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EL PERIÓDICO
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La caravana trumpista del partido popular


La refundación trumpista del PP se ha consolidado en la convención itinerante de Casado e incluso con la visita de Ayuso a los EEUU a beber en las fuentes del populismo.Tanto monta, monta tanto, cuando solo de un pulso de poder interno se trata, ya que la prioridad de la estrategia populista está clara y es compartida.

Su inicio tuvo lugar con la movilización patriótica de la Plaza de Colón repetida recientemente frente a los indultos del Procés, más tarde con la oposición radical y en todos los frentes a la gestión de la pandemia tras la bandera negacionista de la ultraderecha y la ambigüedad del PP y finalmente con las elecciones autonómicas de Madrid con Ayuso como la gran triunfadora de la libertad frente a las restricciones de salud pública. El negacionismo y la libertad del terraceo se tocan. Este ha sido su itinerario.

El efímero gesto de aparente ruptura con la estrategia populista, amagado con motivo de la moción de censura de Vox, fue más que nada un pulso interno por el liderazgo en el seno de las derechas, sin embargo aquí también la estrategia seguía estando clara y era compartida. En realidad solo le ha servido al PP para culminar la absorción electoral de Ciudadanos como culminación de su abandono de la centralidad política, y con ello para confirmar que la derecha y la ultraderecha son vasos comunicantes y que además trabajan juntos, y no solo en los gobiernos autonómicos y locales. Todo ello no ha alterado la estrategia populista sino que la ha consolidado ya como signo de identidad del conjunto de la derecha española.

Es por eso, que sin solución de continuidad, el PP ha mantenido su política de oposición dura de deslegitimación del gobierno socialcomunista y de desestabilización política, si bien a distintas intensidades y velocidades con respecto al acompañamiento de la ultraderecha a lo largo de las sucesivas olas de la pandemia. También con el bloqueo de la renovación de las principales instituciones de equilibrio y control de los poderes del Estado como el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, el Tribunal de Cuentas que con su funcionamiento polarizado y parcial se han transmutado en arietes de oposición y desestabilización frente al gobierno. Por tanto, la supuesta responsabilidad del PP como partido de Estado se ha esfumado.

En este sentido, la reciente convención itinerante del PP, aparte del clásico ejercicio de propaganda en los principales feudos autonómicos del PP, y al tiempo de la no menos clásica contraprogramación entre el liderazgo central y madrileño dentro de la derecha, ha servido sobre todo para reforzar y hacer pública ostentación de la identidad populista de la derecha española: con el nacional catolicismo, el neoliberalismo y el anticomunismo por banderas ideológicas, con la manida excusa del gobierno más extremista de Europa por su composición socialcomunista y sus apoyos independentistas, como enemigos de la Constitución y de la democracia.

En base a todo ello ha presentado un programa derechista de máximos con la consiguiente impugnación de la ley de memoria democrática y de todas las leyes sociales incluido el pacto de pensiones, asimisno las de derechos civiles, tanto de las iniciativas actuales promovidas por el actual gobierno como es la ley de eutanasia, pero incluso también de las aprobadas en pasadas legislaturas como el aborto, así como la alternativa nostálgica de recentralización del Estado, más allá del cuestionamiento del diálogo sobre Cataluña, y por extensión el rechazo tanto de la diversidad como de las identidades y de las políticas orientadas al reconocimiento y la protección pública de las mismas.

El PP se ha presentado así otra vez como un PP sin complejos y de la mano de dirigentes y referentes políticos, con trayectorias más que cuestionables como Sarkozy, condenado por corrupción política o Vargas Llosa, incluido en los nuevos papeles del fraude y la evasión fiscal, con el acompañamiento de los expresidentes del PP Aznar y Rajoy reconociéndose con ello en sus políticas de alineamiento belicista y de austeridad, incluso con la presencia indisimulada de acusados y de condenados por corrupción. Más que un distanciamiento y un compromiso de renovación y tolerancia cero con el cáncer de la corrupción política de su partido, la convención ha significado la inmersión de la nueva dirección de Casado y la normalización de la corrupción del PP. Y por eso, del compromiso adquirido de la venta y traslado de la actual sede de Génova nunca más se supo.

Mientras tanto, su política ultraconservadora sigue primando en sus recientes posiciones alineadas con las compañías eléctricas ante el incremento de precios de la electricidad, así como en las sentencias del Tribunal Constitucional sobre la pandemia, confirmando el papel de parte de los órganos institucionales del Estado como un frente de oposición política al gobierno y al parlamento, profundizando con ello en su degradación y en el deterioro de su credibilidad. Por otra parte, el viaje de Ayuso a los EEUU, además de responder a una imagen de distanciamiento y contraprogramación de la convención nacional de Casado, ha servido también para mostrar una posición ultraconservadora y neocolonial de rechazo al indigenismo y a la izquierda latinoamericana y a su vez enfrentada a las posiciones de diálogo y reconocimiento de los excesos de la Conquista por parte del papa Francisco, Una posición coincidente a grandes rasgos con las polémicas provocadas previamente en el viaje de Abascal a Latinoamérica. La derecha populista se internacionaliza.

Hace unos meses Donald Trump perdió las elecciones presidenciales y se resistió a reconocerlo agitando una teoría de la conspiración, lo que provocó un golpe de Estado de la ultraderecha conta el Capitolio, algo sin precedentes en la joven historia de Norteamérica. Con posterioridad, el partido republicano ha asumido la herencia de Trump y sus hipotecas extremistas, hasta el punto de que, con el riesgo de la división, se ha mostrado impotente para cuestionar la hegemonía en su seno de la extrema derecha y abrir con ello una nueva etapa. Por otra parte, Trump ha dejado en el camino un buen número de obstáculos del calibre de la salida precipitada de Afganistán o la polarización social ante la pandemia que ralentiza la vacunación, en particular entre los votantes y en aquellos Estados con gobierno republicano. Para ello no ha dudado en cambiar por la vía de hecho las reglas electorales en los estados donde gobiernan obstruyendo la participación electoral de negros, hispanos y pobres.De otra parte, el Tribunal Supremo heredado de Trump consolida la doctrina ultraconservadora. Un legado dramático. Ahora, el partido republicano trata de preparar el próximo asalto electoral para dejar en minoría parlamentaria a los demócratas.

Mientras tanto, la administración Biden ha introducido cambios, muy en particular en las inversiones en materia de políticas sociales y de recuperación económica, dejando sin embargo pendiente la cuestión migratoria y dando continuidad a los ejes de la política exterior con el riesgo de una nueva guerra fría, está vez con la superpotencia China, y también a la política comercial de América first.

En España, el gobierno de coalición progresista, si bien ha abierto el diálogo sobre Cataluña y ha desbloqueado recientemente la negociación sobre su segundo presupuesto y la política de vivienda, además de que finalmente se ha decidido a introducir cambios en la política energética, sin embargo mantiene también incólumes las principales claves de la política migratoria de devoluciones masivas y de la tradicional política exterior. Y es que la derecha trumpista sigue marcando la agenda, también desde la oposición.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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