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EL PERIÓDICO
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El símbolo de nuestro tiempo


Hasta hace muy poco, uno de los símbolos más potentes para significar nuestro tiempo lo era, en mi opinión, la guitarra eléctrica. Dicen que surgió casi por azar en Hawai en los años cincuenta del siglo XX. Fue entonces cuando a un músico isleño se le ocurrió la idea de asociar un altavoz a un ukelele ya que el sonido del pequeño instrumento de cuerda no llegaba a toda la concurrencia de una boda. Una vez comprobada la ampliación y mejora del sonido que el nuevo artefacto así dispuesto procuraba, surgiría un desarrollado inusitado de aquel ocasional invento. Así pues, la guitarra eléctrica pasó a poseer un alto valor de uso que pronto llegaría a adquirir un alto valor simbólico, convirtiéndose en un potente emblema de rebeldía y creación juveniles. A partir de entonces, ha mostrado poseer una potencia icónica sin parangón frente a la de muchos otros símbolos.

Con apenas un puñado de acordes, gracias a la guitarra eléctrica y, sobre todo, merced al genio de numerosos compositores que supieron trasladar el bel canto desde los teatros de Ópera a las calles, desde Carusso a Roy Orbisson o Elvis Presley, pudo universalizarse la música melódica para dar paso al rock, al pop, al soul… y mil variables más. Permitió así que grandes núcleos de población joven accedieran a la creatividad de la música y/o al placer de su escucha. Para muchas personas, no hay duda de que la guitarra eléctrica ha representado la imagen de un potente y vinculante estímulo democratizador de la música. Ello le permitió erguirse con las credenciales de símbolo de toda una época.

Un siglo antes, el piano de cola vino a ser uno de los más granados símbolos burgueses del siglo XIX. El Romanticismo, con su rescate del olvidado mundo del sentimiento, lo universalizó como tal. La riqueza de sus sonidos y la creativa versatilidad brindada a sus intérpretes, cautivaron los ánimos de gentes atrapadas en su belleza y dotaron al piano de una entidad simbólica continuada hasta su sustitución por la guitarra electrificada.

Pero hoy, ni el piano ni la guitarra representan ya nuestro tiempo. Más bien, a la hora de designar un nuevo emblema representativo, hoy lo sería con mayor ascendiente el menos lúdico y grato teclado de un ordenador, dispositivo que guarda con la guitarra eléctrica y con el piano cierta afinidad por su mutua y elevada capacidad combinatoria.

Cuenta la leyenda persa que antes de la islamización del país, un rey, a sabiendas de la destreza e inteligencia de uno de sus súbditos, le invitó a disputar con él una partida de ajedrez. Convinieron en que si el rey le derrotaba, el plebeyo pagaría su derrota con la cabeza: sería, pues, decapitado. No obstante, si quien resultara derrotado lo fuera el propio rey, su vencedor le podría exigir todo aquello que deseara. El súbdito dijo que si vencía, quería que sobre el primer cuadro del tablero de ajedrez se depositara un grano de arroz; dos granos, sobre el cuadrado contiguo; cuatro granos encima del siguiente; 16 en el cuarto… y así, indefinidamente, hasta completar las 64 casillas del tablero de ajedrez.

La partida la ganó el súbdito y a la hora de cobrar su recompensa, resultó que ni en todas las marismas donde se cultivaba el arroz en el litoral ribereño del Mar Caspio, ni siquiera en todos los arrozales de la inmensa China, había granos de arroz en cantidad suficiente como para satisfacer la demanda del vencedor de la partida: la progresión exponencial que su demanda implicaba alejaba su satisfacción hasta una inabarcable infinitud.

Hoy, con los teclados que empleamos en ordenadores y teléfonos, que distraen, por cierto, gran parte del discurrir de nuestras vidas, sucede algo semejante a lo que cuenta la leyenda persa: la cantidad de variaciones y permutaciones que permiten sus 105 teclas, de ellas 27 letras del alfabeto, más sus numerosos signos de puntuación, otras tantas funciones y todo un coro de tareas asociadas, abre un campo infinito de posibilidades combinatorias.

Eso sí, con la particularidad de una serie de condicionantes. En el teclado del piano de cola, o en las cuerdas, los respectivos trastes y los numerosos acordes de las guitarras, su combinatoria ha de regirse por una plétora de leyes musicales. Es el caso de la armonía, las exigencias melódicas, el ritmo y todo un conjunto de pautas que hacen inteligible al oído humano el juego de sus variaciones. Hay además crescendos, vivaces, allegros, pianos, fortes, incluso fortísimos... Todo un repertorio de intensidades que modula y encastra esa variabilidad sonora dentro de unos patrones estéticos que movilizan sentimientos y emociones de tal manera que convierten la música un placer accesible y grato.

El teclado de un ordenador, por su parte, cuya capacidad combinatoria resulta prácticamente ilimitada debe asimismo ceñirla y atenerse a ciertas normas que convierten lo que de sus teclas surge en algo inteligible, acorde pues con las pautas del lenguaje, la lógica y la expresividad, entre otros ítems. Esta atinencia a un principio de orden en el uso del teclado es lo que algunas gentes no acaban de comprender y, de manera muy mecánica, eluden la lógica del lenguaje, las pautas del discurso, los cánones de la intersubjetividad y validan todo lo que de un teclado surge como valioso por sí mismo, dando con ello paso a una confusión desenfrenada que se erige en signo de todo aquello que agita nuestra actualidad. La distancia entre ese desorden y la confusión de lo verdadero y lo falso resulta entonces ser mínima. Por eso la simbología del teclado se aleja de las gozosas imágenes del piano y la guitarra eléctrica.

Algo muy semejante sucede con los teclados y, por extensión, con la escritura en sentido amplio. Si bien desde sus teclas, o desde sus caracteres escritos a mano, pueden alcanzarse niveles expresivos y comunicativos tan sublimes como los de la poesía, la enjundiosa novela, el atrayente drama o el fascinante relato, la inobservancia de las pautas que rigen la expresión pueden arruinarla hasta extremos indeseados.

Tecnología sacralizada

Esta degradación surge cuando se sacraliza la tecnología -en este caso el mero teclado-, se le otorga el rango de una segunda naturaleza humana y, de modo premeditado, queda convertido en un fin en sí mismo. Recordemos el aforismo chino: “cuando el dedo señala las estrellas, el necio mira el dedo”. Emancipado de su alcance comunicativo y expresivo, el teclado es una mera cosa, es el dedo que distrae hacia sí la mirada sobre las estrellas de la expresividad que contienen. Así pues, solo la combinación inteligente y armoniosa de las pulsaciones que el teclado nos permite, nos facilitará el acceso a su rango expresivo supremo, dará paso al intercambio de las ideas, valores y sentimientos que funden los mimbres de la vida social.

El teclado deviene pues en símbolo tan certero de nuestros agitados y contradictorios tiempos. La falta de respeto a la racionalidad, a las constantes que rigen el surgimiento de la expresión, a la dimensión social de la intersubjetividad y de la comunicación, trasgredidas a diario desde la frivolidad y la desidia hasta la mentira intencionada, devalúan las posibilidades de acceder a las convenciones sobre las que se sustenta la cohesión y la viabilidad de toda sociedad.

Nadie en su sano juicio puede zanjar de un plumazo el carácter conflictivo de la realidad social, ni el de la contradictoriedad que suele singularizarlo en casi todos los escenarios sociales donde se manifiesta. Las clases y su conflicto no son un invento de peligrosos profetas de la izquierda, sino que son más bien constantes de una realidad fragmentada por la dispar distribución social de la riqueza y del poder, siempre según intereses antagónicos en juego. Pero, no obstante, para poder sobrevivir durante las treguas sociales y para salir de los enfrentamientos perennes, merced a la disponibilidad de ánimo y al potentísimo arma del lenguaje, los seres humanos podemos llegar a acuerdos y colaborar en beneficio mutuo; para ello, convenimos en atribuir el mismo significado a las mismas palabras y somos capaces no solo de entender a los demás, sean individuos, comunidades, sociedades o Estados, sino que también disponemos de la facultad de comprendernos a nosotros mismos. Entender implica conocer causas y efectos de las realidades y procesos en presencia; comprender requiere interpretarlos, valorarlos.

En este sentido, las derivas a las que se ha llegado en la historia reciente del pensamiento –el llamado posmodernismo, aventado por una serie de supuestos intelectuales incapaces de remontar su propia superficialidad- ha generado ya una serie de deformaciones en la percepción de la realidad que resultan demoledores sus efectos sobre la convivencia y la conllevancia sociales, de las que hablara el pensador José Ortega y Gasset. Como ha escrito el crítico literario Fredric Jameson, el posmodernismo vendría a ser la lógica cultural del capitalismo avanzado. Gracias a la falta de consistencia ideológica de sus abanderados, la confusión creada ha contribuido a romper muchos de los puentes del pacto y del acuerdo social. Da pena observar los contenidos que anuncian los títulos expuestos en las librerías de los grandes almacenes. Al rebufo del desarme teórico e ideológico de la irrelevancia posmoderna, muchos papanatas aquejados –aún- de un rancio señoritismo andan sueltos y solo saben vociferar para escamotear su ignorancia e impedir que mengüen sus privilegios y que la sociedad avance. Y lo hacen y siguen haciendo cada día de tal modo que, por encima de todo, sobrenade el totalitario discurso del pensamiento único.

Veracidad

En base a todo ello, cabe dotar al símbolo de nuestro tiempo, el teclado, de un alcance distinto del que hasta ahora representa, caracterizado por reproducir ilimitadamente la confusión; porque no todo lo surgido de un ordenador tiene el mismo valor. La verdad no vale lo mismo que la mentira. Dotemos a cuanto surge de los teclados del don de la veracidad, de la expresividad, de la llaneza que surge de la comunicación entre iguales; sin imposturas ni discursos totalitarios. Erradiquemos la exclusión, defendamos los intereses mayoritarios. Participemos en la política. Recuperar la sensatez expresiva y el bálsamo de la comunicación entre los seres humanos puede ser la meta más atractiva de nuestros convulsos tiempos. Pero, sin duda alguna, el lenguaje habrá de venir avalado por la racionalidad, desprovista de todas las adherencias despóticas de las que los déspotas del capital y del discurso le han querido imponer.

Con la fuerza recobrada de una racionalidad rehumanizada, deshegemonizada y desmercantilizada, estaremos mucho más lejos de la confusión y mucho más cerca de la felicidad social por la que tantas gentes, durante tantos siglos, soñaron y lucharon tanto. Una de las máquinas que en mayor medida puede ayudarnos a conseguirlo tiene 105 caracteres, 27 letras, 12 funciones… que, convenientemente combinadas a la luz de la razón humana, nos guiará hasta el paraje más cercano de donde la felicidad y la emancipación se hallan. Cada tecla puede transformarse en una pulsión vital repleta de emoción si, armoniosamente, se enhebra con aquellas otras teclas que le permiten adquirir sentido.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.