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Afganistán y la guerra preventiva: lo que mal empieza, mal acaba


No es una derrota de occidente sino la derrota de la guerra preventiva frente al terrorismo abanderada por los USA, como una huida hacia adelante ante el declive de su liderazgo internacional. Afganistán, otra vez como canto del cisne de un imperio.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. En el caso de Afganistán la imagen del avance relámpago de los talibanes hasta Kabul y la salida precipitada de los ocupantes del ejército norteamericano y del presidente gobierno afín, de nuevo las imágenes de los helicópteros sobre la embajada y de los aviones atestados en el aeropuerto de Kabul, han refutado las palabras de George Biden sobre las diferencias evidentes con la derrota norteamericana en Vietnan y la salida precipitada de la embajada en Saigón.

Un triunfo tan fulminante por parte de los talibanes y sin apenas resistencia por parte del ejército afgano, que no se entiende sin un nuevo cambio del juego de las alianzas en Afganistán que han permitido el vuelco de la situación, pero también sin la aceptación tácita por parte de los EEUU y de los países directamente implicados como Pakistán, Irán o China e indirectamente como Rusia.

La negociación de Doha, promovida en la presidencia de Trump, al objeto de garantizar la retirada de las tropas ocupantes con seguridad y si acaso para pactar un gobierno compartido de transición con los talibanes, solo pudo lograr la primera parte y además hemos visto que finalmente solo a medias, pero sobre todo ante la evidencia de la reciente ruptura de la coalición en el seno del gobierno afgano y sobre todo de la ficción de un Estado y un ejército subcontratado e inflado en sus efectivos reales, como consecuencia del pozo sin fondo de la corrupción. Es por eso que los talibanes con toda lógica han preferido hacerse con todo el poder a pactar con el vacío de poder una inexistente transición. La huida de Ashraf Ghani, hasta ahora Presidente del país, ha sido también elocuente.

Por parte de los EEUU, la excusa de que el objetivo era solo antiterrorista y no el de reconstruir el Estado Afgano y sus fuerzas armadas "para una guerra que los afganos no quieren librar", en palabras del presidente de los EEUU, después de toda la retórica de seguridad, institucionalización democrática y defensa de los derechos humanos esgrimida durante dos décadas, más parece fruto de una racionalización a posteriori o un ejercicio de cinismo sobre el estrepitoso fracaso de la operación en general y más en concreto de las fallidas previsiones del Pentágono sobre la hipotética capacidad de resistencia del ejército afgano.

El cálculo por parte del Pentágono de cuánto menos tres meses de margen para la victoria de los talibanes, como consecuencia de la salida del ejército norteamericano a principios de Septiembre, no se trata solo de un descomunal fallo de la inteligencia militar norteamericana y de la OTAN, es además una muestra del verdadero carácter de la ocupación, del despilfarro y la corrupción que han presidido la pretendida institucionalización del estado y las fuerzas armadas de Afganistán.

Los gobernantes norteamericanos tendrán que dar cuenta del sacrificio en vidas humanas propias, pero sobre todo ajenas, y también de los más de dos billones de dólares despilfarrados en infraestructuras, armamento, subcontratas y entrenamiento de lo que iba a ser uno de los mayores y mejor entrenados ejércitos de la zona. También del caos de inteligencia en el diseño de la retirada del mayor ejército de la tierra. Lo que ahora sabemos es que el ejército afgano no ha servido para defender siquiera una retirada ordenada para dar lugar a un gobierno de transición y mucho menos para consolidar el nuevo Estado, y siempre nos quedará la duda si no se habrá contribuido con ello además a armar y entrenar a un futuro enemigo.

La humillante derrota sufrida no es pues del conjunto de Occidente, como ha asegurado el comisario Borrell, frente al despotismo oriental, como otros pretenden en un abuso de generalización, sino que se trata de la derrota final de toda una estrategia denominada de guerra preventiva elaborada por el gobierno Bush y liderada por los EEUU en el marco de la OTAN y en el caso de Afganistán con cobertura de las resoluciones de la ONU. No se sabe si además estaremos asistiendo una vez más, como ya ocurriera con el imperio británico y el soviético al declive del imperio norteamericano en el avispero de Afganistán.

Afganistán, como los casos de Iraq, Siria o Libia, es sobre todo el símbolo de la derrota de veinte años de guerra preventiva e intervencionismo, a veces con el falso relato de humanitario, e incluso con una más que dudosa cobertura del derecho internacional en aras de la imposición de la paz o en el deber de proteger. Al final, queda como legado envenenado la corrupción, la radicalización y división sectaria, la guerra y el armamentismo y nuevos Estados fallidos como caldo de cultivo de catástrofes humanitarias, migraciones masivas y terrorismo.

Todo empezó con una operación de castigo contra el santuario simbólico del atentado terrorista del 11 de septiembre contra las torres gemelas y el Pentágono. Entonces Afganistán fue inicialmente una operación de represalia y propaganda de dudosa efectividad en la lucha antiterrorista y en el trasfondo un diseño geoestratégico tantas veces fracasado en Afganistán como Estado tampón. Eso explica las dos operaciones conjuntas desarrolladas durante estas dos décadas en Afganistán: una militar denominada inicialmente libertad duradera, compuesta por una amplia coalición internacional en alianza con los llamada señores de la guerra, y la otra de reconstrucción y seguridad ISAF, de la que han formado parte unidades del ejército español. En este sentido, los sacrificios y los esfuerzos loables de reconstrucción, seguridad y derechos humanos por parte de las fuerzas coaligadas como la española, los organismos internacionales y las ONGs se ha demostrado finalmente que para los EEUU fueron siempre algo secundario a la prioridad de la gerra. Para demostrarlo no hay nada más que ver que el gobierno, las instituciones y los derechos humanos, y en particular los derechos de la mujer reconocidos a duras penas durante veinte años, se han derrumbado como un castillo de naipes, tan solo con el anuncio de la inminente salida de las fuerzas ocupantes.

Lo que tampoco es de recibo es la hipocresía actual sobre los derechos de la mujer, porque no es la primera vez que existe una relativa libertad de la mujer en Afganistán en el medio urbano. En el Afganistán urbano de influencia soviética, al igual que en el Iraq de Sadan Husein, en la Siria de Ásad y el la Libia de Gadafi, no había democracia, aunque sí una relativa modernización y libertad de la mujer, cosa que tampoco importó, los EEUU se aliaron con el fundamentalismo y lo arrasaron con la excusa antiterrorista, pero por intereses geoestratégicos. La mayoría de las mujeres en el Afganistán actual, como la de otros países aliados como Arabia Saudí, han seguido sometidas al fundamentalismo y el machismo bajo el dominio de los señores de la guerra que hoy han vuelto a cambiar de aliado. Estos sí que permanecen, ahora aliados con el nuevo poder talibán.

En nuestro caso han sido más de un centenar de vidas humanas, entre militares y policias, y casi cuatro mil millones de euros, de los que los sucesivos gobiernos que se sumaron o nos mantuvieron dentro de la operación ISAF, tendrán que dar explicaciones a sus familiares y a toda la ciudadanía. Pero sobre todo, estamos obligados a someter a un análisis crítico el sentido de toda nuestra presencia militar en el exterior, de nuestra participación en la OTAN y de su cobertura en materia de derecho internacional y lo que es más importante del tipo de misiones a las que nos vamos a sumar en el futuro. Está claro que operaciones como Iraq y Afganistán son algo no repetir nunca más.

En España el gobierno ha anunciado la acogida a los interpretes afganos y a sus familias en peligro, cosa que no es nueva, mientras una bronceada portavoz de la oposición ha salido a criticar a su vez el bronceado y las vacaciones de hamaca del presidente del gobierno, como muestra de nuestra irrelevancia internacional, y a pedir cuentas sobre la vuelta de nuestras tropas, cuando la última veintena de efectivos militares españoles retornó ya a mediados del pasado mes de Mayo. Por el momento, el debate es irrelevante y no se conoce ninguna autocrítica sobre la decisión de nuestro país de participar en la operación de Afganistán, sin prejuicio del sacrificio y del buen trabajo reconocido de nuestros militares, diplomáticos y cooperantes.

En definitiva, sigo creyendo que el "No a la Guerra" y la construcción de la paz del multilateralismo basados en el derecho internacional y el derecho humanitario están más de actualidad que nunca. La guerra preventiva en Iraq, Afganistán, Siria y Libia han terminado en un fiasco de catástrofes humanitarias, Estados fallidos y nuevos caldos de cultivo de terrorismo. Han supuesto además un nuevo factor de desprestigio de los organismos internacionales por su cobertura de intervenciones militares de castigo y ocupación militar al margen del derecho internacional.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.