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EL PERIÓDICO
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En nombre de todos los nuestros en Afganistán


La intervención y posterior ocupación de Afganistán, provocada por los atentados terroristas del 11S con la invocación de la legítima defensa, ha terminado con una retirada caótica bañada en sangre por otro atentado terrorista, esta vez de la rama Afgana del ISIS.

Las víctimas han sido, en su gran mayoría civiles afganos, colaboradores o no de las fuerzas de ocupación, que esperaban en el aeropuerto de Kabul a poder salir ante la dramática situación del país, junto a soldados norteamericanos que se ocupaban de garantizar la seguridad en el aeropuerto, evitando las avalanchas y de ordenando una caótica salida. El contingente policial y militar español, que realizaba la tarea de repatriación y protección de los colaboradores, ha tenido la suerte de no verse directamente afectado.

El objetivo antiterrorista enunciado entonces por las autoridades norteamericanas y enfatizado ahora por el presidente Biden con motivo del desplome del nuevo estado Afgano y el desistimiento de su ejército, ha quedado en evidencia al ser desmentido trágicamente por los hechos. Los talibanes fueron derrotados y Al Queda ha sido descabezado, pero el terrorismo ha mudado la piel y sigue vivo. Las reacciones a los atentados terroristas no se han hecho esperar, con la condena unánime del atentado por parte de la comunidad internacional y dentro de ella del gobierno español que se ha visto forzado a adelantar en unas horas el final de los vuelos desde el aeropuerto de Kabul.

Los atentados no deben ser un obstáculo para reconocer que, después de veinte años de guerra y ocupación, además de que el terrorismo no ha sido derrotado, tampoco se ha logrado consolidar una mínima modernización del Estado y el ejército afgano, que resistirse primero y permitiese luego condicionar al menos un futuro gobierno de transición y evitar con ello el retroceso en los tímidos pasos avanzados en el largo tiempo de protectorado en materia de gobernanza y de derechos humanos.

Sin embargo, en vez de provocar una reflexión crítica sobre el fracaso de la estrategia de guerra frente al terrorismo y de guerra preventiva abanderada por los halcones norteamericanos de la Administración Bush, los terribles atentados terroristas en el marco de una precipitada retirada, corren el riesgo de reafirmar a los distintos actores en sus posiciones de partida de hace veinte años, como si la estrategia de guerra y ocupación hubiera sido la acertada y como si nada hubiese cambiado desde entonces.

Así, la reacción norteamericana vuelve a la retórica de las represalias frente al terrorismo yihadista, en vez de tomar nota de que, la diferencia con respecto al 11S estriba en que la rama Afgana del ISIS ya no es la aliada de los talibanes sino la enemiga de los que hoy considera otra parte de los infieles, ni en consecuencia Afganistán tiene que ser fatalmente su santuario. El atentado muestra también la división y la fragilidad en el campo talibán, y acentúa la necesidad del pacto interno y de gestos decididos por su parte para cualquier reconocimiento internacional, todo si la dirección talibán prefiere compartir el gobierno a entrar en un nuevo periodo de inestabilidad con el peligro de abocar a un Estado fallido.

Todo ello en la zona de confluencia de las principales potencias globales como China y Rusia y locales como Pakistán, que si bien han visto con buenos ojos la retirada norteamericana y su merma de liderazgo global, no quieren ver el Afganistán de los talibanes convertido en un Estado fallido y en tierra de nadie. Una oportunidad también para poner en valor la alternativa del poder blando del derecho internacional, la diplomacia y la lucha de inteligencia y de seguridad frente al terrorismo.

En España, en vez de contribuir a una posición de Estado y a la reflexión con respecto a todo lo ocurrido en Afganistán, algo compatible con el apoyo y la valoración de lo realizado por nuestras tropas, sin embargo nos hemos encontrado con el intento oportunista de la derecha del trío de las Azores de pasarle factura al gobierno y a la izquierda en general por su tradicional rechazo de la estrategia de la guerra y el intervencionismo para hacer frente al terrorismo internacional, instrumentalizado como una supuesta falta de apoyo y solidaridad con los soldados y policías españoles fallecidos en Afganistán.

Una manipulación obscena que debería haber pensado mejor el partido popular que primero ha dado una de cal y otra de arena con respecto a la eficaz gestión de los vuelos de protección y acogida del personal afgano que ha colaborado con las tropas españolas, pero sobre todo por parte de quien ejerció la responsabilidad del gobierno en la desastrosa gestión del Yak 42, que tuvo como consecuencia la mayor pérdida de vidas humanas del contingente español enviado a Afganistán.

Una amnesia y una manipulación imperdonables. Con todo ello, nuestros militares y policías, y en particular las familias y amigos de aquellos que perdieron la vida en la misión encomendada por sucesivos gobiernos, podrían pensar que tanto sacrificio no parece haber servido para nada, cuando no es así en absoluto. Si la operación libertad duradera fue para el ejército norteamericano tan solo una operación de represalia y de guerra frente al terrorismo, para el contingente español y para otros encuadrados dentro de ISAF fue sobre todo una operación de seguridad y reconstrucción en las dos regiones asignadas de Herat y Badgis y en el aeropuerto de Kabul.

Nuestras tropas han intentado contribuir a la modernización del país, han entrenado a las fuerzas afganas y promovido la defensa de los derechos humanos.Todo ello dentro de una operación bajo cobertura de la ONU. Es verdad que a pesar del esfuerzo y del sacrificio realizado, la guerra de ocupación estaba condenada al fracaso y su final ha sido trágico. Al cabo de dos décadas los talibanes han vuelto al gobierno y con ellos la amenaza a todo lo que nuestras tropas han contribuido a construir.

También sigue vivo el terrorismo. A pesar de ello, el legado queda y será útil en el presente y futuro de las mujeres y los hombres de Afganistán. El último servicio prestado ha sido proteger la salida de nuestros colaboradores. Un respeto.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.