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EL PERIÓDICO
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La distopía y el imperio de la decepción


“Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.”

René Descartes

El discurso político que emergió en los albores del sueño democrático español, a la muerte del dictador, fue cuidadosamente utópico. Inaceptable para la caverna, requirió del autogolpe del 23F para conducirlo al pragmático y conveniente modelo del bipartidismo que emergió del mismo. Todo les iba relativamente bien, corruptos y corruptores más que satisfechos, hasta el florecimiento del fenómeno esencialmente utópico del 15M. A partir de aquél sueño se difundió la convicción de que era posible una disrupción del modelo continuista por otro que representase las aspiraciones posibles de la mayoría de españoles y españolas. La sensación plural que cobijaba aquella expresión superaba las barreras del modelo de partido para constituir el de un movimiento. El Podemos inicial fue más movimiento que partido. De allí que su caudal de votos fue creciendo hasta discutirle el espacio al socialismo de la Transición. La utopía parecía haber regresado como el combustible de una expectativa jamás realizada.

Recurriendo a Tomás Moro, vemos que describe a la Utopía como un modelo de sociedad ideal con niveles mínimos de crimen, violencia y pobreza. En este contexto, el resurgir de otro modo de hacer política se propagó por toda la piel de España. Primero en sensaciones. Enseguida manifestando necesidades insatisfechas. El 15M fue un sentimiento antes que una estructura política. Una expresión de la utopía posible, idea que parece una contradicción en sí misma. Actualmente Pablo Iglesias es más 15M que siendo vicepresidente segundo de un gobierno. Estoy persuadido de que él lo sabe.

Entonces, luego del estupor paralizante del resultado de las europeas de 2014, dado que con tres meses de existencia le bastaron a Podemos para captar esa necesidad ciudadana, y habiéndose inscrito en el registro del 11 de marzo de 2014, logró cinco escaños en el Parlamento Europeo convirtiéndose en la cuarta fuerza política de aquella jornada electoral de aquel domingo primaveral. En estos más de siete años, luego del experimento Ciudadanos, al statu quo le vino bien la corriente mundial de la ultraderecha de la que forma parte. Los participantes a la Convención del PP promovida por Pablo Casado lo han dejado claro. Represión y miedo. Esa es la propuesta dogmática.

Para algunos académicos la distopía es “… la representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que son las causantes de alienación moral”. Por tanto, una distopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Básicamente corrupta. Así, la mejor manera de desarticular las ilusiones que despiertan las utopías es implantando en la mente del colectivo social la idea de que “los números no dan”, negar que la honradez y el esfuerzo son las virtudes necesarias para el logro del bien común, que la doble moral es la norma, u otras ideas desalentadoras similares. Esto, porque las distopías a menudo se caracterizan por la deshumanización, con los gobiernos tiránicos, los desastres ambientales u otras características asociadas con un declive catastrófico de la sociedad. Es decir, el repertorio de los negacionistas y conspiranóicos. Nada está bien y todo empeorará. Que impere la decepción.

De las sociedades existentes, muchas de las cuales son o han sido estados totalitarios o sociedades en un estado avanzado de colapso, se suelen denominar como distópicas. Poco se dice sobre quienes aprovechan ese cultivo de desánimo y decepción que suelen preceder a la toma del poder perdido para regresar a las sombras del pasado.

Pero, a juzgar por las tendencias demoscópicas, aún siendo estas elaboradas en las cocinas de la derecha y ultraderecha, la ciudadanía que percibe que le siguen saqueando los esfuerzos para evitar su ruina no es menor en términos de caudal de votos. Que la decepción colectiva pueda desembocar en un gobierno distópico de las ultraderechas o, en el mejor de los casos, que se produzca un resurgir del movimiento social que dio lugar a Podemos dependerá de la perspicaz lectura que hagan de este escenario los nuevos dirigentes. Además, claro, que comprendan que la ilusión utópica puede sobreponerse a la decepción.

Eso sería abrir las ventanas del futuro posible en lugar de las mazmorras de la historia.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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