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EL PERIÓDICO
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Apóstoles del capital ayer, heraldos hoy de la catástrofe


Resulta curioso, cuando no trágico, observar la involución ideológica –y moral- operada en algunos egregios representantes de la generación que se atribuye el protagonismo de la Transición. Alardean mucho sobre el cambio político que dicen haber traído a este atribulado país nuestro. Pero, ya en germen, casi todos sus actos abocaban a impedir que se tocara un ápice del sistema de propiedad y, menos aún, que se abordara de veras la redistribución de la riqueza. Cambios políticos formales, casi todos. Cambios sustanciales, ninguno. Tal vez a algunos de ellos les venció la inercia familiar, ya que sus familias la habían disfrutado a su antojo durante décadas, en forma de capital económico o capital social, al amparo del dictador: costaba trabajo desprenderse de esa herencia.

Otros, sin embargo, procedentes de estratos sociales más bajos, se incorporaron a la ola hegemónica perdiendo la vergüenza para integrarse a toda costa en el grupo de referencia, el que hegemonizara el proceso, del que hablara Robert K. Merton. Y lo hicieron sin rubor, a cambio de olvidar –incluso traicionar- las reivindicaciones de poder y propiedad por las que los suyos, las clases populares, venían luchando denodada y secularmente. Poder y propiedad: se trataba de dos dimensiones a reservar para las élites de casi siempre y también para las emergentes, representadas por flamantes antiguos alumnos de colegios bien del barrio de Salamanca, o bien por aquellos otros con torre en Pedralbes, etxea en Neguri, finca en Sevilla, dehesa en Extremadura, pazo en Galicia o playa propia en les Illes.

En las calles de Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, Valencia, Santiago o Palma y en las de numerosas capitales y pueblos de provincia e islas, obreros, estudiantes, mujeres, vecinos, gentes del campo, incluso soldados y sacerdotes comprometidos, se jugaban su trabajo, su familia y su futuro -incluso sus vidas-, para conquistar la verdadera democracia política y económica arrancándola al franquismo. Los escenarios de sus luchas eran diversos: fábricas, cátedras, barrios, hogares con esposos fascistas, cuarteles y templos. Y todo ello, con la Policía Armada, la Policía Política y los servicios secretos del dictador pisándoles los talones.

Mientras tanto, aquellos supuestos protagonistas de la Transición o bien desempeñaban sin rubor cargos políticos en el régimen y en la Prensa franquista o se habían marchado a estudiar lejos o bien permanecían atrincherados en los servicios de Estudios de tal o cual gran banco, a la espera de que, cuando cayera el dictador, ellos siguieran, como siguieron, en el machito. Eso sí, lavaban su conciencia creyendo que conspiraban mucho en cenas y tertulias que ellos calificaban de clandestinas, cuando sabían a ciencia cierta que eran consideradas por el régimen totalmente inocuas, incluso como coartada de su inexistente aperturismo. Jamás conocieron la dureza real de la lucha clandestina y el alto precio que tantos valientes pagaron por ella.

El rubor de un rescoldo de complejo de culpa les impedía, entonces, admitir públicamente que se proponían que el poder, que ansiaban heredar, y la propiedad, que anhelaban conservar o conseguir, no se tocarían un ápice ni rebasarían el ámbito de sus propias manos.

Pese a ellos, caracterizados por la endeblez de sus convicciones éticas y la liviandad de sus presupuestos ideológicos, atrapados por los formalismos, legalismos y temores de todo tipo que esgrimieron para retardar el ritmo del progreso, la Transición logró evidentes conquistas democráticas merced a la presión en la calle y a la atenta vigilancia de la base social antifranquista. Una Constitución inédita fue alumbrada en 1978, fruto de la correlación de fuerzas entonces existente, pese a que algunas pesadas sombras de los viejos poderes se proyectaban aún sobre la escena. Las cosas cambiaron para bien en algunos importantes escenarios. Hubo avances evidentes. España salió a flote.

Pero, poco a poco, reaparecieron síntomas de un anunciado declive que afloran hoy con toda su crudeza y que recorren transversalmente decisivas instituciones, desde la Monarquía hasta la Judicatura, sin olvidar las limitaciones injustas del sistema electoral, entre otros importantes ítems.

Hoy buena parte de la izquierda, agotada por la fatiga de enfrentarse a tantos gigantes a la vez, renunciando a la renovación de la teoría que ha alentado sus prácticas con éxitos, no ha podido impedir que persistiera la baja calidad moral del discurso de aquellos supuestos protagonistas de la Transición y que prosigan regularmente en su labor de zapa, con sus letales efectos políticos desmoralizadores sobre muchas gentes de bien. Tan instalados como están, aquellos apologetas de la compatuiblidad entre capitalismo financiero y democracia formal hoy se permiten el lujo de llevarse las manos a la cabeza y profetizar numerosos desastres de todo tipo, desconociendo adrede todo aquello que su frivolidad y desidia ya claramente preludiaba.

Con los brazos abiertos habían recibido en sus cenáculos, editoriales, emisoras de radiotelevisión y periódicos a una caterva de supuestos intelectuales quienes, desprovistos de cualquier atisbo de sentido crítico fundado, se dedicaron a demoler uno por uno los pilares de la racionalidad, de la Ilustración y de la dialéctica, únicas armas capaces de desmontar eficazmente aquel régimen y el sistema de propiedad, hoy casi intocado, sobre el que se asentaba. Comenzaron a propalar su tóxico mensaje de renuncias, miedos, temores y claudicaciones, preconizando como placebo un hedonismo de escapes y huídas al que muy pocos tenían acceso y aventando un irracionalismo tan irresponsable como desmovilizador. Hacerse rico a costa de quien fuera y de lo que fuera estaba no solo permitido, sino muy bien visto. La prosperidad general que toda democracia debe traer consigo quedó en manos de los más asociales, oportunistas y trepadores. No tardó en llegar lo ineludible, también en el mundo de las ideas.

El género del Ensayo, desapareció de la escena y con él, las Humanidades en su conjunto. La Literatura entró en caída libre, aleccionada por muchos pseudoeditores sin escrúpulos; el Arte, quedó desprovisto de su aura en manos de desnortados alarifes y falsos e incultos marchantes; y el Cine, salvo honrosas excepciones, se impregnó de contenidos abyectos, como la naturalización del crimen, la policialización de la vida social, la mitificación de los personajes mafiosos y toda la batahola de falsos valores que llegaba en tropel desde Hollywood en forma de catálogos para la venta de nuevas armas y sin otros filtros de los que las omnipotentes distribuidoras imperiales imponían previamente a los contenidos autocríticos del imperio. Aquí proliferaron asimismo miles de cintas locales insulsas, subjetivas o pretendidamente surrealistas, que solo sus directores –con mucha suerte-lograban comprender. La Universidad Pública, casi casi fue reemplazada del todo por las Escuelas de Negocios privadas: la denominada Ingeniería Financiera atrajo todas las miradas y recursos. Todo lo demás, sobraba.

Un determinismo tecnológico desenfrenado y fuera de control, hundió los salarios y precarizó el trabajo y la vida social hasta extremos inconcebibles. La revolución científico-técnica anhelada por la izquierda, se trocó en contrarrevolución a manos de los dueños de los sistemas y del aparataje.

La izquierda real, atrapada en partidos super-jerarquizados y burocratizados, no pudo ni supo reaccionar, debilitada por décadas de lucha con magros resultados, por contradicciones propias e inducidas también por el “fuego amigo", de los apóstoles. El desarme de la izquierda se transformó en un rearme ideológico desaforado de la derecha: sus garras racistas, machistas, xenófobas y supremacistas las vemos asomarse hoy en el horizonte norteamericano, europeo y local, como si la expansión de su misma y trágica estela de irracionalidad inhumana no hubiera causado en su día decenas de millones de víctimas en dos atroces guerras mundiales. El irracionalismo se abre paso otra vez sobre la piel de Europa.

Muchas de las conquistas democráticas conseguidas aquí tan arduamente están en peligro. Y ello, con la ayuda o anuencia –en el mejor (¿) de los casos inconscientes- de aquellos que han pasado de creerse emblemas de la Transición, a ser apóstoles de las lindezas de un capitalismo financiero intocable -loando la artera ingeniería que lo sostiene y haciendo negocios con desenlace feliz en paraísos fiscales-, hasta convertirse hoy en heraldos de todas las grandes catástrofes. No supieron o no quisieron ver que el capitalismo acabaría por atacar frontalmente y convertirse en incompatible con la democracia, como acabamos de ver en el Washington de Donald Trump y en la antipolítica de sus émulos en Europa y en España. Pero se niegan a admitir que de los frutos de su apostolado deriva también la hecatombe ante la que nos enfrentamos: hecatombe de desigualdad, de mercantilización, de depredación de recursos de todos a manos de unos pocos; hecatombe que niega el futuro a los jóvenes y que se ve reproducida hasta la náusea; en resumen, de descoyuntamiento de los delicados equilibrios que presiden la existencia social y, en definitiva, la vida. No son palabras duras las aquí escritas. Son palabras que evocan la responsabilidad con el futuro que aquellos apologetas del capital contrajeron entonces y que hoy dan sus amargos frutos.

Desde luego, no todo está perdido. Salir de esta encrucijada será muy costoso, pero es posible. Hasta entonces, ganaríamos todos y todas mucho si esos apologetas del dinero cerraran la boca, dejaran a un lado la pluma y se apartaran de la vida social, que no merece aguantar su detestable presencia. De esta forma, se desobstruiría la posibilidad de enmendar tantos errores como ellos cometieron y podrían abrirse paso nuevas formas de emancipación y de felicidad que, aquellos, con su desidia, contribuyeron a alejar tanto. Si fundamentaran sus críticas, serían bienvenidos; pero nada parece más lejos de sus actos, declaraciones y pataleos: todo demuestra que se proponen impedir que las cosas avancen en clave democrática, mayoritaria. Son objetivamente cómplices de aquellos otros que solo saben ladrar porque no saben hacer otra cosa mientras la izquierda real, construye en medio del temporal de adversidades que se abate sobre todos nosotros.

El terreno de la confrontación de ideas y acciones de la izquierda progresista con la derecha que quiere dejar de ser democrática, -confrontación pacífica, desde luego-, quedaría así despejado. Y ello sin la rémora de tanto apologeta movido por el rencor de haber perdido un poder que no supieron ni quisieron democratizar plenamente, cuando estuvo en sus manos conseguirlo. Y no lo hicieron porque no eran lo que decían ni creían ni han demostrado ser. Es hora de que se echen a un lado y no amplíen más la hondura el foso de desprestigio en el que han caído. Dejen hacer a quienes saben e intentan hacer, pese a los retos que hoy afrontan, de una dimensión hasta ahora mismo desconocida.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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