guerra Fría terminó con la implosión de la Unión Soviética a partir de 1990. Tras perder quince repúblicas y abandonar el control militar y político que mantuvo sobre media docena de Estados de Europa Oriental, disuelto el Pacto de Varsovia, la Federación Rusa dejó oficialmente el comunismo, considerado por Washington como enemigo fundamental del modelo capitalista propio y factor clave para justificar la actitud hostil hacia un Moscú considerado como principal adversario.

Sin embargo, desde entonces, Rusia descendió del rango de superpotencia que hasta entonces ocupaba. Ya no es comunista. Es un Estado que se mueve en los circuitos del capitalismo mundial. Mantiene un poderío militar, con arsenal nuclear incluido, pero su diplomacia persigue el desarme, según proclama reiteradamente. Asimismo, intenta no retroceder más de lo que ya retrocedió tras la implosión de la URSS. Sin embargo, vemos que cada cierto tiempo, en plazos cada vez más cortos, rebrota desde Washington una hostilidad que orienta hacia Moscú una agria animadversión inercial procedente de la Guerra Fría, etapa que creíamos difunta pero que, aún hoy, Estados Unidos mantiene sin enterrar. En base a ello se despliegan tropas de la OTAN en las fronteras occidentales de la Federación Rusa, con maniobras militares, carros de combate, destacamentos, navíos en el Mar Negro… Rusia toma por su parte medidas y la tensión geopolítica exacerbada se mantiene viva y crece por doquier.

Cabe hacerse muchas preguntas. ¿Está en condiciones Rusia de amenazar realmente a Estados Unidos? ¿Hay alguien en Moscú que se proponga plantear un conflicto armado a Washington? Cui prodest, ¿a quién beneficiaría en mayor medida tal conflicto armado, de alcance insólito e impredecible?

El presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower alertó en su día sobre el peligro potencial que implicaba, para Washington, el predominio, en forma de autonomía política, del que denominó “complejo militar-industrial” norteamericano. Este importantísimo poder fáctico vive de la producción a gran escala y de la venta de armas cada vez más caras y sofisticadas por lo que precisa de escenarios prebélicos o bélicos que justifiquen el colosal despliegue de su negocio. Para ello, presiona reiteradamente a la Casa Blanca con miras a que mantenga viva la hostilidad hacia la Federación Rusa o bien, como novedad reciente, agita cada vez con más insistencia la capacidad tecnológica y militar de China a la que va convirtiendo, poco a poco, en el nuevo enemigo, nuevo pretexto aprovechado para la escalada del negocio armamentístico. La presencia naval militar estadounidense en el mar de China es un hecho tan evidente como reiterado.

Pero China tiene limitaciones derivadas de su sistema económico, volcado materialmente hacia la exportación. Las tasas de consumo interno son muy bajas, al igual que las de la productividad, lo cual capitidisminuye grandemente su supuesto carácter superpotencial. La guerra no le conviene a Pekín, ni ahora ni casi nunca. Menos aún conviene a Rusia una guerra de ningún tipo. La carrera tecnológica está abierta a quien sea más competitivo, ¿o no es la competitividad una cualidad comercial suprema?

Se dirá que la actitud de Rusia respecto de Ucrania suscita temores fundados, pero si consideramos que Ucrania sería la Cataluña de Rusia, lo sucedido allí, en la zona oriental de la República, puede tener que ver más que con un ánimo expansionista, con un una suerte de desquite simbólico tras la dolorosa pérdida y desgajamiento de Ucrania, parte tan importante de la historia de Rusia que, como nación, surgió precisamente desde Kiev, la capital ucraniana.

Autonomía europea

Europa está inserta en el macro-continente euroasiático, que abarca desde Andalucía hasta Siberia. Tanto Rusia como China son vecinas continentales de Europa y a su vez, vecinas entre sí. Desde la perspectiva de la seguridad y la prosperidad europeas, no nos conviene ninguna forma de hostilidad con vecinos tan importantes. Más bien nos conviene mantener buenas y pacíficas relaciones políticas, diplomáticas y comerciales con Moscú y con Pekín, sin descuidar, desde luego, una autodefensa europea más autónoma de la que hasta ahora se dispone.

Es preciso, desde criterios europeos propios, nunca impuestos desde fuera, calibrar si realmente Europa está amenazada: no parece que Alemania, principal potencia europea, sea de esa opinión, ya que sus lazos con Rusia, desde la perspectiva energética y diplomática, son estrechos y muy necesarios para Berlín. Tampoco Francia se muestra interesada en malgraciarse con Moscú, y menos aún con Pekín. Los flujos comerciales existentes entre una y otra zona del gran continente son mutuamente beneficiosos. El poder de compra de Europa es muy elevado y el poder de venta de China, también lo es. ¿Entonces? ¿A qué vienen esas amenazas de guerras “a tiros” otra vez, cuyos combates se librarían sin duda sobre suelo europeo, tras las terribles mortandades en millones de muertes, ocasionadas por dos guerras mundiales que tuvieron a Europa por escenario?

Sería muy buen reconvenir a Estados Unidos e instarle amablemente a que, lejos de aventar más guerras internacionales, aplace la voracidad de los vendedores de armas y concentre sus energías por resolver democráticamente los problemas internos, señaladamente políticos, sociales y étnicos, -aún sin resolver- que estuvieron a punto de desembocar allí en una conflagración civil al finalizar el mandato de Donald Trump. La legitimidad democrática que Estados Unidos, aliado entonces con la URSS, acreditó valientemente en la lucha contra el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, fue un valor universal del que nadie puede permitir en modo alguno su erosión, como hemos contemplado en enero de 2021 con perplejidad y dolor en el asalto al Congreso de Washington.

Por cierto, pese a su impredecible temperamento disfórico, entre la irritación y la euforia, como buen hombre de negocios, Donald Trump nunca se planteó ni por asomo la guerra contra Rusia. ¿Va a atreverse el venerable presidente demócrata Joe Biden a emprender ahora una guerra “a tiros” con Rusia? Esperemos que su frase sea un error, como el que cometió en su debut presidencial al calificar de “asesino” a Vladimir Putin, palabras que necesariamente tuvo que tragarse cuando conversó con él recientemente en Ginebra en el curso de la primera gira europea del presidente norteamericano. Confiemos en que las palabras de Biden en clave bélica sean fruto de un calentón pasajero o bien constituyan una especie de placebo para que el complejo militar-industrial deje de acosarle con el aliento en el cogote, pidiéndole nuevas guerras.

Europa tiene derecho a su propia autonomía política, militar y diplomática. Su potencial económico, su I+D+I, su tecnología, su cultura y su entidad histórico-patrimonial, la multilateralidad de 27 Estados soberanos, así como su potencial de autodefensa, le otorgan el ascendiente de una capacidad arbitral extraordinaria. Con ella, mediante recursos como la democratización de la Geopolítica, puede contribuir de manera eficaz a rebajar las tensiones mundiales, cuyo requisito primordial es el de alejar a toda costa del lar europeo y del resto del mundo el siniestro semblante de la guerra y sus amenazas.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.