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Hacia la normalidad de la incertidumbre


Las últimas declaraciones de la ministra Darias sobre el mantenimiento de la mascarilla hasta la próxima primavera, primero con el manido argumento de que la mascarilla habría llegado para quedarse, y luego como rectificación parcial, a modo de prórroga con el objetivo de prevenir el previsible impacto sustitutivo de otras epidemias estacionales como la gripe, han sido cuanto menos desafortunadas y en consecuencia han desencadenado una nueva polémica innecesaria al final de la pandemia, tanto sobre la dudosa base científica de su mantenimiento como también sobre su cuestionable respaldo legal, más allá del artículo 6 de la Ley 2/2021, de 29 de marzo, de medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19 y de su modificación reciente que regula la obligación de la mascarilla en pandemia.

Lo lógico, sin embargo, hubiera sido anunciar la desescalada y en ese marco sustituir la obligaciones generales, propias de la situación de pandemia, por unas recomendaciones concretas de salud pública en espacios singulares y en particular en centros como los sanitarios. La anunciada decisión de mantener la mascarilla fuera ya de la transmisión comunitaria de la covid19, traduce un exceso de precaución de las autoridades sanitarias en la fase de desescalada de la pandemia que puede convertir una medida de éxito, cuando ésta se da a destiempo y fuera de lugar, en un error. De todas maneras, el exceso de precaución de las autoridades sanitarias no da la razón ni a quienes han rechazado desde el principio las medidas de salud pública en una suerte de negacionismo vergonzante ni tampoco para los que por el contrario, todavía a estas alturas las siguen considerando tardías e insuficientes y mucho menos a quienes con una mano rechazan las restricciones y con la otra pasan factura por el alto nivel de fallecimientos.

Los datos muestran ahora que nos encontramos ya en la fase final de lo que se ha dado en denominar el control funcional de la pandemia. Algo que si no es inmunidad de rebaño a nivel nacional y muy en especial en CCAA como Asturias o Galicia, se le parecería bastante. Las cifras de incidencia actuales por debajo de cincuenta casos por cien mil, una situación de escasa ocupación casi inédita en los hospitales y en las UCIs y el menguante nivel de mortalidad lo acreditan.

No se han cumplido, por tanto, aquellos negros vaticinios sobre la sexta ola cómo consecuencia de la vuelta del verano y de la recuperación de la actividad laboral presencial, junto a la de la enseñanza en todos los niveles, unas previsiones que minusvaloraban el indudable efecto protector de tan alto nivel de vacunación en España, que roza ya el noventa por ciento de la población diana. Tampoco los niños menores de doce años, aún sin vacunación, han tenido una mayor incidencia acumulada significativa ni han supuesto ningún riesgo para el control funcional de la pandemia. Los niños no vacunados, por lo pronto, no están siendo pues ningún problema ni parece que vayan a serlo, al margen del resultado final de los estudios riesgo beneficio para su hipotética vacunación.

En definitiva, las medidas de salud pública, la vacunación y la responsabilidad ciudadana han sido un éxito de todos, que ni por exceso de precaución de las autoridades ni de auto protección de la ciudadanía deberíamos transformar en una suerte de sociofobia, y con ella en la reducción del nivel de respuesta inmunitaria ante los virus y en particular frente a las epidemias estacionales que se han visto desplazadas en el último año por la covid19 y las medidas de distanciamiento social. Tampoco deberíamos aumentar con la mencionada sobreactuación los importantes problemas de relaciones sociales, psicológicos y de salud mental derivados del largo y duro periodo de pandemia.

Todo ello significaría que es el momento adecuado para dar pasos decididos al borde de la práctica normalidad. Es cierto que hay que hacerlo con la prudencia obligada por la experiencia vivida como consecuencia de anteriores desescaladas, pero al mismo tiempo con toda confianza, desde la convicción de que el alto nivel de vacunación ha hecho que esta quinta ola no sea comparable a las anteriores y que muy probablemente sea la definitiva. Una normalidad en que desde la sociedad del riesgo, en términos de lo acuñado por Ulrich Beck, transitamos aceleradamente hacia una sociedad de catástrofes y de incertidumbre. En las últimas fechas vivimos la catástrofe de la pandemia, pero también las catástrofes naturales como la tormenta filomena o el volcán de La Palma, la crisis climática del calentamiento global y la más oculta de las consecuencias sociales, políticas y culturales del hambre y las desigualdades sociales.

Es por eso que en España deberíamos comenzar ya, y sin más dilaciones, con la eliminación de las obligaciones de la mascarilla y el distanciamiento físico al aire libre, en paralelo con la definitiva culminación de la administración de la segunda dosis de la vacuna a la población diana, restringiendo las dosis de recuerdo, nunca terceras dosis, solamente a los grupos más vulnerables. En este sentido, la vacunación de recuerdo de los mayores de setenta años, reconocida como de dudosa efectividad debería culminar el ciclo, solo tendría como única ventaja colateral el estímulo a la vacunación simultánea de la gripe, hasta ahora con un bajo nivel de adhesión y de cobertura. Por contra, la prioridad, hace ya tiempo, que debería haber sido el compartir las vacunas y generalizar la inmunización a todo el mundo, priorizando la primera dosis en los países empobrecidos y aumentando sustancialmente la vacunación en todo el mundo, dando cumplimiento al menos a los compromisos del programa covax de la Organización Mundial de la Salud, cuando no a la suspensión de las patentes para 2022. Sólo así se podrá hablar de algo parecido a la inmunidad de rebaño.

Por tanto, lo primero sería suprimir por completo la obligación de la mascarilla y de la distancia de metro y medio al aire libre, sobre todo cuando sabemos que éstas hace tiempo que carecen de efectividad.

Cuanto antes deberíamos hacer lo mismo en las escuelas, garantizando la normalidad primero en el recreo y luego en el interior de las aulas, para con ello recuperar por completo la relación normalizada entre los alumnos y de éstos con los profesores.

También sería preciso adelantar la vacunación de la gripe y en su caso hacerla coincidir con la dosis de recuerdo a los mayores de setenta años, al objeto de proteger a los más vulnerables, después de un año sin brote epidémico estacional y por tanto con un nivel probablemente insuficiente de recuerdo inmunitario.

En definitiva, el objetivo de esta desescalada debería ser eliminar la mascarilla en interiores como muy tarde antes de Navidad, con la única excepción de su recomendación de uso en los centros sanitarios y residencias de mayores hasta culminar la vacunación. Finalmente, se trata de mantener la mascarilla solo en los centros sanitarios y socio sanitarios con población vulnerable.

Deberíamos aprovechar además las lecciones de la pandemia y la sensibilidad política y social para reforzar la vigilancia y la alerta sanitaria de salud pública, tanto frente a posibles rebrotes, variantes, así como en prevención de futuras y más que probables pandemias. Así como el reforzamiento de la salud comunitaria, en particular la atención primaria, la salud mental, la laboral y ambiental, juntos los recursos sociales y el control sanitario en las residencias de mayores. En esta dirección, la agencia de salud pública, hoy sometida a consulta pública, no debería dilatarse por más tiempo.

Por último y para hacer frente a la pandemia más compleja y duradera: la pandemia de desigualdad, es urgente aumentar la cobertura del ingreso mínimo vital y poner en marcha medidas urgentes frente a la pobreza infantil, energética y habitacional.

Una normalidad en crisis y en incertidumbre.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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